El amanecer de una nueva Era
- Автор: Рейб Джейн
- Серия: Dragonlance: Quinta Era #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El amanecer de una nueva Era». Краткое содержание книги:
—¿Vas a llevarlo todo el camino hasta que nos reunamos con Palin? —preguntó Ampolla.
—Sólo si me prestas tu bolsa de malla —contestó Shaon.
Los ojos de la kender se abrieron de par en par.
—¡Claro! —exclamó—. Mi bolsa irrompible. Mi bolsa mágica de algas. —Se colgó la chapak del cinturón y soltó la bolsa de un tirón. Cuando la abrió y la puso boca abajo cayeron varias cucharas de Raf, dos carretes de hilo, un puñado de canicas, un par de guantes verdes, y un ovillo de lana. Tendió la bolsa a la mujer bárbara y después se puso a la tarea de guardar en otro saquillo las cosas que había tirado.
Shaon metió al forcejeante drac dentro, y luego levantó la bolsa de malla y la sostuvo a la altura de su cara. El tejido verde era tupido, pero distinguió unos ojillos brillantes a través de una pequeña abertura. La bolsa se sacudió, y Shaon la vio iluminarse cuando la criatura intentó liberarse utilizando las descargas que expulsaba por la boca.
—¿Qué te parece, Ampolla? —Shaon sonrió—. Creo que es realmente mágica. No puede romperla.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Dhamon a Feril mientras la ayudaba a levantarse.
—Sí —asintió la elfa—. Estoy un poco dolorida, pero creo que he salido mejor parada que Shaon y tú. Los dos necesitáis una cura en serio.
La kender, que había terminado de recoger sus cosas, se sentó y suspiró. Los dedos le dolían mucho, pero alzó la vista hacia la mujer bárbara y Dhamon.
—¡Estáis hechos un desastre! —rió—. ¡Ni un espantapájaros tendría esa pinta!
La camisa del guerrero colgaba hecha jirones, al igual que la de Shaon. Sus pantalones estaban desgarrados, y las partes expuestas del cuerpo aparecían salpicadas de barro y quemaduras.
Dhamon no pudo menos de sonreír. Ya no le quedaba dinero. Ni montura. Ni comida. Pero sí tenía una camisa de repuesto debajo de la silla de la yegua muerta de Feril. La recogió y se la tendió a Shaon.
—Quizá Palin tenga algo de ropa en Refugio Solitario —añadió Ampolla.
—Iba a ser un largo recorrido a caballo —rezongó Shaon—. Ahora hay una larga caminata a tu Refugio Solitario. —Después agregó entre dientes:— Más le vale a Rig esperar a que regrese.
—Puedo encontrar agua y alimento en el camino —se ofreció Feril, que a continuación se volcó en atender a Dhamon y a Shaon durante varios minutos vendando sus heridas con los harapos que era ahora la camisa del guerrero.
—Bien, pues, en marcha a Refugio Solitario —dijo Dhamon. Envainó la espada, hizo una seña a Feril y echó a andar hacia el norte. Furia iba junto a él—. A ver si hay suerte y damos con otro pueblo para que alguien vaya a buscar al chico de Dalor. Viajaremos de noche. No quiero estar dormido mientras estas bestias andan por ahí.
—¿Y quién dice que sólo salen de noche? —preguntó Ampolla mientras se apresuraba para alcanzarlos—. También puede descargar una tormenta de día.
—Genial —masculló la mujer bárbara. Shaon alzó la bolsa tejida a la altura de su cara y observó que una mueca maliciosa asomaba al minúsculo semblante del drac. Sintió un estremecimiento y aceleró el paso para reunirse con los demás.
27
Espía azul
Khellendros había presenciado toda la escena desde su guarida subterránea, bajo el suelo del desierto. Había visto cómo uno de sus vástagos perecía en pleno vuelo a manos de un audaz humano que se negó a rendirse a sus garras y descargas de rayos. Era un hombre alto, de hombros anchos, con el cabello del color dorado del trigo que la brisa agitaba en torno a su rostro de rasgos firmes.
El dragón había presenciado cómo el hombre hundía una y otra vez un cuchillo en el pecho de su drac azul, cuya terrible agonía fue compartida por Khellendros. Había sentido cómo manaba el fluido vital de su primera creación lograda con éxito. Había sentido a su criatura jadear, falta de aliento, y llenarse los pulmones con sangre en lugar de aire.
El dragón se había desconectado de la criatura, disociando sus sentidos, no queriendo experimentar el aniquilamiento de su primer vástago, negándose a saber cómo era la muerte, qué había sentido Kitiara tanto tiempo atrás cuando él le falló y su cuerpo pereció.
Pero su concentración se vio interrumpida por la muerte de otro drac azul, también éste a manos del hombre de pelo dorado.
—¡No! —gritó el dragón. Las paredes de la caverna se sacudieron, y a través de las grietas del techo rocoso cayó una lluvia de granos de arena, blanca como nieve. Los centinelas wyverns lo habían mirado fijamente, sin comprender.
—¿Hacemos qué? —había preguntado el más grande.
—Hacemos nada —había sugerido el otro.
El Azul estuvo despotricando y dando rienda suelta a su cólera durante varios minutos.
Ahora eran más de dos docenas de dracs los que miraban y esperaban detrás de los obtusos centinelas, observando a su amo, pero tuvieron el sentido común de guardar silencio y permanecer inmóviles mientras la arena seguía cayendo.
—¡No seré derrotado! —bramaba Khellendros—. Y menos por un puñado de mortales. Enviaré más dracs. Haré... —El dragón hizo una pausa al percibir al tercer vástago en los yermos, uno al que no habían matado los humanos. Estaba relativamente ileso, pero se sentía asustado, y se encontraba... ¿atrapado?
A través de los ojos de su drac embadurnado de barro, Khellendros vio rostros enmarcados en verde: una kender, de edad avanzada y con muchos mechones canosos en el pelo; el hombre, que miraba hacia abajo, con el cabello dorado ondeando alrededor de la cara. Estaba diciendo algo, pero Khellendros no alcanzó a oírlo. Y el drac azul estaba cada vez más asustado, de manera que los atronadores latidos de su corazón ahogaban cualquier otro sonido.
—Tranquilízate —se comunicó el dragón con la criatura—. No demuestres miedo.
El drac se calmó, pero sólo un poco. Con el ánimo y las constantes palabras tranquilizadoras de Khellendros, el ritmo de los latidos se hizo más lento, menos ruidoso, y entonces el Azul oyó una palabra:
—... Palin —dijo el nombre.
¿Palin? El dragón frunció el entrecejo. El nombre le resultaba enojosamente familiar. Un nombre humano que tenía importancia. Ah, sí. Palin Majere, nacido de Caramon y Tika Majere, unos humanos que se habían entremetido en asuntos de dragones y que habían enfurecido a Kitiara. Los Héroes de la Lanza, como los llamaron sus congéneres.
¿El sobrino de Kitiara?
Y el hombre que se llamaba a sí mismo héroe por haber conseguido sobrevivir a la guerra de Caos y por fundar la Escuela de Hechicería. Era un problema que se repetía.
El dragón sentía curiosidad, deseaba ver a este vástago de héroes, saber cómo habían muerto sus padres... si es que estaban muertos. Caramon y Tika le habían amargado la vida a Kitiara en más de una ocasión, lo que significaba que también se la habían amargado a Khellendros. Descubriría qué había sido de ellos y compartiría la información con Kitiara cuando recuperara su espíritu. Quizá los matara a todos, a Caramon y a Tika —si todavía vivían— y a su cachorro, y le presentaría a Kitiara sus cuerpos como regalo de bienvenida.
—Te creen un draconiano corriente, mi querido drac —siseó Khellendros en tono conspirador—. Piensan que eres una criatura normal, no un complejo ser mezcla de draconiano y humano al que di vida con mi esencia. Yo soy parte de ti. —El dragón se sentía inmensamente complacido consigo mismo y disfrutaba con la perspectiva de que su drac azul trajera a Palin Majere a su presencia.
»Serás un buen espía —añadió. Sintió que el corazón de su creación palpitaba ahora con orgullo, feliz de poder complacer a su amo.
El Azul ordenó al drac que pusiera a prueba su prisión. Era una malla resistente, pero no realmente mágica. Con un mínimo esfuerzo, la criatura podría romperla y escapar. Sus garras eran lo bastante afiladas para atravesar las algas, y los rayos crepitaban chispeantes contra el tupido tejido, amenazando con romperlo para huir volando.