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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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28

Cuando Erlendur bajó al vestíbulo vio a Rósant, el maître. Vaciló, sin saber si debería dar el siguiente paso. Probablemente, Valgerdur ya habría llegado al hotel. Erlendur miró el reloj, hizo una mueca y se dirigió hacia el maître. No le llevaría mucho tiempo.

– Háblame de las putas -le dijo sin previas formalidades, mientras Rósant hablaba con voz servicial con dos huéspedes del hotel. Saltaba a la vista que eran islandeses, porque lo miraron atónitos y luego a Rósant, con cierta expectación.

Rósant sonrió y su bigotito se alzó. Pidió cortésmente excusas a los huéspedes y acompañó a Erlendur a un lugar más apartado.

– Lo que hace a un hotel son las personas, y hemos de conseguir que se encuentren a gusto, ¿no se trataba de una imbecilidad por el estilo? -dijo Erlendur.

– No es ninguna imbecilidad. Es lo que nos enseñaban en la escuela de hostelería.

– ¿También os enseñaban que los maitres tienen que ser proxenetas?

– No sé de qué me estás hablando.

– No, claro, pero te lo diré. Tú diriges un pequeño prostíbulo en este hotel.

Rósant sonrió.

– ¿Un prostíbulo? -dijo.

– ¿Vuestro prostíbulo tiene alguna relación con la muerte de Gudlaugur?

Rósant sacudió la cabeza.

– ¿Quién estaba con Gudlaugur cuando lo mataron?

Se miraron a los ojos, hasta que Rósant apartó la mirada.

– Nadie que yo conozca -dijo al fin.

– ¿No serías tú mismo?

– Uno de vosotros me tomó declaración. Tengo una coartada.

– ¿Gudlaugur andaba con putas?

– No. Y yo no tengo putas a mi cargo. No sé de dónde has sacado esa información sobre putas y robos en la cocina. No son más que mentiras. Yo no soy un chulo.

– Pero…

– Tenemos ciertas informaciones a disposición de nuestros clientes masculinos. Para extranjeros que asisten a congresos. También para islandeses. Ellos desean compañía y nosotros intentamos ayudarlos. Si conocen a alguna bella mujer en el bar del hotel y les va bien…

– Entonces todos contentos. ¿Los clientes se muestran agradecidos?

– Mucho.

– De modo que, a fin de cuentas, sí que eres un proxeneta, en cierto modo -dijo Erlendur.

– Yo…

– Es increíble cómo consigues que parezca romántico todo esto. El director del hotel está contigo en el asunto. ¿Y el jefe de recepción?

Rósant vaciló.

– ¿Qué hay del jefe de recepción? -preguntó Erlendur.

– Él no comparte nuestros deseos de satisfacer las diversas necesidades de los clientes.

– Las diversas necesidades de los clientes -lo imitó Erlendur-. ¿Dónde se aprende a hablar así?

– En la escuela de hostelería.

Erlendur miró su reloj.

– ¿Y no chocan las ideas del jefe de recepción con las tuyas?

– En ocasiones se producen confrontaciones de pareceres.

Erlendur recordó que el recepcionista había negado que hubiera putas en el hotel, y pensó que probablemente él sería el único de los cargos superiores que intentaba defender la buena imagen del hotel.

– Pero tú intentas solucionar los problemas, ¿no?

– No sé de qué me estás hablando.

– ¿Os resulta una gran molestia ese hombre?

Rósant no respondió.

– Tú fuiste el que le mandaste aquella puta, ¿verdad? Algo así como una pequeña advertencia por si se le ocurría andar contándolo por ahí. Tú habías salido de fiesta, lo viste y le enviaste a una de tus putas.

Rósant vaciló.

– No tengo ni idea de lo que me estás hablando -repitió.

– No, claro que no.

– Es que es tan terriblemente honrado -dijo Rósant, su bigotito se levantó en una sonrisa burlona casi imperceptible-. No es capaz de entender que es mejor que este asunto lo llevemos nosotros mismos.

Valgerdur estaba esperando a Erlendur en el bar. Estaba igual que en su último encuentro, cuidadosamente maquillada para destacar los rasgos del rostro, vestida con una camisa de seda blanca debajo de una chaqueta de cuero negro. Se dieron la mano y ella sonrió vacilante. Erlendur pensó que a lo mejor aquel encuentro sería como un nuevo comienzo en su relación. No era capaz de adivinar qué querría de él, era como si hubiera dicho la palabra final sobre la relación cuando se despidieron en el vestíbulo del hotel. La mujer sonrió y preguntó si podía invitarle a algo del bar, o si estaba de servicio.

– En las películas, los polis nunca pueden beber cuando están de servicio -dijo.

– Yo no voy al cine -dijo Erlendur, sonriente.

– No -dijo ella-. Lees libros sobre accidentes y muertes.

Se sentaron en un rincón del bar y miraron en silencio el movimiento de los clientes. A medida que se iba aproximando la Navidad, Erlendur tenía la sensación de que aumentaba el ruido que producían los huéspedes, las canciones navideñas sonaban sin pausa en la red de altavoces, y los extranjeros acarreaban paquetes muy adornados y bebían cerveza como si no supieran que era más cara que en cualquier otro sitio de Europa, si no del mundo entero.

– Al fin conseguisteis tomar las muestras a Wapshott -dijo.

– ¿Pero qué clase de tío es ese? Tuvieron que tirarlo al suelo y abrirle la boca a la fuerza. Era penoso ver cómo se movía, cómo peleaba contra todos los que había en la celda.

– No me aclaro muy bien con él -dijo Erlendur-. No sé que está haciendo exactamente aquí y no tengo ni idea de lo que oculta.

No quería entrar en más detalles sobre Wapshott, ni referirse a la pornografía infantil ni a los juicios por delitos sexuales en el Reino Unido. No le parecía apropiado hablar de ello con Valgerdur, aparte de que Wapshott, pese a todo, tenía pleno derecho a que no le contasen su vida privada al primero que apareciera por allí.

– Supongo que tú estarás mucho más acostumbrado que yo a esas cosas -dijo Valgerdur.

– Yo nunca le he tomado una muestra de saliva a alguien tirado en el suelo mientras se retuerce y vocifera.

Valgerdur rió.

– No era de eso de lo que quería hablar -dijo-. No había salido así con nadie que no fuera mi marido durante… creo que treinta años. Así que tendrás que perdonarme si parezco… patosa.

– Pues entonces somos igual de patosos -dijo Erlendur-. Yo tampoco tengo mucha experiencia. Pronto hará un cuarto de siglo que me divorcié de mi mujer. Las mujeres de mi vida se pueden contar con tres dedos de la mano.

– Creo que me voy a divorciar de él -dijo Valgerdur con tristeza, y Erlendur la miró.

– ¿Qué quieres decir? -dijo-. ¿Te vas a divorciar de tu marido?

– Creo que todo ha acabado ya entre nosotros, y quería pedirte perdón.

– ¿A mí?

– Sí, a ti -dijo Valgerdur-. Soy idiota -suspiró-. Pensaba utilizarte para vengarme de él.

– No comprendo adonde quieres llegar -dijo Erlendur.

– Yo tampoco lo sé demasiado bien. Ha sido horrible desde que me enteré.

– ¿De qué?

– De que me engaña.

Lo dijo como si estuviera hablando de una realidad con la que no tenía más remedio que vivir, y Erlendur no comprendía cuáles eran sus sentimientos en aquel momento. En sus palabras solo halló el vacío.

– No sé ni cuándo ni por qué empezó -dijo ella.

Calló y Erlendur no supo qué decir, así que guardó silencio él también.

– ¿Tú engañabas a tu mujer? -preguntó ella de repente.

– No -dijo Erlendur-. No tuvo nada que ver con algo por el estilo. Éramos jóvenes y no teníamos nada en común.

– Nada en común -repitió Valgerdur, con la mente en algún otro sitio-. ¿Qué es tener algo en común?

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