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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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Eva Lind calló, pero miró furiosa a su padre. Él clavó los ojos en ella con idéntico enfado.

– ¡¿Qué cono quieres de mí, niña?! -le gritó, y luego echó a correr detrás de Valgerdur. Ya había salido del hotel, y a través de la puerta giratoria la vio entrar en un taxi. Cuando llegó a la acera, delante del hotel, vio los rojos pilotos traseros del taxi alejarse y desaparecer por la esquina.

Erlendur se quedó mirando el taxi y maldijo en silencio. No le apetecía nada volver al bar, donde le esperaba Eva Lind, y con la mente en otro sitio entró y bajó por la escalera hacia el sótano, sin darse cuenta de lo que hacía hasta que se encontró en el pasillo del cuchitril de Gudlaugur. Encontró un interruptor, lo pulsó y las escasas bombillas que aún funcionaban arrojaron sobre el pasillo una fúnebre claridad. Fue hasta el cuartucho, abrió la puerta y encendió la luz. El póster de Shirley Temple apareció ante sus ojos.

La pequeña princesa.

Oyó pasos ligeros en el pasillo y supo quién era antes de que Eva Lind apareciese por la puerta.

– La de arriba me dijo que te había visto bajar al sótano -dijo Eva mirando la habitación. Sus ojos se detuvieron en la mancha de sangre de la cama-. ¿Fue aquí donde sucedió? -preguntó.

– Sí -dijo Erlendur.

– ¿Qué póster es ese?

– No lo sé -dijo Erlendur-. No comprendo cómo puedes comportarte así. No debiste llamarla «tía» y negarte a darle la mano. Ella no te ha hecho nada.

Eva Lind calló.

– Debería darte vergüenza -dijo Erlendur.

– Perdona -dijo Eva.

Erlendur no respondió. Estaba allí, en pie, contemplando el póster. Shirley Temple con un precioso vestido de verano y un lazo en el pelo, sonriendo en colores. The Little Princess. Filmada en 1939, sobre una historia de Francés Hodgson Burnett. Temple hacía el papel de una niña muy despierta a la que mandaban a un internado de Londres porque su padre tenía que viajar al extranjero; y la abandonaba en manos del severo director del centro.

Sigurdur Óli había buscado datos sobre la película en internet. La información disponible no les desveló el motivo por el que Gudlaugur guardaba aquel póster colgado en su cuarto.

La pequeña princesa, pensó Erlendur.

– De pronto me puse a pensar en mamá -dijo Eva Lind detrás de él-. Cuando vi a esa mujer contigo en el bar. Y en Sindri y en mí, por quienes no has mostrado nunca el más mínimo interés. Me puse a pensar en todos nosotros. En nosotros como familia, porque se mire como se mire seguimos siendo una familia. Al menos, así es como yo lo veo.

Erlendur se volvió hacia ella.

– No comprendo por qué nos abandonaste -continuó Eva-. Sobre todo a mí y a Sindri. No consigo entenderlo. Y tú no ayudas mucho, precisamente. Nunca quieres hablar de nada que tenga que ver contigo. Nunca dices nada. Es como hablar con una pared.

– ¿Por qué necesitas explicaciones para todo? -dijo Erlendur-. Hay cosas que no tienen explicación. Y cosas que no necesitan explicarse.

– ¡Ya habló el madero!

– La gente habla demasiado -dijo Erlendur-. Deberían callar más. Sería mejor para ellos.

– Estás hablando de criminales. Siempre estás pensando en crímenes. ¡Nosotros somos tu familia!

Callaron.

– Probablemente cometí un error -dijo luego Erlendur-. No con vuestra madre, creo. Aunque tal vez sí. No lo sé. La gente se divorcia, y a mí me resultaba insoportable la vida con ella. Pero seguramente hice mal con Sindri y contigo. Y quizá no me di cuenta hasta que tú me encontraste y luego empezaste a visitarme, y algunas veces traías a tu hermano. No me había dado cuenta cabal de que tenía dos hijos con los que no había estado en contacto en toda su infancia y que, siendo tan jóvenes aún, estaban llevando ya una vida caótica, y empecé a darle vueltas a la idea de si mi indiferencia habría podido ser la causa de aquello. He pensado mucho en por qué fueron así las cosas. Igual que tú, exactamente igual. Por qué no acudí a los tribunales para conseguir un régimen de visitas y por qué no peleé como una fiera para teneros conmigo. O por qué no intenté hablar con vuestra madre para llegar a un acuerdo. O simplemente, presentarme en la puerta de vuestro colegio y raptaros.

– Simplemente, porque no sentías el más mínimo interés por nosotros -dijo Eva Lind-. ¿No es esa la realidad?

Erlendur calló.

– ¿No es esa la realidad? -repitió Eva.

Erlendur sacudió la cabeza.

– No -dijo-. Me gustaría que todo fuera más sencillo.

– ¿Sencillo? ¿Qué quieres decir?

– Creo…

– ¿Qué?

– No sé cómo expresarlo. Creo…

– Sí.

– Creo que yo también me morí en el páramo.

– ¿Cuándo murió tu hermano?

– Es difícil explicarlo, y puede que hasta imposible. Tal vez sea imposible explicar todas las cosas, y quizá haya algunas cosas que es mejor dejarlas sin explicar.

– ¿Qué quiere decir eso de que te moriste en el páramo?

– Yo no soy… había algo en mí que murió.

– Quieres…

– Me encontraron y me salvé, pero también estaba muerto. Murió algo dentro de mí. Algo que tenía antes. No sé exactamente lo que era. Mi hermano murió y creo que algo murió también en mí. Siempre pensé que era responsabilidad mía cuidarlo, y que le fallé. Así me he sentido siempre, desde entonces. He tenido sentimiento de culpa porque fui yo, y no él, quien sobrevivió. Desde entonces evité responsabilizarme de nadie. Y aunque no puedo afirmar que a mí me abandonaran, como hice yo con Sindri y contigo, era como si yo ya no tuviera ninguna importancia. No sé si es cierto, y nunca podré saberlo, pero es lo que empecé a sentir cuando me bajaron del páramo, y es lo que he sentido desde entonces.

– ¿Durante todos estos años?

– El tiempo no cuenta para los sentimientos.

– ¿Porque fuiste tú y no él quien sobrevivió?

– En lugar de intentar construir algo a partir de esa destrucción, como creo que intenté al conocer a vuestra madre, me enterré más y más profundamente en ella, porque es más cómodo, y porque uno se siente como protegido ahí dentro. Como cuando tú te drogas. Es más cómodo. Es tu refugio. Y como sabes, aunque uno se dé cuenta de que está dañando a otros, uno mismo es lo más importante. Por eso sigues drogándote. Por eso me entierro una y otra vez en la nieve del páramo.

Eva Lind miró fijamente a su padre, y aunque no comprendía plenamente lo que le decía, sí pudo entender que estaba intentando explicarle, con el corazón en la mano, algo que había sido siempre un misterio para ella y que un día la impulsó a buscarlo. Comprendía que había llegado a un lugar que nadie había alcanzado nunca, ni siquiera él mismo, salvo para asegurarse de que todo siguiera oculto.

– ¿Y esa mujer? ¿Qué tiene que ver con todo esto?

Erlendur se encogió de hombros, como si volviera a cerrar la puerta que se había abierto en él.

– No lo sé -dijo.

Los dos callaron un buen rato hasta que Eva Lind dijo que tenía que marcharse y salió al pasillo. No parecía muy segura de qué dirección debía seguir y escrutó la oscuridad del extremo del pasillo; de pronto Erlendur se dio cuenta de que se había puesto a olisquear como un perro.

– ¿Notas el olor? -dijo ella, levantando la nariz al aire.

– ¿Qué olor? -dijo sin comprender nada.

– Un olor como a hachís -dijo Eva.

– ¿Olor a hachís? -dijo Erlendur-. ¿De qué estás hablando?

– Hachís -dijo Eva Lind-. Estoy hablando de hachís. ¿Me estás diciendo que nunca has olido el hachís?

– ¿El hachís?

– ¿No notas el olor?

Erlendur avanzó por el pasillo y empezó también a olisquear el aire.

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