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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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– ¿Y tienes intención de separarte de él?

– Estoy intentando poner en orden las cosas -dijo-. Quizá dependerá también de lo que haga él.

– ¿Qué clase de infidelidad es la suya?

– ¿Qué clase? ¿Es que hay diferencia entre una infidelidad y otra?

– ¿Ha sido cosa de muchos años seguidos, o es algo reciente? ¿O quizás ha estado con más de una?

– Dice que lleva dos años con la misma mujer. No he sido capaz de preguntarle por el pasado, ni si ha habido otras mujeres, de las que yo no sepa nada. Nunca se sabe. Una confía en su gente, en su marido, hasta que un día él se pone a hablar del matrimonio y dice que conoce a esa mujer y que lleva dos años con ella, y una se siente como una idiota. No tienes ni idea de lo que te está diciendo. Y luego resulta que han estado viéndose en hoteles como este…

Valgerdur calló.

– ¿Está casada esa mujer? -preguntó Erlendur.

– Divorciada. Es cinco años más joven que él.

– ¿Te ha dado alguna explicación por su infidelidad? ¿Por qué…?

– ¿Quieres decir que si es culpa mía? -le interrumpió Valgerdur.

– No, yo preten…

– A lo mejor es culpa mía -dijo ella-. No lo sé. No ha aparecido ninguna explicación. Solo enfado e incomprensión, creo.

– ¿Y vuestros dos hijos?

– No les hemos dicho nada. Ninguno de los dos vive ya en casa. Quizá sea esa la explicación. Muy poco tiempo para nosotros mientras estaban en casa, demasiado tiempo desde que se marcharon. Tal vez acabamos convirtiéndonos en unos desconocidos el uno para el otro, después de tantos años.

Callaron.

– No necesitas pedirme disculpas, en absoluto -dijo Erlendur finalmente, mirándola-. De ninguna manera. Soy yo quien tendría que pedirte excusas por no haber sido sincero contigo. Por mentirte.

– ¿Por mentirme? ¿A mí?

– Preguntaste por qué tenía tanto interés por las muertes en las montañas, por los que se extravían en páramos y barrancos, y no te dije la verdad. Es porque casi nunca he hablado de ello y me cuesta mucho hacerlo, supongo. Tengo la sensación de que es algo que no le importa a nadie. Ni siquiera a mis hijos. Mi hija corrió peligro de muerte y pensé que se iba a morir; solo entonces sentí la necesidad de hablarle de ello. De contárselo todo.

– ¿Hablar de qué? -preguntó Valgerdur con gran tacto-. ¿De algo que sucedió?

– Mi hermano se perdió en la montaña -dijo Erlendur-. Cuando tenía ocho años. Jamás lo encontraron.

Le había dicho en voz alta a una mujer completamente desconocida en el bar de un hotel lo que había guardado oculto en su corazón desde que podía recordar. Quizá se trataba de un sueño largamente ansiado. Quizá ya no quería continuar sintiéndose solo en medio de la ventisca.

– Hay un relato que habla de nuestro caso en uno de esos libros sobre personas desaparecidas que estoy siempre leyendo -continuó-. Un relato de lo que sucedió cuando mi hermano se extravió, de la búsqueda y del profundo dolor que se abatió sobre toda la familia. Una descripción curiosamente exacta, tomada de labios de una de las personas más importantes de la comarca, y escrita por un amigo de mi padre. Aparecen nuestros nombres y todos los detalles sobre nuestra forma de vivir y la reacción de mi padre, que parecía extraña, porque quedó hundido en la más absoluta desesperación y atenazado por un terrible sentimiento de culpa; se recluyó en su habitación, sentado, con la mirada perdida, y no se movió mientras los demás hacían todo lo posible por encontrar al niño. No nos pidieron permiso para editar el relato, y mis padres se sintieron profundamente heridos. Te lo puedo enseñar, si quieres.

Valgerdur asintió.

Erlendur empezó a contárselo. Ella le escuchaba en silencio, y cuando acabó su relato, se echó hacia atrás en su silla y suspiró.

– Entonces, ¿nunca lo encontrasteis? -dijo.

Erlendur sacudió la cabeza.

– Mucho tiempo después de que sucediera eso, e incluso a veces hoy día, me imagino que no está muerto. Que pudo bajar del páramo, perdido y amnésico, y que un día me encontraré con él por casualidad. A veces lo busco entre la gente e intento imaginar qué aspecto tendría ahora. No es una reacción excepcional, cuando no se han hallado los restos mortales. Lo sé por la policía. La gente se aferra a la esperanza cuando ya no queda nada más.

– Os queríais mucho tu hermano y tú -dijo Valgerdur.

– Nos llevábamos muy bien -dijo Erlendur.

Estaban sentados en silencio viendo el ajetreo del hotel, cada uno enfrascado en sus propios pensamientos. Los vasos estaban vacíos y a ninguno de los dos se le ocurrió pedir más bebidas. Transcurrió así un tiempo considerable, hasta que Erlendur carraspeó, se inclinó hacia ella y con un tono vacilante le hizo la pregunta que le rondaba desde que ella empezó a hablar de la infidelidad de su esposo.

– ¿Sigues queriendo vengarte de él?

Valgerdur lo miró y asintió con la cabeza.

– Pero no todavía -dijo-. No puedo…

– No -dijo Erlendur-. Tienes razón. Claro.

– Cuéntame alguna de esas desapariciones que te interesan. De las que estás siempre leyendo.

Erlendur sonrió, pensó durante unos instantes y empezó a contarle una desaparición que se produjo a la vista de todos; la historia de la desaparición de Jón Bergthórsson, un ladrón de Skagafjórdur.

Había ido a la banquisa del fiordo a coger un tiburón que habían sacado por un agujero en el hielo el día anterior. De pronto empezó a soplar un fuerte viento del sur, se puso a llover, y el hielo se rajó y empezó a desplazarse mar adentro. Era imposible acudir a rescatar a Jón en una barca a causa del empeoramiento del tiempo, y el hielo se alejó hacia la salida del fiordo, empujado por el viento del sur.

La última vez que vieron a Jón fue a través de un catalejo: corría de acá para allá sobre un témpano de hielo que se perdía en el horizonte, hacia el norte.

29

La tranquila música del bar ejercía un efecto relajante sobre ellos, y permanecieron sentados en silencio hasta que Valgerdur se inclinó hacia él y le tomó la mano.

– Es mejor que me marche ya -dijo.

Erlendur asintió con la cabeza y los dos se pusieron en pie. Ella le besó en la mejilla y durante un instante se arrimó a él.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que Eva Lind había entrado en el bar y los miraba desde lejos. Los vio levantarse, vio que ella le besaba y parecía arrimarse a él. Eva Lind dio un respingo y se acercó a ellos con rapidez.

– ¿Quién cono eres tú, tía? -dijo Eva, mirándolos a los dos fijamente.

– Eva -dijo Erlendur secamente, sorprendido de ver a su hija en el bar así, de repente-. Sé amable.

Valgerdur alargó la mano. Eva Lind recorrió a la mujer con la mirada y luego la dirigió a la mano extendida. Erlendur miró a una y a la otra, y finalmente clavó los ojos en Eva.

– Se llama Valgerdur y es una buena amiga -dijo.

Eva Lind miró a su padre y luego otra vez a Valgerdur, pero no aceptó su mano. Valgerdur sonrió incómoda y dio medio vuelta. Erlendur la vio salir del bar y siguió mirándola mientras cruzaba el vestíbulo. Eva Lind se acercó a él.

– ¿Esto qué es? -dijo-. ¿Andas comprando tías en el bar?

– ¡Qué descarada eres! -exclamó Erlendur-. ¿Cómo se te ocurre comportarte de esta forma? Esto no es asunto tuyo. ¡Déjame en paz, cono!

– ¡Vaya! ¡Tú puedes andar metiendo las narices en mis asuntos todo el puto día y yo no puedo saber con quién follas tú en el hotel!

– ¡Deja de decir barbaridades! ¿Por qué te crees que puedes hablarme así?

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