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Los Caballeros de Takhisis

Электронная книга - «Los Caballeros de Takhisis». Краткое содержание книги:

La Guerra de la lanza ya es historia. Las estaciones vienen y se van.
Es verano: un verano abrasador como jamás se había visto en Krynn. Afligido por una dolorosa pérdida, el joven mago Palin Majere trata de entrar al Abismo en busca de su tío, el famoso archimago Raistlin. La Reina Oscura ha encontrado nuevos paladines en los Caballeros de Takhisis, seguidores devotos y leales hasta el fin. Un paladín oscuro, Steel Brightblade, cabalga a lomos de un dragón azul para atacar la Torre del Sumo Sacerdote, la fortaleza que su padre defendiera hasta la muerte. En una pequeña isla, los misteriosos irdas se apoderan de un antiguo objeto mágico, la Gema Gris, y lo utilizan para garantizar su propia seguridad. Usha, una joven criada por los irdas, llega a Palanthas y dice ser la hija de Raistlin.
Será un verano mortal, quizás el último verano de Ansalon. Llamas ardientes consumen la hierba seca y Caos, padre de los dioses, regresa. El mundo entero puede desaparecer.
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—Al mando de lord Ariakas —explicó Catalina—. Así fue como perdí el ojo, en un combate con un elfo.

—Lo..., lo siento, señora —balbució Palin.

—No tienes por qué. El elfo perdió algo más que un ojo. Conocí a tu tío, por cierto. Raistlin Majere. Acababa de tomar la Túnica Negra cuando nos conocimos. Me pareció... encantador. Enfermizo, pero encantador. —Lady Catalina se giró rápidamente hacia Steel.

»¿Queréis entrar en Palanthas sin llamar la atención?

—Sí, mi señora, si eso es posible.

—Nada más sencillo. Ésa es, por supuesto, una de las razones por las que estoy aquí y utilizo este disfraz. —Miró directamente a Palin mientras decía esto, como si adivinara sus pensamientos.

El joven sintió arderle la cara, pero al mismo tiempo un helor le recorrió el cuerpo. ¡A través de esta tienda los servidores de la Reina Oscura se infiltraban en Palanthas! Espías, encargados de reclutar muchachos para la caballería, tal vez asesinos, homicidas que acudían a la pescadera. Ella los ayudaba a entrar en la ciudad inadvertidos.

«¿Por qué me dejan que vea esto? A menos que estén seguros de que no diré una palabra. ¿Y cómo iba a hacerlo? Después de todo, estoy prisionero.»

Casi decidido a huir, Palin echó una ojeada a la puerta. Probablemente podría lograrlo antes de que Steel lo alcanzara, al menos para llegar a la calle. Sus gritos atraerían a los guardias.

Palin se imaginó pidiendo socorro a gritos —algo muy parecido al enano gully— y su rostro se encendió todavía más.

Lady Catalina le sonrió y, de nuevo, el joven tuvo la impresión de que sabía todo lo que estaba pensando.

—Entonces, venid por aquí, si estáis decididos a entrar. ¿Encontraste la tienda sin dificultad, caballero Brightblade? —preguntó mientras los conducía hacia una mesa de madera que había puesta contra la pared del fondo.

—Un enano gully nos dijo dónde estaba, mi señora.

—Ah, ése debía de ser Alf. Sí, lo aposté ahí de centinela, para que estuviera atento a vuestra llegada.

—Menudo centinela —comentó Palin—. Nos dijo que sabía dónde estaba la tienda.

—Y se las arregló para sacarte algo de dinero, ¿verdad, Túnica Blanca? Astutas criaturas, esos gullys. La gente no les da la importancia que merecen. Aquí es. —Catalina colocó las manos sobre la mesa—. Tenemos que moverla hacia un lado.

—Permíteme, señora —se ofreció Steel, que desplazó la pesada mesa sin esfuerzo.

Catalina se dirigió hacia lo que parecía ser una sólida pared de piedra. Puso una mano sobre ella y empujó. Una sección del muro giró sobre un eje, dejando a la vista un pasadizo secreto.

—Id túnel adelante, y saldréis a un callejón. Está en los dominios del Gremio de Ladrones, pero les pagamos bien por su silencio... y su protección. Ojo Amarillo os acompañará para asegurarse de que no haya problemas.

Catalina silbó de un modo peculiar.

Palin supuso que Ojo Amarillo era un secuaz de la dama, y se preguntó dónde había estado escondido el hombre. Su idea saltó hecha añicos y él se llevó un susto de muerte cuando sonó un ronco graznido y un súbito aleteo de plumas negras. El mago alzó los brazos en un gesto instintivo para protegerse de un ataque, pero el ave se posó suavemente en su hombro. Entonces vio que era un cuervo.

Ladeando la cabeza, Ojo Amarillo miró fijamente a Palin. Los ojos del ave relucían como dos trozos de ámbar a la luz de la lámpara.

—Le gustas —dijo lady Catalina—. Buen augurio.

—¿Para mí o para vosotros? —preguntó Palin sin pensarlo.

—No seas irrespetuoso, Majere —lo reconvino Steel, iracundo.

—No lo regañes, Brightblade —intervino lady Catalina—. El joven dice lo que piensa... Una característica que debe de haber heredado de su tío. Si Paladine y Takhisis estuvieran delante de ti, Palin Majere, ¿a cuál de los dos pedirías ayuda? ¿Cuál de ellos, crees tú, sería el que estaría más dispuesto a ayudarte a lograr tu propósito?

Con un sentimiento de culpabilidad, Palin cayó de repente en la cuenta de que no había solicitado a Paladine su divina ayuda.

—Se hace tarde. —El joven mago se volvió hacia Steel—. Deberíamos ponernos en marcha.

La sonrisa de lady Catalina se ensanchó. El cuervo lanzó otro penetrante graznido, que sonó casi como una risa. Desplazándose sobre el hombro de Palin, el ave picoteó, juguetona, la oreja del joven.

El pico del cuervo era puntiagudo, y los picotazos, dolorosos. Sus garras se hincaban en el hombro del joven.

Steel dio las gracias a la mujer y se despidió de ella con cortesía y deferencia.

Lady Catalina le devolvió el cumplido y les deseó éxito en su empresa.

Acompañados por el cuervo, que iba encaramado triunfalmente al hombro de Palin, Steel y el mago entraron en el estrecho túnel. El bastón les iluminaba el camino. A medida que la oscuridad del pasadizo se hacía más intensa, ocurría otro tanto con la luz del cayado, un fenómeno que Palin ya había advertido en otras ocasiones. El túnel los estaba llevando bajo la muralla de la Ciudad Vieja, comprendió el joven, que se preguntó cómo se las habían arreglado los caballeros para excavarlo sin levantar sospechas.

—Con magia, supongo —se dijo, al recordar a los hechiceros Túnicas Grises. Era más que probable que hubiera algunos de estos hechiceros en la propia Palanthas, viviendo justo en las narices de Dalamar.

«Espera a que te hable de esto», pensó el joven, disfrutando con la perspectiva. Con una información tan valiosa podría obtener a cambio la ayuda del hechicero.

El túnel no era muy largo; justo la anchura de la muralla de la Ciudad Vieja. Llegaron a la puerta que daba al callejón. Steel hizo un alto antes de abrirla.

—Será mejor que apagues esa luz —dijo.

Dulak —susurró Palin, y el cristal se quedó oscuro.

En la más absoluta negrura, el mago no podía ver nada, ni siquiera el cuervo encaramado a su hombro. Oía el susurro de las plumas del ave, y a Steel tantear buscando el pomo de la puerta.

Ésta se abrió una rendija, y una luz plateada se derramó dentro del túnel. Lunitari se estaba poniendo, pero Solinari iniciaba su curso ascendente, por lo que Palin se sintió profundamente agradecido. Podía utilizar la luna para respaldo de sus hechizos, para reforzar su poder mágico. Iba a necesitar toda la ayuda que pudiera conseguir para cruzar el mortal Robledal de Shoikan. Estuvo a punto de elevar una plegaria a Paladine, pero entonces recordó la pregunta planteada por lady Catalina.

No dijo ninguna oración. Decidió confiar en sí mismo.

—No te alejes de mí —advirtió Steel en voz baja.

Palin recordó que estaban cerca del Gremio de Ladrones. La mano del joven mago se deslizó en el saquillo colgado del cinturón y cogió unos cuantos pétalos de rosa. Las palabras del conjuro de sueño vinieron a sus labios. Steel llevaba la mano sobre la empuñadura de la espada.

Salieron al callejón con gran sigilo.

Inesperadamente —ninguno de los dos había visto ni oído nada—, una figura alta y oscura surgió justo delante de ellos, cerrándoles el paso.

Antes de que Steel tuviera tiempo de desenvainar la espada o que Palin pudiera pronunciar las palabras del hechizo, Ojo Amarillo emitió un graznido alto que sonó severo.

La figura desapareció, como si nunca hubiera estado allí.

—Impresionante —dijo Palin, que exhaló un suspiro de alivio.

—Escurridizo como una sabandija —comentó Steel despectivamente aunque mantuvo la mano sobre la espada y empezó a explorar el callejón.

El mago estaba a punto de preguntar qué hacían con Ojo Amarillo cuando el cuervo agitó las alas, emitió otro graznido penetrante y después picó a Palin en el cuello, con fuerza.

El joven gritó de dolor y se llevó la mano a la herida.

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