La historia del loco [The Madman's Tale - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
Ya no sabía si estaba o no agotado. Levanté los ojos y examiné la habitación. Era interesante verme solo y saber que no duraría. Tarde o temprano me invadirían. Y el ángel volvería. Sacudí la cabeza.
De pronto, recordé que Lucy había preparado una lista de casi setenta y cinco nombres. Eran los hombres a los que ella quería ver.
Lucy preparó una lista con unos setenta y cinco pacientes de todo el hospital que parecían poseer el potencial para asesinar. Eran hombres que habían mostrado hostilidad hacia las mujeres, ya fuera mediante golpes durante riñas domésticas, lenguaje amenazador o conducta obsesiva, que habían concentrado en una vecina o una familiar a la que culpaban de su locura. Ella aún creía que los asesinatos habían sido, en el fondo, delitos sexuales. La justicia penal consideraba que los delitos sexuales eran primero actos violentos y después catarsis sexual.
Además, ella había sido una víctima y en decenas de salas de justicia había visto en el banquillo de los acusados a hombres que le recordaban en mayor o menor medida al que la había agredido. Su índice de condenas era ejemplar y, a pesar de los obstáculos que encontraba en el hospital Western, esperaba volver a triunfar. La confianza era su principal baza.
Mientras cruzaba los terrenos del hospital hacia el edificio de administración, empezó a dibujar mentalmente un retrato del hombre que estaba buscando. Detalles, como la fuerza física necesaria para dominar a Rubita, la juventud suficiente para ser presa de un arrebato homicida, la edad adecuada para no cometer errores precipitados. Estaba convencida de que su hombre poseía los conocimientos prácticos así como la inteligencia innata que hacen que ciertos criminales sean difíciles de acorralar. Todos los elementos de esos crímenes se le arremolinaban en la cabeza, y se decía que cuando se encontrara frente a frente con el culpable, lo reconocería de inmediato.
La razón de su optimismo era la creencia de que el ángel deseaba ser conocido. Imaginaba que sería engreído y arrogante, y que querría vencerla en este duelo intelectual dentro de aquel hospital psiquiátrico.
Lo sabía de una forma más profunda que Peter o Francis, o de lo que nadie era consciente en el Western. Unas cuantas semanas después del segundo homicidio, su oficina había conseguido las dos falanges seccionadas del modo más normaclass="underline" a través del correo. El autor las había colocado en una bolsa de plástico, que había metido en un sobre acolchado marrón, del tipo que se vendía en casi todas las tiendas de material de oficina de Nueva Inglaterra. La dirección del destinatario estaba mecanografiada en una etiqueta: JEFA DE LA UNIDAD DE DELITOS SEXUALES.
Se adjuntaba un folio con una pregunta también mecanografiada: «¿Los buscabais?» Nada más.
Lucy entregó los macabros souvenirs al equipo forense. No se tardó en confirmar que pertenecían a la segunda víctima y que se los habían extirpado post mortem. La escritura de la nota y la etiqueta correspondía a una máquina de escribir eléctrica Sears modelo 1.132 de 1975. El matasellos del paquete correspondía a la oficina principal de Boston Sur. Lucy y dos investigadores más de su oficina habían localizado todas las máquinas de escribir de ese modelo vendidas en Massachusetts, New Hampshire, Rhode Island y Vermont durante los seis meses anteriores al asesinato. También habían interrogado a todos los empleados de la oficina de correos para comprobar si alguno recordaba haber manejado ese paquete en concreto. Ninguna de las dos líneas de investigación había arrojado una pista razonable.
Los empleados de correos no habían ayudado nada. Si una máquina de escribir se había comprado con un cheque o con una tarjeta de crédito, Sears tenía constancia. Pero se trataba de un modelo barato, y más de una cuarta parte de las máquinas similares que se vendieron en ese lapso de tiempo se pagaron en efectivo. Además, los investigadores averiguaron que casi todos los más de cincuenta puntos de venta de Nueva Inglaterra tenían expuesto un modelo 1.132 nuevo que podía probarse. Habría sido relativamente sencillo ir un concurrido domingo por la tarde, poner una hoja de papel en el rodillo y escribir lo que se quisiera sin llamar la atención, ni siquiera de un vendedor.
Lucy había esperado que el remitente de las falanges lo volvería a hacer con las correspondientes a la primera o la tercera víctima, pero no fue así.
Era, en su opinión, la peor forma de provocación: el mensaje no estaba en las palabras, ni siquiera en los apéndices mutilados, sino en una entrega cuyo rastro no podía seguirse.
También había la inquietante referencia a la bibliografía sobre Jack el Destripador, que había extirpado un trozo de riñón a una víctima, una prostituta llamada Catharine Eddowes, alias Kate Kelly, y lo había enviado a la Policía Metropolitana en 1888 con una burlona nota, rubricada. Que su presa conociera este caso tan famoso la ponía nerviosa. Era muy revelador, pero también la afectaba. No le gustaba estar buscando a alguien con nociones de la historia, porque eso implicaba cierta inteligencia. La mayoría de los criminales que había enviado a la cárcel destacaban por su estupidez absoluta. En la sección de delitos sexuales era un dato bastante conocido que las fuerzas que impulsaban a un hombre a ese acto concreto también harían que fuera descuidado y olvidadizo. Los que atacaban con determinada planificación y previsión eran más difíciles de descubrir.
De modo extraño, pensaba que estos homicidios eran imposibles de caracterizar. Francis había acertado cuando Peter le había pedido que los relacionara entre sí. Pero Lucy no podía evitar la sensación de que había algo más que el pelo y el físico de las víctimas y la singular crueldad del asesino.
Avanzaba por uno de los senderos entre los edificios hospitalarios pensando en el hombre que Peter y Francis llamaban el ángel. No se fijó en el buen día que hacía a su alrededor, en los rayos de sol que iluminaban los nuevos brotes de las ramas de los árboles y calentaban el mundo con el augurio de un tiempo mejor. Lucy Jones tenía la clase de mente a la que le gustaba clasificar y compartimentar, que disfrutaba de la búsqueda rigurosa del detalle, y en ese momento excluía la temperatura, el sol y los nuevos brotes, ocupada en el repaso mental de los obstáculos a que se enfrentaba. La lógica y una aplicación metódica de las normas, las regulaciones y las leyes la habían sostenido a lo largo de su vida adulta. Lo que Peter había sugerido la asustaba, aunque había tenido cuidado de no demostrarlo. En su interior, reconocía que tenía cierto sentido, porque no se le ocurría otro modo de proceder. Creía que era un plan que reflejaba la agudeza de Peter y que no seguía ningún método racional.
Pero Lucy, que se consideraba una jugadora de ajedrez, creía que era el mejor gambito inicial que podía imaginar. Se recordó que debía mantenerse fría, ya que imaginaba que así podría controlar la situación.
Mientras caminaba cabizbaja, sumida en sus pensamientos, le pareció oír de repente su nombre.
– Luuuuuuucccyyyy. -Fue un gemido largo que le llegó con la suave brisa primaveral y reverberó entre los árboles que salpicaban los terrenos del hospital.
Se detuvo en seco y se volvió. Nadie. Miró a derecha e izquierda, a la escucha, pero el sonido había desaparecido.
Pensó que se había confundido. El gemido podría haber correspondido a muchos otros sonidos. La tensión la había puesto nerviosa y había oído mal lo que era un grito de dolor o angustia, igual a los centenares que el viento transportaba por el hospital todos los días.
Y a continuación pensó que se estaba mintiendo a sí misma.
Había oído su nombre.
Alzó los ojos hacia las ventanas del edificio más cercano. Vio las caras de algunos pacientes ociosos que miraban en su dirección. Se giró despacio hacia otras unidades. Amherst quedaba lejos. Williams, Princeton y Yale estaban más cerca. Examinó los edificios de ladrillo en busca de algún indicio revelador. Pero todos permanecieron silenciosos, como si la observación de Lucy hubiera cerrado la llave de la ansiedad y la alucinación que tan a menudo definían los sonidos que se oían en ellos.