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El amanecer de una nueva Era

Электронная книга - «El amanecer de una nueva Era». Краткое содержание книги:

Los dioses se han desvanecido y la magia se ha debilitado hasta casi desaparecer de Krynn. Es la Era de los Mortales, pero también es la Era de los Dragones, más grandes y poderosos que nunca. Arrasan pueblos, esclavizan a sus gentes y se proclaman señores supremos de Ansalon. Goldmoon, miembro del grupo original de los Compañeros, no se da por vencida y busca nuevos héroes que desafíen a los dragones. Un hombre atormentado responde a su llamada, y a él se unen una hermosa kalanesti, un enano apellidado Fireforge, un arrojado marinero de piel negra y su compañera (un semiogro), un lobo rojo y, cómo no, un par de kenders. Todos ellos deben reunirse en Refugio Solitario con un mago llamado Palin Majere.
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—¿Ser él humano? —planteó la pregunta el ogro más pequeño.

Muglor se agachó para examinar a su prisionero más de cerca.

—Ser parte humano, al menos. «Valerá» —sentenció el jefe—. Bajar abajo. Encontrar más.

Muglor agarró a Groller bajo el brazo y lo llevó casi a rastras hacia la batayola. Echó su carga por la borda y el ogro que esperaba en la lancha recogió a Groller y lo tiró sin contemplaciones en un rincón. Muglor recorrió el puerto con la mirada y comprobó que otros marineros envueltos en redes eran depositados en las barcas. Esbozó una mueca que dejó a la vista una hilera de negros y afilados dientes.

—Tormenta sobre Krynn ponerse contento —se regocijó el jefe. Dio unas palmaditas en un saquillo vacío que colgaba a su costado y se dirigió a la cubierta inferior para ver si había más humanos que valiera la pena llevarse.

Antes de que hubiera transcurrido una hora, Muglor y su flotilla de lanchas navegaban hacia la salida de la bahía de Palanthas. Las barcas iban bastante hundidas en el agua, cargadas con prisioneros.

—Él no humano —dijo Muglor señalando a un enano de pelo corto que yacía inconsciente en el fondo del bote.

—Mi siente —se disculpó un joven ogro.

El jefe pensó que a lo mejor los cafres no se daban cuenta. Lo pondrían en el centro del corral, por si acaso.

La flotilla puso rumbo noreste, hacia las colinas donde los ogros se habían instalado. Una vez en tierra, llevarían las lanchas a su campamento, y así no quedaría ninguna evidencia en el litoral si por casualidad resultaba que alguno de los prisioneros no era forastero y alguien de Palanthas tomaba medidas para encontrarlo.

29

En el desierto

A media mañana del día siguiente, los compañeros hicieron un alto en el camino. Estaban magullados, cansados y sedientos. Sus estómagos no dejaban de hacer ruidos. Feril se ofreció para cazar, pero Dhamon argumentó que en este momento descansar era lo más importante. Había encontrado una pequeña colina con un ligero saliente, lo suficiente para proporcionar un poco de sombra a resguardo de un sol de justicia que les caía a plomo.

Shaon se sentó en la arena pesadamente, y dejó la bolsa tejida a sus pies. Furia se tumbó estirado a su lado y observó con fijeza a la minúscula criatura, que le sostuvo la mirada a través de los huecos de la malla verde oscura.

La mujer bárbara hizo un gesto de dolor al extender el brazo para acariciar al lobo. Lo tenía marcado con la quemadura del rayo que la había alcanzado la noche anterior. Seguramente le quedaría una larga y fea cicatriz.

—¿Por qué tuve que venir? —le susurró al lobo—. ¿Creía de verdad que les haría darse prisa o que los ayudaría? ¿O sólo quería que Rig me echara de menos durante unos días?

Volvió a pensar en el corpulento marinero, y se preguntó qué estaría haciendo y si pensaría en ella. Cerró los ojos y se tumbó, imaginando que se encontraba en la cubierta del Yunque. Iba a tener que cambiar de nombre al barco tan pronto como regresara, aunque Jaspe protestara. De todas formas, el enano se marcharía enseguida.

Dhamon se sentó al lado de la kalanesti. Feril intentó examinar las marcas de zarpazos que el guerrero tenía en la espalda, pero él rechazó las atenciones de la elfa. No tenían agua para limpiar las heridas, y si hacían más vendas de sus ropas acabarían quedándose desnudos. La kender, quizá por ser más pequeña —o más afortunada— era la que había salido mejor parada; lo único que tenía era el copete chamuscado.

—Dhamon, ¿cuánto crees que tardaremos en llegar a Refugio Solitario? —preguntó Feril.

—No lo sé. —El guerrero se encogió de hombros—. Tal vez varios días, si tenemos suerte. El mapa estaba en la alforja de mi yegua, que probablemente esté ahora a kilómetros de aquí. ¿Lamentas haber venido?

La elfa sonrió y sacudió la cabeza.

—Lo encontraremos, ya verás. Y dentro de un rato conseguiré algo para comer. Soy una buena cazadora. Quizá lleve a Furia conmigo. Me pregunto si aún conserva su instinto cazador o si lo habrá perdido al vivir con gente tanto tiempo.

—Quisiera saber dónde estamos —intervino Ampolla con expresión distraída.

Feril miró atentamente a la kender. Ampolla había estado mascullando y paseando, parándose de vez en cuando para dar una patada en la arena y dibujar círculos con el tacón de la bota. Su labio inferior sobresalía en un gesto de concentración, y sus brazos se balanceaban a los costados. Hoy llevaba puesto un par de guantes de lona grises. Tenían unos extraños accesorios: un artilugio de botón y corchete en los pulgares, y botones más grandes en las palmas.

—Sé todo lo referente a draconianos —musitaba la kender—. Leí cosas sobre ellos en alguna parte. Los hay de cobre, de bronce, de latón, de plata y de oro, pero no azules. Al menos, antes no los había. Éstos tienen que ser nuevos. ¡Eh, mira, Dhamon! ¡Allí hay un edificio!

El guerrero se incorporó de un salto, boquiabierto. ¡Ampolla tenía razón! A menos de un kilómetro se alzaba una torre, alta y definida. ¿Se encontraba allí hacía un momento? Había estado mirando en aquella dirección y no la había visto hasta ahora.

—¿Será un espejismo? —se preguntó Ampolla en voz alta—. He oído decir que el calor sobre la arena crea imágenes ilusorias.

—No —repuso Dhamon. Tendió la mano hacia la kalanesti para ayudarla a ponerse de pie, pero Feril se incorporó de un brinco, sin ayuda, y miró fijamente hacia la estructura.

—Todavía no hace bastante calor para que haya espejismos —dijo la elfa—. Al menos, es lo que tengo entendido. Además, proyecta su sombra, y los espejismos no lo hacen. Apuesto a que la magia tiene algo que ver. —Miró de soslayo a Dhamon—. Y alguno de nosotros creemos en ella.

Shaon, que había salido de su ensoñación acerca de una carraca bautizada con su nombre, cogió con brusquedad la bolsa que guardaba al drac, dio un codazo al lobo, y se puso de pie.

—Vamos, Ampolla, Furia —los apremió—. Si no es un espejismo, estaré en su interior dentro de pocos minutos, y me llenaré el estómago con cualquier cosa comestible que encuentre.

La torre estaba construida con suave piedra, un sencillo granito gris. Era grande e imponente, y proyectaba una larga sombra en el camino de los compañeros.

Dhamon calculó que tenía unos ocho o nueve pisos, tal vez más si se extendían hacia abajo, en el subsuelo. ¿Habría estado ahí desde el primer momento y algo les había impedido verla hasta ahora? A pocos metros de la puerta, el guerrero se puso tenso y alzó una mano para que los demás se pararan. Quizás este edificio era el lugar de donde procedían los draconianos azules, los dracs. No se veían huellas en torno a la construcción, pero los dracs volaban y no tenían por qué dejar ninguna.

Entonces la puerta se abrió en silencio y una figura vestida con una túnica plateada apareció en la entrada. La voluminosa capucha ocultaba el rostro en las sombras del embozo, y las mangas colgaban de manera que le tapaban las manos. Lo mismo podía ser un hombre que un fantasma o incluso un drac.

Hizo un ademán invitándolos a entrar, pero Dhamon ordenó a los demás que permanecieran donde estaban.

—Debéis de ser los campeones de Goldmoon —dijo la figura en voz queda y algo rasposa—. Soy el Custodio. Palin está dentro. Os estaba esperando.

—¿Es esto Refugio Solitario? —preguntó Ampolla con excitación. La kender había corrido para alcanzar a sus compañeros de piernas más largas, y ahora se adelantó un paso.

Dhamon observó intensa, suspicazmente, al hombre de túnica plateada.

—Entrad, por favor. No es menester quedarse fuera con este calor. Le diré a Palin que habéis llegado.

—No sé —parloteó Ampolla—. A lo mejor ha matado a Palin. A lo mejor está fingiendo que Palin está ahí. A lo mejor quiere matarnos y lo quiere hacer dentro, donde seguramente estará más fresco. A lo mejor es ya sabéis quién: Tormenta sobre Krynn.

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