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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.

Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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Fue entonces cuando escuché los pasos en la escalinata que ascendía al panteón. Guardé el retrato en el abrigo y me encaré hacia la entrada a la galería. Los pasos se habían detenido y no se oía más que la lluvia golpeando sobre el mármol. Me aproximé lentamente hasta la entrada y me asomé. La silueta estaba de espaldas, contemplando la ciudad a lo lejos. Era una mujer vestida de blanco que llevaba la cabeza cubierta con un manto. Se volvió lentamente y me miró. Sonreía. Pese a los años la reconocí al instante. Irene Sabino. Di un paso hacia ella y sólo entonces comprendí que había alguien más a mi espalda. El impacto en la nuca proyectó un espasmo de luz blanca. Sentí que caía de rodillas. Un segundo más tarde me desplomé sobre el mármol encharcado. Una silueta oscura se recortaba en la lluvia. Irene se arrodilló a mi lado.

Sentí su mano rodearme la cabeza y palpar el lugar donde había recibido el golpe. Vi cómo sus dedos emergían impregnados de sangre. Me acarició el rostro con ellos. Lo último que vi antes de perder el sentido fue cómo Irene Sabino extraía una navaja de afeitar y la desplegaba lentamente, gotas plateadas de lluvia deslizándose por el filo mientras la acercaba hacia mí.

Abrí los ojos al resplandor cegador del farol de aceite. El rostro del vigilante me observaba sin expresión alguna. Intenté pestañear mientras una llamarada de dolor me atravesaba el cráneo desde la nuca.

– ¿Está vivo? -preguntó el vigilante, sin especificar si la cuestión iba dirigida a mí o era meramente retórica.

– Sí -gemí-. No se le ocurra meterme en un agujero.

El vigilante me ayudó a enderezarme. Cada centímetro me costaba una punzada en la cabeza.

– ¿Qué ha pasado?

– Usted sabrá. Hace ya una hora que tendría que haber cerrado, pero al no verle me he acercado hasta aquí a ver qué pasaba y me lo he encontrado durmiendo la mona.

– ¿Y la mujer?

– ¿Qué mujer?

– Eran dos.

– ¿Dos mujeres?

Suspiré, negando.

– ¿Puede ayudarme a levantarme?

Con ayuda del vigilante conseguí incorporarme. Fue entonces cuando sentí el escozor y advertí que tenía la camisa abierta. Varias líneas de cortes superficiales me recorrían el pecho.

– Oiga, eso no tiene buena pinta…

Me cerré el abrigo y al hacerlo palpé en el bolsillo interior. El retrato de Marlasca había desaparecido.

– ¿Tiene usted teléfono en la garita?

– Sí, está en la sala de los baños turcos.

– ¿Puede al menos ayudarme a llegar a la torre de Bellesguard para que pueda pedir un coche desde allí?

El vigilante maldijo y me sujetó por debajo de los hombros.

– Ya le dije que volviese otro día -dijo resignado.

Faltaban apenas unos minutos para la medianoche cuando llegué finalmente a la casa de la torre. Tan pronto abrí la puerta supe que Isabella se había marchado. El sonido de mis pasos en el pasillo tenía otro eco. No me molesté en encender la luz. Me adentré en la casa en penumbra y asomé a la que había sido su habitación. Isabella había limpiado y ordenado el cuarto. Las sábanas y mantas estaban nítidamente dobladas sobre una silla, el colchón desnudo. Su olor todavía flotaba en el aire. Fui hasta la galería y me senté al escritorio que mi ayudante había utilizado. Isabella había sacado punta a los lápices y los había dispuesto pulcramente en un vaso. El montón de cuartillas en blanco estaba nítidamente apilada en una bandeja. El juego de plumines que le había obsequiado reposaba en un extremo de la mesa. La casa nunca me había parecido tan vacía.

En el baño me desprendí de las ropas empapadas y me coloqué un aposito con alcohol en la nuca. El dolor había menguado hasta quedar en un latido sordo y una sensación general no muy diferente a una resaca monumental. En el espejo, los cortes que tenía en el pecho parecían líneas trazadas con una pluma. Eran cortes limpios y superficiales, pero escocían de lo lindo. Los limpié con alcohol y confié en que no se infectaran.

Me metí en la cama y me tapé hasta el cuello con dos o tres mantas. Las únicas partes del cuerpo que no me dolían eran las que el frío y la lluvia habían entumecido hasta privarlas de sensación alguna. Esperé a entrar en calor, escuchando aquel silencio frío, un silencio de ausencia y vacío que ahogaba la casa. Antes de marcharse, Isabella había dejado el pliego de sobres con las cartas de Cristina sobre la mesita de noche. Alargué la mano y extraje una al azar, fechada dos semanas antes.

Querido David:

Pasan los días y yo sigo escribiéndote cartas que supongo prefieres no contestar, si es que llegas a abrirlas. He empezado a pensar que las escribo sólo para mí, para matar la soledad y para creer por un instante que te tengo cerca. Todos los días me pregunto qué será de ti, y qué estarás haciendo.

A veces pienso que te has marchado de Barcelona para no volver y te imagino en algún lugar rodeado de extraños, empezando una nueva vida que nunca conoceré. Otras pienso que aún me odias, que destruyes estas cartas y desearías no haberme conocido jamás. No te culpo. Es curioso lo fácil que es contarle a solas a un trozo de papel lo que no te atreves a decir a la cara.

Las cosas no son fáciles para mí. Pedro no podría ser más bueno y comprensivo conmigo, tanto que a veces me irrita su paciencia y su voluntad por hacerme feliz, que sólo hace que me sienta miserable. Pedro me ha enseñado que tengo el corazón vacío, que no merezco que nadie me quiera. Pasa casi todo el día conmigo. No me quiere dejar sola.

Sonrío todos los días y comparto su lecho. Cuando me pregunta si le quiero le digo que sí, y cuando veo la verdad reflejada en sus ojos desearía morírme. Nunca me lo echa en cara. Habla mucho de ti. Te extraña. Tanto que a veces pienso que a quien más quiere en este mundo es a ti. Le veo hacerse mayor, a solas, con la peor de las compañías, la mía. No pretendo que me perdones, pero si algo deseo en este mundo es que le perdones a él. Yo no valgo el precio de negarle tu amistad y tu compañía.

Ayer acabé de leer uno de tus libros. Pedro los tiene todos y yo los he ido leyendo porque es el único modo en que siento que estoy contigo. Era una historia triste y extraña, de dos muñecos rotos y abandonados en un circo ambulante que por el espacio de una noche cobraban vida sabiendo que iban a morir al amanecer. Leyéndola me pareció que escribías sobre nosotros.

Hace unas semanas soñé que volvía a verte, que nos cruzábamos en la calle y no te acordabas de mí. Me sonreías y me preguntabas cómo me llamaba. No sabías nada de mí. No me odiabas. Todas las noches, cuando Pedro se duerme a mi lado, cierro los ojos y le ruego al cielo o al infierno que me permita volver a soñar lo mismo.

Mañana, o tal vez pasado, te escribiré otra vez para decirte que te quiero, aunque eso no signifique nada para ti.

CRISTINA

Dejé caer la carta al suelo, incapaz de seguir leyendo. Mañana sería otro día, me dije. Difícilmente peor que aquél. Poco imaginaba yo que las delicias de aquella jornada no habían hecho sino empezar. Debía de haber conseguido dormir un par de horas a lo sumo cuando desperté de súbito en medio de la madrugada. Alguien estaba golpeando con fuerza en la puerta del piso. Permanecí unos segundos aturdido en la oscuridad, buscando el cable del interruptor de la luz. De nuevo, los golpes en la puerta. Prendí la luz, salí de la cama y me acerqué hasta la entrada. Corrí la mirilla. Tres rostros en la penumbra del rellano. El inspector Grandes y, tras él, Marcos y Gástelo. Los tres escrutando fijamente la mirilla. Respiré hondo un par de veces antes de abrir.

– Buenas noches, Martín. Disculpe la hora.

– ¿Y qué hora se supone que es?

– Hora de mover el culo, hijo de puta -masculló Marcos, arrancando una sonrisa a Gástelo con la que podría haberme afeitado.

Grandes les lanzó una mirada reprobatoria y suspiró.

– Algo más de las tres de la madrugada -dijo-. ¿Puedo pasar?

Suspiré con fastidio pero asentí, cediéndole el paso. El inspector hizo una seña a sus hombres para que esperasen en el rellano. Marcos y Gástelo asintieron a regañadientes y me dedicaron una mirada reptil. Les cerré la puerta en las narices.

– Debería andarse usted con más cuidado con esos dos -dijo Grandes mientras se adentraba por el pasillo a sus anchas.

– Por favor, como si estuviese usted en su casa… -dije.

Volví al dormitorio y me vestí de mala manera con lo primero que encontré, que fueron ropas sucias apiladas sobre una silla. Cuando salí al corredor no había señal de Grandes.

Crucé el pasillo hasta la galería y lo encontré allí, contemplando las nubes bajas reptando sobre los terrados a través de los ventanales.

– ¿Y el bomboncito? -preguntó.

– En su casa.

Grandes se volvió sonriente.

– Hombre sabio, no las tiene a pensión completa.-dijo señalando una butaca-. Siéntese.

Me dejé caer en el sillón. Grandes se quedó en pie, mirándome fijamente.

– ¿Qué? -pregunté finalmente. -Tiene mal aspecto, Martín. ¿Se ha metido en alguna pelea?

– Me he caído.

– Ya. Tengo entendido que hoy ha visitado usted la tienda de artículos de magia propiedad del señor Damián Roures en la calle Princesa.

– Usted me ha visto salir de ella este mediodía. ¿A qué viene esto?

Grandes me observaba fríamente. -Coja un abrigo y una bufanda o lo que sea. Hace frío. Vamos a la comisaría. -¿Para qué? -Haga lo que le digo.

Un coche de Jefatura nos esperaba en el paseo del Born. Marcos y Gástelo me metieron en la cabina sin excesiva delicadeza y procedieron a apostarse uno a cada lado, apretujándome en el medio.

– ¿Va cómodo el señorito? -preguntó Gástelo hundiéndome el codo en las costillas.

El inspector se sentó al frente, junto al conductor. Ninguno de ellos despegó los labios en los cinco minutos que tardamos en recorrer una Vía Layetana desierta y sepultada en una niebla ocre. Al llegar a la Comisaría Central, Grandes bajó del coche y se dirigió al interior sin esperar. Marcos y Gástelo me asieron cada uno de un brazo como si quisieran pulverizarme los huesos y me arrastraron por un laberinto de escaleras, pasillos y celdas hasta un cuarto sin ventanas que olía a sudor y orina. En el centro había una mesa de madera carcomida y dos sillas tronadas. Una bombilla desnuda pendía del techo y había una rejilla de desagüe en el centro de la habitación en el punto en que convergían las dos ligeras pendientes que formaban la superficie del suelo. Hacía un frío atroz. Antes de que me diera cuenta, la puerta se cerró con fuerza a mi espalda. Oí pasos que se alejaban. Di doce vueltas a aquella mazmorra hasta abandonarme a una de las sillas que se tambaleaba. Durante la siguiente hora, amén de mi respiración, el crujido de la silla y el eco de una gotera que no pude ubicar, no oí un solo sonido más.

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