El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
VÍ a casa en el mismo tranvía, recorriendo la:iudad que se oscurecía a cada minuto bajo un viento helado que levantaba la hojarasca de las calles. Al apearme en la plaza Palacio escuché a dos marineros que venían de los muelles hablar de una tormenta que se acercaba desde el mar y que golpearía la ciudad antes del anochecer. Levanté la vista y vi que el cielo empezaba a cubrirse de un manto de nubes rojas que se esparcían sobre el mar como sangre derramada. En las calles que rodeaban el Born las gentes se afanaban a asegurar puertas y ventanas, los tenderos cerraban sus comercios antes de hora y los niños salían a la calle para jugar contra el viento, alzando los brazos en cruz y riendo ante el estruendo de truenos lejanos. Los faroles parpadeaban y el destello de los relámpagos velaba de luz blanca las fachadas. Me apresuré hasta el portal de la casa de la torre y subí las escaleras a toda prisa. El rumor de la tormenta se sentía tras los muros, aproximándose.
Hacía tanto frío dentro de la casa que podía ver el contorno de mi aliento en el pasillo al entrar. Fui directo al cuarto donde había una vieja estufa de carbón que sólo había usado cuatro o cinco veces desde que vivía allí y la encendí con un pliego de periódicos viejos y secos. Prendí también la hoguera de la galería y me senté en el suelo frente a las llamas. Me temblaban las manos y no sabía si era de frío o de miedo. Esperé a entrar en calor, contemplando la retícula de luz blanca que dejaban los rayos sobre el cielo.
La lluvia no llegó hasta el anochecer y cuando empezó a caer se desplomó en cortinas de gotas furiosas que en apenas unos minutos cegaron la noche y anegaron tejados y callejones bajo un manto negro que golpeaba con fuerza paredes y cristales. Poco a poco, entre la estufa de carbón y la hoguera, la casa se fue caldeando, pero yo seguía teniendo frío. Me levanté y fui hasta el dormitorio en busca de mantas con que envolverme. Abrí el armario y empezé a urgar en los dos grandes cajones de la parte inferior. El estuche seguía allí, escondido al fondo. Lo cogí y lo coloqué sobre el lecho.
Lo abrí y contemplé el viejo revólver de mi padre, cuanto me quedaba de él. Lo sostuve, acariciando el gatillo con el índice. Abrí el tambor e introduje seis balas de la caja de munición que había en el doble fondo del estuche. Dejé la caja sobre la mesita de noche y me llevé el revólver y una manta a la galería. Una vez allí me tumbé en el sofá envuelto en la manta con el revólver sobre el pecho y abandoné la mirada a la tormenta tras los ventanales. Podía oír el sonido del reloj que reposaba en la repisa de la hoguera. No me hacía falta mirarlo para saber que quedaba apenas una media hora para mi encuentro con el patrón en el salón de billares del Círculo Ecuestre.
Cerré los ojos y le imaginé recorriendo las calles de la ciudad, desiertas y anegadas de agua. Le imaginé sentado en la parte de atrás de la cabina de su coche, sus ojos dorados brillando en la oscuridad y el ángel de plata sobre el capó del Rolls-Royce abriéndose camino en la tormenta. Le imaginé inmóvil como una estatua, sin respiración ni sonrisa, sin expresión alguna. Al rato escuché el rumor de la leña arder y la lluvia tras los cristales, me dormí con el arma en las manos y la certeza de que no iba a acudir a la cita.
Poco después de medianoche abrí los ojos. La hoguera estaba casi extinguida y la galería yacía sumida en la penumbra ondulante que proyectaban las llamas azules que apuraban las últimas brasas. Seguía lloviendo intensamente. El revólver estaba todavía en mis manos, tibio. Permanecí allí tendido unos segundos, sin apenas pestañear. Supe que había alguien a la puerta antes de oír el golpe. Aparté la manta y me incorporé. Oí de nuevo la llamada. Nudillos sobre la puerta de la casa. Me levanté con el arma en la mano y me dirigí hasta el corredor. De nuevo la llamada. Di unos pasos en dirección a la puerta y me detuve. Le imaginé sonriendo en el rellano, el ángel en su solapa brillando en la oscuridad. Tensé el percutor del arma. De nuevo el sonido de una mano golpeando la puerta. Quise dar la luz, pero no había electricidad. Seguí avanzando hasta llegar a la puerta. Iba a deslizar la mirilla, pero no me atreví. Me quedé allí inmóvil, casi sin respirar, sosteniendo el arma en alto apuntando hacia la puerta.
– Márchese -grité, sin fuerza en la voz.
Escuché entonces aquel llanto al otro lado y bajé el arma. Abrí la puerta a la oscuridad y la encontré allí. Tenía la ropa empapada y estaba temblando. Su piel estaba helada. Al verme estuvo a punto de desplomarse en mis brazos. La sostuve y, sin encontrar palabras, la abracé con fuerza. Me sonrió débilmente y cuando llevé mi mano a su mejilla la besó cerrando los ojos.
– Perdóname -murmuró Cristina.
Abrió los ojos y me ofreció aquella mirada herida y rota que me hubiera perseguido hasta el infierno. Le sonreí.
– Bien venida a casa.
La desnudé a la luz de una vela. Le quité los zapatos impregnados de agua encharcada, el vestido empapado y las medias rayadas. Le sequé el cuerpo y el pelo con una toalla limpia. Todavía temblaba de frío cuando la acosté en el lecho y me tendí junto a ella abrazándola para darle calor. Permanecimos así durante un largo rato, en silencio, escuchando la lluvia. Lentamente sentí cómo su cuerpo se hacía tibio bajo mis manos y empezaba a respirar profundamente. Creía que se había dormido cuando la oí hablar en la penumbra.
– Tu amiga vino a verme.
– Isabella.
– Me contó que te había escondido mis cartas. Que no lo hizo por mala fe. Creía que lo hacía por tu bien y a lo mejor tenía razón.
Me incliné sobre ella y busqué sus ojos. Le acaricié los labios y por primera vez sonrió débilmente.
– Pensaba que te habías olvidado de mí -dijo.
– Lo he intentado.
Tenía el rostro marcado de cansancio. Los meses de ausencia habían dibujado líneas sobre su piel y su mirada tenía un aire de derrota y vacío.
– Ya no somos jóvenes -dijo, leyéndome el pensamiento.
– ¿Cuándo hemos sido jóvenes tú y yo?
Eché la manta a un lado y contemplé su cuerpo desnudo tendido sobre la sábana blanca. Le acaricié la garganta y el pecho, rozando apenas su piel con la yema de los dedos. Dibujé círculos en su vientre y tracé el contorno de los huesos que se insinuaban bajo las caderas. Dejé que mis dedos jugueteasen en el vello casi transparente entre sus muslos.
Cristina me observaba en silencio, con su sonrisa rota y los ojos entreabiertos.
– ¿Qué vamos a hacer? -preguntó.
Me incliné sobre ella y la besé en los labios. Me abrazó y nos quedamos tendidos mientras la luz de la vela se extinguía lentamente.
– Algo se nos ocurrirá -murmuró.
Poco después del alba desperté y descubrí que estaba solo en la cama. Me incorporé de golpe, temiendo que Cristina se hubiese marchado de nuevo en mitad de la noche. Vi entonces que su ropa y sus zapatos seguían sobre la silla y respiré hondo. La encontré en la galería, envuelta en una manta y sentada en el suelo frente al hogar, donde un tronco en brasas desprendía un aliento de fuego azul. Me senté a su lado y la besé en el cuello.
– No podía dormir -dijo, la mirada clavada en el fuego.
– Haberme despertado.
– No me he atrevido. Tenías cara de haberte dormido por primera vez en meses. He preferido explorar tu casa.
– ¿Y?
– Esta casa está embrujada de tristeza -dijo-. ¿Por qué no le prendes fuego?
– ¿Y dónde íbamos a vivir?
– ¿En plural?
– ¿Por qué no?
– Creía que ya no escribías cuentos de hadas.
– Es como ir en bicicleta. Una vez se aprende…
Cristina me miró largamente.
– ¿Qué hay en esa habitación al final del pasillo?
– Nada. Trastos viejos.
– Está cerrada con llave.
– ¿Quieres verla?
Negó.
– Es sólo una casa, Cristina. Un montón de piedras y recuerdos. Nada más.
Cristina asintió con escaso convencimiento.
– ¿Por qué no nos vamos? -preguntó.
– ¿Adonde?
– Lejos.
No pude evitar sonreír, pero ella no me correspondió.
– ¿Hasta dónde? -pregunté.
– Hasta donde nadie sepa quiénes somos ni les importe.
– ¿Es eso lo que quieres? -pregunté.
– ¿Y tú no?
Dudé un instante.
– ¿YPedro? -pregunté, casi atragantándome con las palabras.
Dejó caer la manta que le cubría los hombros y me miró desafiante.
– ¿Te hace falta su permiso para acostarte conmigo?
Me mordí la lengua. Cristina me miraba con lágrimas en los ojos.
– Perdona -murmuró-. No tenía derecho a decir eso.
Tomé la manta del suelo e intenté cubrirla, pero se echó a un lado y rechazó mi gesto.
– Pedro me ha dejado -dijo con voz quebrada-. Se fue ayer al Ritz a esperar a que yo me hubiese ido. Me dijo que sabía que no le quiero, que me casé con él por gratitud o por lástima. Me dijo que no desea mi compasión, que cada día que paso a su lado fingiendo quererle le hago daño. Me dijo que hiciese lo que hiciese él me querría siempre y que por eso no deseaba volver a verme.
Le temblaban las manos.
– Me ha querido con toda su alma y yo sólo he sido capaz de hacerle desgraciado -murmuró.