El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
– ¿Recuerda de qué trataba?
– Quien lo conocía mejor era mi socio, Jaco, que era quien llevaba las sesiones. Pero por lo que recuerdo, Lux Aeterna era un poema sobre la muerte y los siete nombres del Hijo de la Mañana, el Portador de la Luz.
– ¿El Portador de la Luz?
Roures sonrió.
– Lucifer.
Ya en la calle, partí de regreso a casa preguntándome qué iba a hacer entonces. Me aproximaba a la boca de la calle Monteada cuando le vi. El inspector Víctor Grandes, apoyado contra el muro, saboreaba un cigarro y me sonreía. Me saludó con la mano y crucé la calle en su dirección.
– No sabía que estaba usted interesado en la magia, Martín.
– Ni yo que me siguiera usted, inspector.
– No le sigo. Es que es usted un hombre difícil de localizar y he decidido que si la montaña no venía a mí, yo iría a la montaña. ¿Tiene cinco minutos para tomar algo? Invita la Jefatura Superior de Policía.
– En ese caso… ¿No lleva hoy carabina?
– Marcos y Gástelo se han quedado en Jefatura haciendo papeleo, aunque si les llego a decir que venía a verle a usted seguro que se apuntan.
Descendimos por el cañón de viejos palacios medievales hasta El Xampanyet y nos procuramos una mesa al fondo. Un camarero armado de una bayeta que apestaba a lejía nos miró y Grandes pidió un par de cervezas y una tapa de queso manchego. Cuando llegaron las cervezas y el tentempié el inspector me ofreció el plato, invitación que decliné.
– ¿Le importa? A estas horas estoy que me muero de hambre.
– Bon appétit.
Grandes engulló un taquito de queso y se relamió con los ojos cerrados.
– ¿No le dijeron que pasé ayer por su casa?
– Me dieron el recado con retraso.
– Comprensible. Oiga, qué monada, la niña. ¿Cómo se llama?
– Isabella.
– Sinvergüenza, cómo viven algunos. Le envidio. ¿Qué edad tiene el bomboncito?
Le lancé una mirada venenosa. El inspector sonrió complacido.
– Me ha dicho un pajarito que ha estado usted haciendo de detective últimamente. ¿No nos va a dejar nada a los profesionales?
– ¿Cómo se llama su pajarito?
– Es más bien un pajarraco. Uno de mis superiores es íntimo del abogado Valera.
– ¿Le tienen a usted también en nómina?
– Todavía no, amigo mío. Ya me conoce. Vieja escuela. El honor y todas esas mierdas.
– Pena.
– Y dígame, ¿cómo está el pobre Ricardo Salvador? ¿Sabe que hace unos veinte años que no oía ese nombre? Le daban todos por muerto.
– Un diagnóstico precipitado.
– ¿Y qué tal se encuentra?
– Solo, traicionado y olvidado.
El inspector asintió lentamente.
– Le hace pensar a uno en el futuro que depara este oficio, ¿verdad?
– Apuesto que en su caso las cosas serán diferentes y el ascenso a lo más alto del cuerpo es cuestión de un par de años. Le veo de director general del cuerpo antes de los cuarenta y cinco, besando manos de obispos y capitanes generales del ejército en el desfile del día del Corpus.
Grandes asintió fríamente, ignorando el tono de sarcasmo.
– Hablando de besamanos, ¿ya ha oído lo de su amigo Vidal?
Grandes nunca empezaba una conversación sin un as escondido en la manga. Me observó sonriente, saboreando mi inquietud.
– ¿El qué? -murmuré.
– Dicen que la otra noche su esposa intentó suicidarse.
– ¿Cristina?
– Es verdad, usted la conoce…
No me di cuenta de que me había levantado y me temblaban las manos.
– Tranquilo. La señora Vidal está bien. Un susto, nada más. Al parecer se le fue la mano con el láudano… Haga el favor de sentarse, Martín. Por favor
Me senté. El estómago se me encogía en un nudo de clavos.
– ¿Cuándo fue eso?
– Hace dos o tres días.
Me vino a la memoria la imagen de Cristina en la ventana de Villa Helius días atrás, saludándome con la mano mientras yo rehuía su mirada y le daba la espalda.
– ¿Martín? -preguntó el inspector, pasando la mano por delante de mis ojos como si me temiese ido.
– ¿Qué?
El inspector me observó con lo que parecía genuina preocupación.
– ¿Tiene alguna cosa que contarme? Ya sé que no me va a creer, pero me gustaría ayudarle.
– ¿Aún cree que fui yo quien mató a Barrido y a su socio?
Grandes negó.
– Yo nunca lo he creído, pero a otros les gustaría hacerlo.
– ¿Entonces por qué me está investigando?
– Tranquilícese. No le estoy investigando, Martín. Nunca le he investigado. El día que le investigue se dará cuenta. De momento le observo. Porque me cae usted bien y me preocupa que se vaya a meter en un lío. ¿Por qué no confía en mí y me dice qué está pasando?
Nuestras miradas se encontraron y por un instante me sentí tentado de contárselo todo. Lo habría hecho, si hubiese sabido por dónde empezar.
– No está pasando nada, inspector.
Grandes asintió y me miró con lástima, o quizá sólo fuese decepción. Apuró su cerveza y dejó unas monedas en la mesa. Me dio una palmada en la espalda y se levantó.
– Cuídese, Martín. Y vigile dónde pisa. No todo el mundo le tiene el mismo aprecio que yo.
– Lo tendré en cuenta.
Era casi mediodía cuando volví a casa sin poder apartar el pensamiento de lo que me había contado el inspector. Al llegar a la casa de la torre, ascendí los peldaños de la escalinata lentamente, como si me pesara hasta el alma. Abrí la puerta del piso, temiendo encontrarme con una Isabella con ganas de conversación. La casa estaba en silencio. Recorrí el pasillo hasta la galería del fondo y allí la encontré, dormida en el sofá con un libro abierto sobre el pecho, una de mis viejas novelas. No pude evitar sonreír. La temperatura en el interior de la casa había descendido sensiblemente en aquellos días de otoño y temí que Isabella pudiera coger frío. A veces la veía andar por la casa envuelta en un manto de lana que se colocaba sobre los hombros. Me dirigí un momento a su habitación para buscarlo y colocárselo por encima con sigilo. Su puerta estaba entreabierta y, aunque estaba en mi propia casa, lo cierto es que no había entrado en aquel dormitorio desde que Isabella se había instalado allí, y tuve cierto reparo en hacerlo ahora. Avisté el mantón doblado sobre una silla y entré a por él. La habitación olía a aquel aroma dulce y alimonado de Isabella. El lecho estaba todavía deshecho y me incliné para alisar las sábanas y las mantas porque me constaba que cuando me entregaba a alguna de estas tareas domésticas mi categoría moral ganaba puntos a ojos de mi ayudante.
Fue entonces cuando advertí que había algo encajado entre el colchón y el somier. Una punta de papel asomaba bajo el doblez de la sábana. Cuando tiré de ella comprobé que se trataba de un pliego de papel. Lo extraje completamente y sostuve en mis manos lo que parecía una veintena de sobres de papel azul anudados con una cinta. Sentí que me invadía una sensación de frío, pero negué para mis adentros. Deshice el nudo de la cinta y tomé uno de los sobres. Llevaba mi nombre y dirección. El remite decía sencillamente Cristina.
Me senté en el lecho de espaldas a la puerta y examiné los remites, uno a uno. El primero tenía varias semanas, el último, tres días. Todos los sobres estaban abiertos. Cerré los ojos y sentí que las cartas se me caían de las manos. La oí respirar a mi espalda, inmóvil en el umbral.
– Perdóneme -murmuró Isabella.
Se acercó lentamente y se arrodilló a recoger las cartas, una a una. Cuando las hubo reunido todas en un pliego me las tendió con una mirada herida.
– Lo hice para protegerle -dijo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y me posó la mano en un hombro.
– Vete -dije.
La aparté de mí y me incorporé. Isabella se dejó caer al suelo, gimiendo como si algo la quemase por dentro.
– Vete de esta casa.
Salí del piso sin molestarme en cerrar la puerta a mi espalda. Llegué a la calle y me enfrenté a un mundo de fachadas y rostros extraños y lejanos. Eché a andar sin rumbo, ajeno al frío y a aquel viento prendido de lluvia que empezaba a azotar la ciudad con el aliento de una maldición.
El tranvía se detuvo a las puertas de la torre de Bellesguard, donde la ciudad moría al pie de la colina. Me encaminé hacia las puertas del cementerio de San Gervasio siguiendo el sendero de luz amarillenta que las luces del tranvía taladraban en la lluvia. Los muros del camposanto se alzaban a una cincuentena de metros en una fortaleza de mármol sobre la que emergía un enjambre de estatuas del color de la tormenta. A la entrada del recinto encontré una garita donde un vigilante envuelto en un abrigo se calentaba las manos al aliento de un brasero. Al verme aparecer de entre la lluvia se levantó sobresaltado. Me examinó unos segundos antes de abrir la portezuela.
– Busco el panteón de la familia Marlasca.
– Oscurecerá en menos de media hora. Mejor que vuelva otro día.
– Cuanto antes me diga dónde está, antes me iré.
El vigilante consultó un listado y me mostró la ubicación señalando con un dedo sobre un mapa del recinto que pendía de la pared. Me alejé sin darle las gracias.
No me resultó difícil encontrar el panteón entre la ciudadela de tumbas y mausoleos que se arremolinaban dentro de los muros del camposanto. La estructura quedaba situada en una peana de mármol. De estilo modernista, el panteón describía una suerte de arco formado por dos grandes escalinatas dispuestas a modo de anfiteatro que ascendían a una galería sostenida por columnas en cuyo interior se abría un atrio flanqueado de lápidas. La galería estaba coronada por una cúpula en la cima de la cual se levantaba una figura de mármol ennegrecido. Su rostro quedaba oculto por un velo, pero al aproximarse al panteón uno tenía la impresión de que aquel centinela de ultratumba iba girando la cabeza para seguirle con los ojos. Ascendí por una de las escalinatas y al llegar a la entrada de la galería me detuve a mirar atrás. Las luces de la ciudad se entreveían en la lluvia, lejanas.
Me adentré en la galería. La estatua de una figura femenina abrazada a un crucifijo en actitud de súplica se erguía en el centro. Su rostro había sido desfigurado a golpes y alguien había pintado de negro los ojos y los labios, confiriéndole un aspecto lobuno. Aquél no era el único signo de profanación del panteón. Las lápidas mostraban lo que parecían marcas o arañazos realizados con algún objeto punzante, y algunas habían sido marcadas con dibujos obscenos y palabras que apenas podían leerse en la penumbra. La tumba de Diego Marlasca quedaba al fondo. Me aproximé a ella y posé la mano sobre la lápida. Extraje el retrato de Marlasca que Salvador me había entregado y lo examiné.