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La historia del loco [The Madman's Tale - es]

Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:

Han pasado veinte años desde que el Western State Hospital cerró sus puertas y sus últimos pacientes se reintegraron a la sociedad.
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
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Eso no era tan cierto para Peter, porque él nunca estuvo tan loco como el resto de nosotros.

Tampoco lo era para el ángel.

Y, de un modo curioso, Lucy era el puente entre ambos.

Todavía estábamos junto al comedor esperando que apareciera Lucy. Peter parecía muy concentrado, reviviendo lo que había visto y experimentado la noche anterior. Lo observé mientras parecía tomar cada trozo de esos instantes, ponerlo a contraluz y girarlo despacio, como haría un arqueólogo con una reliquia tras soplarla para quitarle el polvo del tiempo. Peter actuaba de forma muy parecida con las observaciones; parecía creer que si ponía mentalmente lo que fuera en el ángulo adecuado y lo sujetaba contra un foco de luz, lo vería como era en realidad. Y, en aquel momento, estaba enfrascado en ese proceso, con la cara tensa y los ojos fijos sin ver lo que tenía delante, sino otra cosa. Supongo que, en otro paciente, habría sido la mirada que precedía a una alucinación o un delirio. Pero, en el caso de Peter, era el análisis de un detalle.

Mientras lo observaba, se volvió hacia mí.

– Ahora sabemos algo: el ángel no está en nuestro dormitorio. Podría estar arriba, en el otro. Podría venir de otro edificio, aunque aún no he descubierto cómo. Pero de momento, podemos excluir a nuestros compañeros de habitación. Y sabemos algo más: ha averiguado de algún modo que estamos metidos en esto, pero no nos conoce, no lo suficiente, y por eso observa.

Eché un vistazo a ambos lados del pasillo. Había un cato apoyado contra una pared, con la mirada puesta en el techo. Podría haber estado escuchando a Peter, o a alguna voz oculta en su interior. Imposible saberlo. Un anciano senil que llevaba los pantalones del pijama pasó junto a nosotros con la baba colgándole en una mandíbula sin afeitar, farfullando y tambaleándose, como si no comprendiera que su dificultad para andarse debía a los pantalones a la altura de los tobillos. El retrasado que nos había amenazado el otro día pasó tras el anciano, con los ojos llenos de miedo, desaparecida toda su rabia y agresividad anterior. Supuse que le habían cambiado la medicación.

– ¿Cómo podemos saber quién está observándonos? -pregunté. Giré la cabeza a derecha e izquierda y un escalofrío me recorrió el cuerpo al pensar que cualquiera de aquellos hombres que me miraban como absortos podría estar, de hecho, evaluándome, formándose un juicio sobre mí.

– Bueno -respondió Peter encogiéndose de hombros-, ésa es la cuestión. Nosotros investigamos y el ángel observa. Mantente alerta. Algo surgirá.

Vi que Lucy Jones entraba en Amherst. Se detuvo para hablar con una enfermera, y Negro Grande se acercó a ella. Lucy le entregó un par de expedientes de una caja llena a rebosar que dejó en el suelo. Peter y yo dimos un paso hacia ella, pero Noticiero, que nos vio, nos cerró el paso. Llevaba las gafas un poco ladeadas y una mata de pelo le salía disparada de la cabeza. Su sonrisa era tan torcida como su pose.

– Malas noticias, Peter -dijo, aunque sonreía, tal vez para suavizar la información-. Siempre son malas noticias.

Peter no respondió y Noticiero pareció un poco decepcionado.

– Vale -dijo con la cabeza ladeada. A continuación miró a Lucy Jones y pareció concentrarse mucho. Era casi como si recordar le costara un esfuerzo físico. Pasados unos instantes, esbozó una sonrisa-. Boston Globe. 20 de septiembre de 1977. Sección de noticias locales, página 2B: Negarse a ser una víctima; licenciada en Derecho por Harvard es nombrada jefa de la sección de delitos sexuales.

Peter se volvió hacia él.

– ¿Recuerdas algo del resto? -preguntó.

Noticiero dudó de nuevo mientras rebuscaba en su memoria.

– Lucy K. Jones -dijo al fin-, veintiocho años, con tres años de experiencia en las secciones de tráfico y delitos graves, ha sido nombrada jefa de la recién creada sección de delitos sexuales de la fiscalía del condado de Suffolk, según anunció hoy un portavoz. La señorita Jones, licenciada en Derecho por Harvard en 1974, será responsable de los casos de agresiones sexuales y colaborará con la división de homicidios en los asesinatos que se deriven de violaciones. -Inspiró hondo y prosiguió-: En una entrevista, la señorita Jones afirmó estar plenamente capacitada para este cargo, porque había sido víctima de una agresión sexual durante su primer año en Harvard. Explicó que se había incorporado a la oficina del fiscal tras desechar numerosas ofertas de bufetes de abogados, porque su agresor había escapado a la acción de la justicia. Su perspectiva sobre los delitos sexuales proviene de un conocimiento íntimo del daño emocional que provocan estas agresiones y de la frustración por un sistema judicial mal preparado para tratar esta clase de delitos. Indicó que esperaba consolidar una sección modélica que otros fiscales pudieran imitar…

– También había una fotografía -añadió Noticiero tras dudar un momento-. Y algo más. Estoy intentando recordar.

– ¿No hubo ningún artículo que lo desarrollara en la sección de sociales el día siguiente o después? -preguntó Peter.

De nuevo, Noticiero repasó su memoria.

– No… -respondió. El hombrecillo sonrió y, como hacía siempre, se marchó en busca de un ejemplar del periódico del día.

Peter se volvió hacia mí.

– Bueno, eso explica una cosa y empieza a explicar otras, ¿verdad, Pajarillo?

– ¿Qué? -pregunté.

– Para empezar, la cicatriz de la mejilla.

La cicatriz, por supuesto.

Debería haber prestado más atención a la cicatriz.

Sentado en mi piso, imaginando la pálida línea que recorría el rostro de Lucy Jones, cometí el mismo error que en aquel momento. Vi el defecto en su piel perfecta y me pregunté cuánto habría cambiado su vida. Pensé que me hubiera gustado haberla tocado.

Encendí otro cigarrillo. Unas volutas de humo acre se elevaron por el aire viciado. Podría haberme quedado así, perdido en mis recuerdos, si no hubieran llamado a mi puerta.

Me puse de pie, alarmado. Perdí el hilo de las ideas, sustituido por una sensación de nerviosismo. Me acerqué a la entrada y oí cómo me llamaban por mi nombre.

– ¡Francis! -Más golpes en la gruesa puerta de madera-. ¡Francis! ¡Abre! ¿Estás ahí?

Reflexioné un instante sobre la curiosa yuxtaposición de la petición «¡Abre!», seguida de la pregunta «¿Estás ahí?». En el mejor de los casos, el orden estaba invertido.

Reconocí la voz, claro. Esperé un momento, porque sospechaba que, en uno o dos segundos, oiría otra voz familiar.

– Francis, por favor. Abre para que podamos verte…

La hermana número uno y la hermana número dos. Megan, que era exigente como un niño pero con el tamaño y el temperamento de un defensa de fútbol americano, y Colleen, que hacía la mitad de bulto y tenía una timidez que combinaba la vergüenza con una incompetencia para las cosas más simples de la vida. «¿Podrías hacerlo tú porque yo no sabría por dónde empezar?» No tenía paciencia para ninguna de las dos.

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