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Los Caballeros de Takhisis

Электронная книга - «Los Caballeros de Takhisis». Краткое содержание книги:

La Guerra de la lanza ya es historia. Las estaciones vienen y se van.
Es verano: un verano abrasador como jamás se había visto en Krynn. Afligido por una dolorosa pérdida, el joven mago Palin Majere trata de entrar al Abismo en busca de su tío, el famoso archimago Raistlin. La Reina Oscura ha encontrado nuevos paladines en los Caballeros de Takhisis, seguidores devotos y leales hasta el fin. Un paladín oscuro, Steel Brightblade, cabalga a lomos de un dragón azul para atacar la Torre del Sumo Sacerdote, la fortaleza que su padre defendiera hasta la muerte. En una pequeña isla, los misteriosos irdas se apoderan de un antiguo objeto mágico, la Gema Gris, y lo utilizan para garantizar su propia seguridad. Usha, una joven criada por los irdas, llega a Palanthas y dice ser la hija de Raistlin.
Será un verano mortal, quizás el último verano de Ansalon. Llamas ardientes consumen la hierba seca y Caos, padre de los dioses, regresa. El mundo entero puede desaparecer.
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—Desde luego que podrá, siendo uno de ellos.

—No, mi señor. Estás equivocado. Esto es algo que casi nadie sabe, pero recientemente los hechiceros de las tres órdenes lanzaron un ataque contra los Caballeros Grises, como se los conoce. Los hechiceros de las tres órdenes fueron completamente derrotados. Uno de ellos, Justarius, murió. No sé con certeza de qué lado está Dalamar, pero no creo que sea de parte de Ariakan. Dalamar no puede perdonar a su reina por volverle la espalda a fin de conceder un poder mayor a sus propios magos.

Thomas frunció el entrecejo. Como todos los caballeros, no confiaba en los magos, fueran de la orden que fueran, y quería tener el menor trato posible con ellos. Desestimó la conversación sobre la magia con un gesto considerándola un tema sin importancia que no venía al caso.

—Kalaman puede resistir un asedio largo tiempo. El suficiente para que enviemos refuerzos.

—No estoy tan seguro de que... —empezó Tanis.

—¡Mi señor! —Un joven paje llegaba corriendo, jadeante, escaleras arriba—. ¡Mi señor ha llegado un correo! El...

—¿Y tus modales, muchacho? —lo reconvino—. Me acompaña un señor a quien debes respeto, así como a mí mismo. —Thomas agregó en voz baja para que sólo lo oyera Tanis:— La disciplina debe mantenerse en todo momento.

El paje, colorado hasta las orejas, se inclinó ante Tanis y Thomas, pero antes de acabar la reverencia estaba hablando de nuevo.

—El correo, mi señor. Está en el patio. Tuvimos que ayudarlo a bajar del caballo, tan dura ha sido la cabalgada... —El paje se interrumpió, falto de aliento.

—Más malas noticias, me temo —comentó Thomas secamente—. Nadie viene corriendo nunca para traernos buenas nuevas.

Los dos hombres descendieron de las almenas y fueron al portón principal. El correo estaba tumbado en el suelo, con una capa debajo de la cabeza. Al verlo, sir Thomas frunció el entrecejo ya que el hombre vestía el uniforme de la guardia de la ciudad de Kalaman, y sus ropas estaban manchadas de sangre seca.

—Estaba tan entumecido que tuvimos que bajarlo nosotros del caballo, mi señor —informó el caballero que estaba de servicio en la puerta—. Dice que no ha comido nada, y que ha cabalgado día y noche para llegar cuanto antes.

—¡Mi señor! —El hombre, al ver a sir Thomas, intentó incorporarse.

—No, no, muchacho, no te muevas. ¿Qué noticias traes? —Thomas se había arrodillado junto al hombre.

—¡Kalaman, mi señor! —jadeó el guardia de la ciudad—. ¡Kalaman... ha caído!

Thomas alzó la vista hacia Tanis.

—Al parecer, tenías razón —dijo en voz queda.

—Vinieron por mar, mi señor —explicó el soldado con voz débil—. Por mar, por aire y por tierra. Nos..., nos cogieron por sorpresa. Atacaron... por la noche. Dragones y... enormes bestias a las que los caballeros denominaban mamuts... La ciudad... se rindió...

El hombre intentó seguir, pero se desplomó hacia atrás. Un Caballero de la Espada y seguidor de Kiri-Jolith, a quien le había sido concedido el don de curar, se puso a atender al correo herido. Tras un examen rápido, el caballero alzó la vista hacia sir Thomas.

—No está malherido, mi señor, pero ha perdido sangre y está exhausto. Necesita descansar.

—Muy bien. Buscadle un lecho cómodo, y avisadme cuando esté en condiciones de poder hablar. Necesito que me dé detalles. El resto de vosotros, mantened esto en secreto. Que nadie diga ni una palabra.

Trasladaron al correo sobre unas angarillas y llevaron a su agotada montura a los establos.

—De todos modos, sé cuanto tengo que saber —hizo notar sir Thomas a Tanis. Los dos se encontraban solos en el vestíbulo; el caballero de servicio en la puerta había vuelto a su puesto—. Kalaman ha caído, y ésta es una noticia terrible. Si llega a Palanthas, tendremos entre manos un disturbio.

Tanis estaba haciendo unos rápidos cálculos.

—Como he dicho, Ariakan dispone de un ejército inmenso y por tanto puede dividirlo sin que ello represente un gran problema.

—Me doy cuenta de su plan —dijo, pensativo, Thomas—. Ataca la costa este con la mitad de sus fuerzas, haciéndolas marchar hacia el oeste a través de las montañas. Con la otra mitad de su ejército, ataca el noreste, y hace que esas tropas bajen hacia el sur para encontrarse con las fuerzas que avanzan al otro lado de las Khalkist. Por el camino, reclutará a los ogros, goblins y draconianos que han estado escondidos en las montañas. Tendrá que dejar tropas para mantener el dominio de Kalaman y proteger sus líneas de abastecimiento pero, con las fuerzas adicionales, para cuando llegue aquí las habrá reemplazado con creces. —Sir Thomas sonrió tristemente.

»Lo conozco, ¿comprendes? Ariakan y yo solíamos discutir un plan muy similar a éste, en los viejos tiempos. Fuimos amigos mientras estuvo prisionero aquí. Fue siempre un buen soldado —añadió Thomas pensativamente, y sacudió la cabeza—. Pero lo hicimos aún mejor.

—Entonces ¿cuál será su siguiente paso? —preguntó Tanis.

Sir Thomas miró por el portón principal, hacia el este.

—Viene hacia aquí. Y no hay maldita la cosa que podamos hacer para impedírselo.

22

Eludiendo las patrullas. Una pescadera algo extraña. Cati la Tuerta y Ojo Amarillo

—No sé si las había o no en tus tiempos, pero, ahora, lo que llaman «patrullas de contrabandistas» recorren los muelles por la noche —le susurró Palin a su compañero—. Ademas están las autoridades portuarias. Han reconstruido la muralla de la Ciudad Vieja y los guardias patrullan por allí ahora. No han olvidado la invasión de la ciudad que la Señora del Dragón Kitiara acometió.

Palin sólo veía débilmente a Steel y a la hembra de dragón. El caballero trabajaba a la tenue luz de la luna y las estrellas, que se reflejaba en el agua, para descargar las provisiones. Habían aterrizado en la península que se formaba en la costa occidental de la bahía de Branchala. De vez en cuando, Palin atisbaba un destello de luz de luna reflejado en la armadura, o podía ver la alta y musculosa figura silueteada contra el nocturno cielo estrellado.

Steel descargó el bulto que contenía las armas que nunca se llevaban puestas al ir montado a lomos de un dragón, a menos que el caballero volara para entrar en batalla. Se abrochó el cinturón de la espada larga, metió en él otra espada corta y deslizó una daga por la boca de una de las botas. Dejó las flechas, el arco y la lanza en el dragón.

—Si mi madre y tu tío hubieran trabajado juntos en lugar de ir en contra de los propósitos del otro, tal vez fuera yo quien estaría celebrando esa fiesta en la casa del Señor —hizo notar Steel.

A Palin no le pasó inadvertida la sutil alusión de que Raistlin había estado aliado entonces a los poderes de la oscuridad... como quizá lo estuviera ahora. El recuerdo de la Prueba en la Torre de la Alta Hechicería, cuando se encontró con su tío —al menos, él creyó que era su tío— bulló al filo de su memoria. La imagen de Raistlin había sido una pura ilusión conjurada por Dalamar y los otros hechiceros a fin de probar a Palin y ver si el joven sucumbiría a las mismas tentaciones que en el pasado habían acosado a su tío.

Los hechiceros creían que Caramon nunca permitiría a Palin someterse a la Prueba, una terrible experiencia que todos los magos deben pasar antes de que se les permita seguir avanzando en su arte arcano. Nadie sale intacto ni ileso de la Prueba, ya sea física o psíquicamente. Caramon no se arriesgaría a perder a su amado hijo como ya había perdido a su amado hermano. Los hechiceros temían que el cariño excesivamente protector del posadero ocasionaría la franca rebeldía de Palin, y quizá lo hiciera volverse hacia el Mal, como le había ocurrido a su tío. Los hechiceros le quitaron a Caramon el asunto de las manos, engañándolo a él y a Palin.

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