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El Tatuaje De La Concubina

Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:

A punto de entregarse a los placeres y las comodidades de un matrimonio concertado con la joven y bella Reiko, Sano Ichiro es reclamado en el palacio imperial para descubrir al asesino de Harume, la concubina favorita del sog?n, que ha sido envenenada mientras se hac?a un tatuaje amoroso. Con la experiencia de sus veinte a?os de sosakan-sama -muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas-, Sano debe penetrar en el herm?tico y prohibido mundo de las mujeres del sog?n para intentar desenmara?ar la compleja trama de amantes y rivales de Harume, que se mueven como pez en el agua entre las intrigas y maquinaciones pol?ticas del Jap?n feudal. Y como si la investigaci?n no fuera de por s? complicada, Sano descubre con horror que su flamante esposa, supuestamente dulce y sumisa, es en realidad una aspirante a detective preclara y obstinada, con sorprendentes habilidades guerreras. Empe?ada en ayudar a su marido, las chispas que surgen entre ambos hacen de su floreciente amor algo tan emocionante como el misterio que rodea la muerte de Harume.
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Mas ¿cómo podía afirmar que entendía la posición de Reiko, sin dejar de perder la suya? No quería verla implicada en una investigación de asesinato que se había hecho más peligrosa, si cabe, desde la irrupción de la dama Keisho-in como sospechosa. Todavía dudaba sobre su capacidad para lograr algo que compensara el hecho de poner en peligro su vida. Saberlo haría que Reiko rechazase su simpatía como una simple treta para ganarse su afecto en contra de su voluntad. Sano buscó desesperadamente un tema neutral de conversación, pero cualquier cosa que dijera les llevaría a la cuestión capital de la independencia de Reiko -la autoridad de Sano- y a otra pelea.

– Buenas noches -dijo Sano, al fin.

Con un susurro de prendas de seda y una brisa de jazmín, Reiko salió y cerró la puerta con suavidad. Más descorazonado que nunca, Sano se quedó a solas tras su escritorio. Su presencia aún flotaba en el aire: un arroyo claro que gota a gota horadaba su paso a través del lecho de roca del alma de Sano. Pero, a menos que lograran superar de algún modo aquel terrible punto muerto, estaban condenados a vivir como extraños, juntos pero distantes. El amor parecía un sueño imposible.

En contra de su sentido común, Sano se sirvió otra taza de sake. Después, entre sorbo y sorbo del tibio licor, volvió sus pensamientos hacia otro amante desdichado, el teniente Kushida. El guardia de palacio suponía la mejor oportunidad que tenía Sano para cerrar con prontitud la investigación y salvar la vida. Sin embargo, al leer por encima el informe de los detectives sobre Kushida, sus ánimos flaquearon todavía más. No habían encontrado ninguna prueba incriminatoria en su biografía o su vivienda. Aquello devolvía a Sano al punto de partida: la declaración de Kushida y el intento de robo.

Alargó el brazo hacia los estantes empotrados del gabinete de su despacho y cogió el diario de la dama Harume. Al hojearlo volvió a preguntase por qué habría querido llevárselo el teniente Kushida. Entonces Sano descubrió algo que antes se le había pasado por alto. Acercó el diario abierto a la lámpara para estudiarlo más de cerca.

Los márgenes estaban llenos de minúsculas marcas de tinta, allí donde el cordón de seda unía las páginas. Sano desató el cordón y separó las hojas. Las marcas eran los finos remates de unos caracteres que la dama Harume había escrito en el borde interior de las páginas centrales, para después ocultarlos con la encuadernación. En el orden correcto, rezaban:

Juntos en las sombras entre dos existencias,

piel con piel desnuda,

tu aliento se une al mío; tus suspiros llenan mis abismos

y nuestra sangre canta al ritmo de un solo latido.

Exploras los lugares secretos de mi cuerpo

y yo me abro a tu contacto…

Ah, si tan sólo pudiera tomarte de una vez en mi interior

para que nunca nos separásemos.

Pero, ¡ay!, tu rango y tu fama nos ponen en peligro.

Nunca pasearemos juntas al sol.

Mas el amor es eterno; me perteneces para siempre,

y yo a ti, en espíritu, si no en matrimonio.

Sano releyó los versos con júbilo contenido. La expresión de amor eterno de Harume no cuadraba con las quejas de traición de la dama Keisho-in. Debía de haber tenido otro amante, al que había querido tanto que no pudo resistir la tentación de dejar constancia por escrito de sus emociones a pesar del temor a que la descubrieran.

Pero ¿quién era aquel amante de reputación pública y nombre sin especificar? Cualquier hombre sería condenado a muerte por acostarse con la concubina favorita del sogún; incluso una mujer podría correr la misma suerte por usurpar el afecto de la dama Harume. ¿Cómo la concreta posición de aquella persona había acrecentado el peligro? ¿Era aquel romance la causa de los anteriores atentados contra su vida?

Sano se puso en guardia contra el peligro de querer encontrar una pista que lo apartase de la dama Keisho-in. Tal vez Harume había escrito sobre la madre del sogún en algún periodo más feliz de su relación. Aunque Sano sabía que el amor a menudo supera los obstáculos de la edad, quería creer que Harume había aceptado las atenciones de Keisho-in con el único fin de obtener privilegios. Quería creer que el poema escondido implicaba a otra persona.

El teniente Kushida negaba haber tenido contacto sexual con Harume, pero ¿y si mentía? Quizá había tratado de robar el diario porque temía que Harume lo mencionase como su amante. El tono apasionado de los versos y los actos sexuales que se sugerían no cuadraban con el arreglo que Harume tenía con Miyagi, pero puede que, con el tiempo, su relación hubiera evolucionado más allá de espiarla por las ventanas, a pesar de que él lo negara. No era infrecuente que un hombre de mundo mayor se ganase el afecto de una jovencita. Tanto el daimio como el teniente Kushida podrían haber matado a Harume para evitar que saliera a la luz el romance o que el sogún descubriera que el sospechoso la había dejado embarazada.

O quizá en el pasado de Harume había otro amante todavía desconocido.

Sano debía investigar esa posibilidad. Pero, de momento, ponía todas sus esperanzas en el teniente Kushida y en el caballero Miyagi como principales sospechosos.

25

El cuarto de baño de la mansión de los Miyagi era similar al de todas las grandes propiedades de los daimio de Edo. Una bañera de madera hundida en el suelo y llena de agua caliente humeaba en el centro de la espaciosa habitación. Había estantes con cubos para aclararse, paños secos, jabón de salvado de arroz y frascos de esencias. El suelo de listones permitía que el agua derramada fluyera hacia los desagües de debajo. Había braseros de carbón para caldear el ambiente. Pero aquel baño en particular también poseía dos rasgos fuera de lo común.

Un biombo de bambú cerraba una esquina y, en la pared, se había insertado una minúscula compuerta corredera a la altura del ojo. En el espacio delimitado por el biombo, arrodillada sobre un cojín, estaba la dama Miyagi. Oyó pasos al otro lado de la pared y se puso en tensión, atenta a la llegada de su marido. Se abrió la compuerta de la mirilla y notó la excitación de su esposo al mirar hacia el baño, esperando el entretenimiento que ella le había preparado. Dio una palmada, la señal para el inicio del ritual.

Se abrió la puerta. Entraron las concubinas del caballero Miyagi, Copo de Nieve y Gorrión. Las dos llevaban puesta una bata y el cabello recogido con agujas. Parloteaban y parecían no ser conscientes de que su señor las observaba por el agujero. También parecían ajenas a la presencia de la dama Miyagi, a pesar de que el biombo sólo la ocultaba a los ojos del daimio y la tenían claramente a la vista. Cuatro años atrás, la dama había examinado a todas las chicas del orfanato del templo de Zojo, en busca de la combinación adecuada de inteligencia y docilidad, antes de llevarse a aquellas dos a casa. Había formado a Copo de Nieve y a Gorrión en el arte de complacer a su marido. Ya eran unas magníficas actrices. Como si estuvieran totalmente a solas, se quitaron la ropa.

El caballero Miyagi suspiró detrás de la mirilla. La dama Miyagi sonrió, disfrutando del placer de su marido al ver los cuerpos desnudos de las concubinas. Copo de Nieve tenía pechos grandes y pezones prominentes. Gorrión, plana de busto, tenía las caderas amplias y sinuosas. Se complementaban a la perfección, y la dama Miyagi sentía el calor de la excitación de su marido, como llamas que lamieran la pared. Copo de Nieve levantó un cubo y se empapó de agua. Se acuclilló y empezó a frotarse los brazos con jabón.

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