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La historia del loco [The Madman's Tale - es]

Электронная книга - «La historia del loco [The Madman's Tale - es]». Краткое содержание книги:

Han pasado veinte años desde que el Western State Hospital cerró sus puertas y sus últimos pacientes se reintegraron a la sociedad.
Francis Petrel tenía poco más de veinte años cuando su familia lo recluyó en el psiquiátrico tras una conducta imprevisible que culminó en una crisis.
Ahora, alcanzada la mediana edad, lleva una vida sin rumbo y solitaria, alojado en un piso barato y permanentemente medicado para acallar el coro de voces en su cabeza.
Pero un reencuentro en los terrenos de la clausurada institución remueve algo profundo en la mente agitada de Francis: unos recuerdos sombríos, que él creía haber enterrado, sobre los truculentos hechos que condujeron al cierre del Western State Hospital, y el asesinato sin resolver de una joven enfermera, cuyo cadáver mutilado fue encontrado una noche después del cierre de las luces.
Aunque la policía sospechó de un paciente, los internos siempre hablaron de un ángel y el crimen quedó sin resolver. Sólo ahora, con la reaparición del asesino, se conocerá la respuesta.
Introduciéndose en la impredecible mente de Francis, John Katzenbach demuestra su gran conocimiento del lado oscuro de la psique humana y su destreza para provocar la tensión en el lector, tal y como hiciera en El psicoanalista.
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Gulptilil examinó con recelo la lista de nombres que Lucy puso encima de su mesa.

– Parece un número importante de pacientes, señorita Jones. ¿Podría preguntarle cuáles han sido sus criterios de selección? -dijo en un tono frío y nada afable que, dada su voz cantarina, sonaba un poco ridículo.

– Por supuesto. Como no encontré un factor psicológico determinante, como una enfermedad definida, tomé en consideración incidentes violentos contra mujeres. Estos setenta y cinco hombres han cometido diversas agresiones. Unos más que otros, claro, pero todos tienen un factor en común. -Lucy hablaba con la misma pomposidad que el director médico, una dote interpretativa que había afinado en la oficina del fiscal y que a menudo le servía en situaciones oficiales. Hay muy pocos burócratas a los que no intimide alguien capaz de hablar su propio idioma.

Gulptilil se volvió a fijar en la lista y examinó los nombres mientras Lucy se preguntaba si el médico podría asignar una cara y un expediente a cada uno de ellos. Actuaba como si fuera así, pero la fiscal dudaba de que le interesaran demasiado las intimidades de los pacientes. Pasado un instante, suspiró.

– Su afirmación puede aplicarse igualmente al detenido por el asesinato, claro -manifestó-. Aun así, señorita Jones, accederé a lo que pide. Pero debo indicarle que me parece una pérdida de tiempo.

– Es una forma de arrancar, doctor.

– Es también una forma de parar -replicó él-. Lo que, me temo, es lo que pasará en sus interrogatorios cuando quiera obtener información de estos hombres. Imagino que le resultarán frustrantes. -Sonrió, no de forma demasiado simpática, y añadió-: Bueno, supongo que tendrá que averiguarlo por sí misma. Supongo que querrá efectuar estos interrogatorios de inmediato. Hablaré con el señor Evans, y quizá con los hermanos Moses, que pueden empezar a llevar a los pacientes a su despacho. De este modo, por lo menos, podrá empezar a trabajar y comprender los obstáculos a que va a enfrentarse.

Lucy sabía que Gulptilil hablaba sobre los caprichos de la enfermedad mental, pero lo que dijo podía interpretarse de distintas formas. Le sonrió y asintió para mostrarle su conformidad.

Cuando volvió a Amherst, los Moses la estaban esperando en el pasillo junto al puesto de enfermería de la planta baja. Peter y Francis estaban con ellos, apoyados contra la pared como un par de adolescentes aburridos que pasan el rato en una esquina a la espera de problemas, aunque el modo en que los ojos de Peter escrutaban el pasillo para observar todos los movimientos y valorar a todos los pacientes que pasaban por allí contradecía su aspecto lánguido. No divisó a Evans, lo que podía ser positivo si se tenía en cuenta lo que iba a pedirles. Pero ésa fue la primera pregunta que hizo a los dos auxiliares.

– ¿Dónde está Evans?

– En otro edificio -respondió Negro Grande-. En una reunión de personal de apoyo. Debería llegar en cualquier momento. El gran jefe llamó para decirnos que tenemos que empezar a llevar gente a su despacho. Tiene una lista.

– Exacto.

– Suponga que no tienen ganas de verla -comentó Negro Chico-. ¿Qué hacemos entonces?

– No les den esa opción. Pero si se ponen frenéticos, o empiezan a perder el control, puedo ir a verlos yo.

– ¿Y si aun así no quieren hablar?

– No planteemos los problemas antes de tenerlos, ¿vale?

Negro Grande entornó los ojos pero no dijo nada, para Francis era obvio que la función del auxiliar consistía precisamente en eso, en plantearse los problemas antes de que surgieran.

– Lo intentaremos -dijo su hermano tras soltar un suspiro-. No le prometo cómo van a reaccionar. Nunca he hecho nada así. Quizá no haya ningún problema.

– Si se niegan ya pensaremos otra cosa -dijo Lucy-. Tengo una idea. Me gustaría saber si pueden ayudarme y guardar el secreto.

Los dos hermanos se miraron un instante. Negro Chico habló por los dos.

– Me huelo que nos va a pedir un favor que podría meternos en un lío.

– No demasiado grande, espero -repuso Lucy sonriendo.

Negro Chico sonrió de oreja a oreja, como si le hiciera gracia la respuesta de Lucy.

– La persona que lo pide siempre piensa que no es gran cosa. Pero adelante, señorita Jones, no decimos ni que sí ni que no. La escuchamos.

– En lugar de ir los dos a buscar a cada paciente para traerlo aquí, quiero que vaya sólo uno.

– Por lo general, seguridad aconseja que haya dos hombres en cada desplazamiento como éste. Uno a cada lado del paciente. Son las normas.

– Permitan que me explique -replicó ella a la vez que daba un paso hacia los hermanos, de modo que sólo el reducido grupo pudiera oírla, un gesto apropiado a la pequeña conspiración que Lucy tenía en mente-. No soy muy optimista sobre el resultado de estos interrogatorios, y voy a confiar en Francis más de lo que él imagina -explicó. Los demás miraron al joven, que se ruborizó, como si lo hubiera destacado en clase una profesora de la que estuviera medio enamorado-. Pero, como Peter indicó el otro día, nos faltan pruebas contundentes. Me gustaría intentar algo al respecto.

Los Moses la escuchaban con atención. También Peter se acercó, lo que estrechó más el grupo.

– Quiero que mientras hablo con estos pacientes, se registre a conciencia sus cosas -prosiguió Lucy-. ¿Han registrado alguna vez una cama y un arcón?

– Por supuesto -asintió Negro Chico-. De vez en cuando. Eso forma parte de este excelente trabajo.

Lucy lanzó una rápida mirada a Peter, que parecía deseoso de dar j opinión.

– Y me gustaría que Peter interviniera en esos registros -añadió-. Que estuviera al mando.

Los dos auxiliares se miraron y Negro Chico replicó:

– Peter no puede salir del edificio Amherst, señorita Jones. Me refiero a que sólo puede hacerlo en circunstancias especiales. Y es el doctor Gulptilil o el señor Evans quienes dicen cuáles son esas circunstancias especiales. Evans no le ha dejado cruzar estas puertas ni una sola vez.

– ¿Se supone que hay nesgo de que se escape? -preguntó Lucy, un poco como si estuviera ante un juez en una solicitud de libertad bajo fianza.

– Evans lo puso en el expediente -respondió Negro Chico a la vez que sacudía la cabeza-. Es más bien un castigo porque tiene pendiente cargos graves. Peter está aquí por orden judicial para ser evaluado, y supongo que la prohibición de salir es normal en casos así.

– ¿Hay alguna forma de saltarse eso?

– Hay formas de saltárselo todo si es lo bastante importante, señorita Jones.

Peter guardaba silencio. Francis vio de nuevo que se moría de ganas de hablar pero tenía la sensatez de mantener la boca cerrada. Los auxiliares no se habían negado aún a la petición de Lucy.

– ¿Por qué cree que Peter tiene que hacer esto, señorita Jones? ¿Por qué no mi hermano o yo? -quiso saber Negro Chico.

– Por un par de razones -respondió Lucy-. Primero, como saben, Peter era un investigador muy bueno, y sabe cómo, dónde y qué buscar, y cómo tratar cualquier prueba. Y, como ha recibido formación en la obtención de pruebas forenses, espero que pueda detectar algo que quizá podría escapársele a usted o a su hermano…

Negro Chico apretó los labios, reconociendo tácitamente que aquello era cierto. Lucy lo tomó como un asentimiento y prosiguió.

– Y la otra razón es que no estoy segura de querer comprometerlos en todo esto. Imaginemos que encuentran algo en un registro. Es taran obligados a contárselo a Gulptilil, que técnicamente es el responsable máximo, y probablemente esa prueba se perderá o se estropeará. Si Peter encuentra algo, bueno, es otro loco del hospital. Puede dejarla, mencionármela y luego obtener una orden de registro legítima. Recuerden que al final tendrá que venir la policía a detener a alguien. Tengo que conservar cierta rectitud en la investigación, sea lo que eso signifique. ¿Me explico, señores?

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