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Los Caballeros de Takhisis

Электронная книга - «Los Caballeros de Takhisis». Краткое содержание книги:

La Guerra de la lanza ya es historia. Las estaciones vienen y se van.
Es verano: un verano abrasador como jamás se había visto en Krynn. Afligido por una dolorosa pérdida, el joven mago Palin Majere trata de entrar al Abismo en busca de su tío, el famoso archimago Raistlin. La Reina Oscura ha encontrado nuevos paladines en los Caballeros de Takhisis, seguidores devotos y leales hasta el fin. Un paladín oscuro, Steel Brightblade, cabalga a lomos de un dragón azul para atacar la Torre del Sumo Sacerdote, la fortaleza que su padre defendiera hasta la muerte. En una pequeña isla, los misteriosos irdas se apoderan de un antiguo objeto mágico, la Gema Gris, y lo utilizan para garantizar su propia seguridad. Usha, una joven criada por los irdas, llega a Palanthas y dice ser la hija de Raistlin.
Será un verano mortal, quizás el último verano de Ansalon. Llamas ardientes consumen la hierba seca y Caos, padre de los dioses, regresa. El mundo entero puede desaparecer.
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En su Prueba, el joven creyó que había entrado al Abismo, que allí había encontrado a su tío, que era torturado por la Reina Oscura. Lo había liberado y lo había conducido de vuelta al laboratorio, para descubrir entonces que Raistlin planeaba dejar el Portal abierto a fin de permitir la entrada de Takhisis a este mundo. A cambio, ella le daría a Raistlin la potestad de dirigirlo.

El archimago le había ofrecido a Palin hacerlo su heredero con la condición de que el joven se alineara con el Mal, que tomara la Túnica Negra. Palin había rehusado y se había preparado para sacrificarse a fin de impedir que su tío tuviera éxito. Fue entonces cuando descubrió que todo —su tío, el Portal, el Abismo— había sido parte de la Prueba. Nada había sido real.

¿O sí?

Todavía podía oír las palabras de Raistlin:

«He domeñado mi ambición. No volveré a dirigir mi empeño hacia esa meta absurda de convertirme en un dios... Será mi regalo a la Reina Oscura, como muestra de mi lealtad: la entrada expedita al mundo. Y el mundo será su regalo para mí. Ella reinará, y yo..., yo obedeceré.»

Es lo que su tío había dicho. Pero ¿era realmente su tío? Dalamar afirmaba que la imagen de Raistlin sólo había sido una ilusión. El Raistlin con el que Palin había estado era una creación de Dalamar.

Pero el Bastón de Mago, que ahora sostenía en su mano, desde luego no era ninguna ilusión.

—Será mejor que nos demos prisa —dijo Palin bruscamente—. Casi es medianoche.

Steel estaba dando unas palmaditas a la hembra de dragón en el cuello al tiempo que intercambiaban unas quedas palabras. El joven mago alcanzó a oír la frase: «en el alcázar de Dargaard», y dedujo que sería allí donde Llamarada se escondería. Lord Soth, el espantoso caballero espectral, gobernaba todavía aquel lugar. Soth había sido en el pasado un Caballero de Solamnia, pero el amor prohibido hacia una doncella elfa lo había conducido a romper sus votos de caballero y a cometer un asesinato. La maldición de los dioses cayó sobre él. Sería un muerto en vida para siempre, sumido en un amargo tormento, odiando a los vivos, envidiándolos. Era leal a la Reina Oscura y a su causa. Ningún mortal se atrevía a aventurarse en un radio de cien leguas de su castillo maldito. Y, según la leyenda, el alma de la madre de Steel estaba obligada a permanecer en el alcázar de Dargaard junto al caballero. La hembra de dragón azul estaría a salvo allí, rodeada de una compañía tan siniestra.

Había numerosos chamizos esparcidos por la playa. O estaban deshabitados o hacía mucho que sus ocupantes se habían ido a acostar. Palin los estuvo observando con intranquilidad, temeroso de que alguien se despertara.

—Deprisa —repitió con nerviosismo—. Me pareció oír algo.

—No te preocupes, Majere. —Steel sacó una daga con una calavera tallada en la empuñadura—. Si alguien nos ve, le cerraré los ojos de manera permanente.

—¡Nada de muertes, por todos los dioses! —protestó el joven mago—. Tengo preparado un hechizo de sueño, y lo utilizaré si nos descubren.

—Un hechizo de sueño. —El caballero resopló, despectivo—. ¿Crees que también funcionará con los guardianes espectrales del Robledal de Shoikan?

—Seguramente será tan efectivo con ellos como tu daga —replicó enfadado, ya que no le gustó el recordatorio sobre la arboleda. La imagen fugaz del Robledal de Shoikan desde el aire lo había hecho estremecerse.

Steel no dijo nada más. En los ojos del caballero había un brillo que podía ser risueño. Guardó de nuevo la daga en la bota.

Llamarada utilizó sus poderosas patas traseras para impulsarse sobre el arenoso terreno. Saltó en el aire y, extendiendo las alas, aprovechó la débil brisa marina que soplaba del océano para remontarse en el cielo.

Palin la vio partir con cierto pesar. Ahora Steel y él estaban solos, dependiendo de sí mismos, y ello no parecía suficiente.

—¿Vienes, Majere? —preguntó Steel—. Eras tú el que tenía mucha prisa.

Encontraron un pequeño bote de pesca que había sido arrastrado hacia la playa. Steel cargó sus bultos en la embarcación y la empujó hasta el agua. La mantuvo cerca de la orilla el tiempo suficiente para que Palin —entorpecido por la túnica— subiera a ella, y después la siguió empujando hasta que las olas le llegaron a las rodillas; sólo entonces subió también él.

Cogió los remos, los metió en el agua, y silenciosa, sigilosamente, bogó hacia el puerto.

—Hay una linterna en el fondo del bote. Enciéndela —le ordenó a Palin—. No nos interesa levantar sospechas.

Las otras naves del puerto, más grandes, tenían colgadas linternas encendidas para evitar que otras embarcaciones chocaran contra ellas. Palin hizo lo que le decía, utilizando la mecha y el pedernal que encontró en la proa. Mientras trabajaba, al joven le chocó que hubiera una linterna en un bote tan pequeño, pero sobre todo que Steel supiera que estaba allí. De hecho, ¿cómo sabía que estaría el bote? Quizá los pescadores utilizaban la luz para pescar de noche o para hacer contrabando, un negocio mucho más lucrativo en estos tiempos que la pesca.

El joven mago sostuvo en alto la linterna mientras Steel impulsaba el bote con los remos; Palin tuvo mucho cuidado en evitar que la luz cayera sobre la armadura del caballero negro.

Hacía una noche calurosa y quieta. Dejaron de sentir la brisa del mar en el mismo momento en que entraron en el abrigo del puerto. Palin estaba bañado en sudor, y Steel debía de estar aún más incómodo, ya que no se había quitado la capa para cubrir el peto y los demás atavíos. Al pasar muy cerca de un barco minotauro grande, de tres mástiles, Palin volvió la vista atrás y reparó en que el rostro del caballero brillaba por la transpiración; tenía el negro cabello húmedo, ensortijado junto a las sienes.

Pero no se quejó, sino que siguió remando sin aparente esfuerzo, con una fuerza y una destreza que Palin envidió. Sólo de mirarlo, le dolían los brazos.

Una voz ronca les gritó desde el barco minotauro. Al alzar la vista, Palin atisbo una cabeza astada recortada contra las estrellas.

—¡Forte ahí, marineros de agua dulce! ¡Apartaos! ¡Como hagáis un agujero a mi barco lo taparé con vuestros miserables cuerpos!

—Borracho —comentó Steel—. No estamos tan cerca.

Pero Palin advirtió que el caballero se inclinaba sobre los remos y hacía que el bote se deslizara rápidamente sobre las negras aguas. El joven mago movió la linterna en un gesto de disculpa y por toda respuesta recibió una palabra malsonante de despedida.

—¡Apaga la luz! —ordenó Steel cuando se encontraron cerca de los muelles.

Palin lo hizo, apagando la llama de un soplido.

Steel levantó los remos y dejó que el bote siguiera avanzando con su propio impulso, ayudado por la marea ascendente. De vez en cuando, metía un remo en el agua para corregir el rumbo. Al llegar a los muelles se agarró a uno de los pilares y aguantó hasta que el bote viró en redondo y se deslizó casi bajo el muelle.

—¡Baja! —ordenó.

Palin buscó la escala del muelle y la encontró. Iba a tener que ponerse de pie en un pequeño bote bamboleante, agarrar la escala, y auparse a ella. Bajó la vista a la lóbrega negrura del agua que borboteaba y chapoteaba contra los pilares.

—¿Y qué hago con el bastón? —inquirió, volviéndose hacia Steel—. No puedo sujetarlo mientras subo.

—¡Yo te lo sostendré! —dijo el caballero, que agarraba el pilar con las dos manos, luchando contra la corriente que intentaba arrastrar el bote hacia la orilla.

—No. —Palin aferró el cayado con fuerza.

—¡Entonces pídele que te siga ahí arriba por sí mismo! ¡Date prisa, Majere! ¡No podré aguantar mucho más!

El joven mago vaciló, no por miedo, sino preocupado por dejar atrás su valioso bastón. Steel hizo un sonido siseante y lanzó a Palin una mirada iracunda.

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