El Tatuaje De La Concubina
- Автор: Rowlands Laura Joh
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:
– ¿Tiene información sobre el asesinato? Quizá sea ésta la oportunidad que necesitábamos.
– ¿Es que creéis que debo ir? -Un destello de loca alegría asomó a los ojos de Hirata antes de que la consternación los nublara-. ¿A ver a la dama Ichiteru, a solas, en el lugar que ella describe?
– Es a ti a quien quiere ver -respondió Sano-. Tal vez no esté dispuesta a hablar con nadie más. Y no podemos ponerla en peligro, ni transgredir las órdenes del sogún, yendo a verla al castillo.
– ¿Confiáis en mí para una entrevista tan crucial? ¿Después de lo que he hecho? -Hirata daba muestras de incredulidad.
– Sí -dijo Sano-, confío en ti.
Tenía un doble propósito al enviar a Hirata al encuentro: quería la información de la dama Ichiteru, pero también pretendía que su hombre recuperase la confianza en sí mismo.
– Gracias, sosakan-sama. ¡Gracias! -dijo Hirata con ferviente gratitud, e hizo una reverencia-. Prometo que no os fallaré. Resolveremos este caso.
Cuando Hirata se hubo ido, Sano se acercó a su escritorio. Al leer los informes de sus detectives, deseó poder compartir la fe de Hirata. Sus hombres habían interrogado a todos los miembros de la casa de los Miyagi; ninguno admitió haber manipulado la tinta o haber visto a nadie que lo hiciera. Habían seguido el rastro del frasco hasta la dama Harume. El mensajero que lo entregó aseguraba no haber abierto el paquete sellado, ni haberse detenido en ningún momento por el camino. Los interrogatorios a los guardias del castillo que habían recibido el paquete, al criado que lo llevó hasta el Interior Grande y a las muchas personas con posible acceso al frasco durante su trayecto se habían demostrado infructuosos.
Sano se frotó las sienes, donde palpitaba un insidioso dolor de cabeza; no tendría que haber tomado licor con el estómago vacío. Su viaje al pasado de la dama Harume había hecho que el caso resultara más desconcertante; seguía creyendo que los hechos de su vida estaban relacionados con el asesinato, pero no lograba establecer la conexión. Se sentía vacío de energía, necesitado de solaz. ¿Dónde estaba el reposo que había esperado encontrar en el matrimonio?
De pronto, sintió la presencia de Reiko: una sensación mental vagamente parecida a las ondas de un arroyo lejano. Se dio cuenta de que la había estado sintiendo desde que llegara a casa: en el espacio de apenas tres días, había entrado en sintonía con su esposa. Siempre sabría cuando estaba cerca. El matrimonio había obrado aquella extraña magia a pesar de los conflictos que los separaban. ¿Lo sentía Reiko también? La idea le dio la esperanza de una oportunidad para la comprensión y la armonía mutuas. Entonces, a medida que la sensación iba en aumento y oía el crujido del entarimado bajo sus pasos suaves, se olvidó de las contrariedades de su jornada. Ella se acercaba. Tenía el corazón desbocado y la boca seca.
Una llamada a la puerta: tres golpes quedos y firmes.
– Adelante. -La voz de Sano sonó ronca por los nervios, y tuvo que aclararse la garganta.
Se abrió la puerta, y Reiko entró la habitación. Llevaba una bata roja estampada con medallones dorados, cuyos suntuosos pliegues acentuaban las delicadas pero seductoras curvas de su figura. La melena hasta las rodillas la envolvía como un manto negro y brillante. Parecía desesperadamente bella e inalcanzable. En su porte orgulloso, Sano veía generaciones de ancestros samuráis. Su mirada era fría cuando se arrodilló a una buena distancia de Sano e hizo una reverencia. Su voz sonó desapasionada.
– Buenas noches, honorable esposo.
– Buenas noches -dijo Sano, helado por su seriedad-. ¿Has tenido un buen día?
– Sí, gracias.
«¿Adónde has ido? -quería preguntarle Sano-. ¿Qué has hecho?» Pero aquellas preguntas sonarían a interrogatorio, y probablemente ocasionarían otra pelea. Sano controló su tendencia a arremeter contra cualquier obstáculo que se interpusiera entre él y la verdad. El matrimonio le estaba enseñando a tener paciencia. Se sentía como si hubiese envejecido años desde que se casara, como una maduración lenta y penosa en el papel de marido. Prefirió esperar a que Reiko hablase. ¿No indicaba su visita que deseaba su compañía?
– Mi padre vino a verme cuando no estabas -anunció Reiko-. Desea verte mañana por la mañana a la hora del dragón en el Tribunal de Justicia.
Al darse cuenta de que sólo había ido a transmitirle aquel mensaje, Sano experimentó el agudo chasco del desengaño.
– ¿Te ha dicho para qué?
– Sólo me ha dicho que hay un juicio que cree que te interesará. Le he preguntado si tenía algo que ver con tu investigación, pero no ha querido decírmelo. -Su boca se torció en una amarga sonrisa-. Como tú, opina que no es de mi incumbencia.
Con dificultades, Sano rehuyó el anzuelo.
– Gracias por traerme el mensaje.
¡Cómo ansiaba tocarla! Se imaginaba el brillo sedoso de su cabello entre los dedos, la suave flexibilidad de su cuerpo contra el de él. El hipnótico aroma del jazmín surcó la distancia que los separaba. Por extraño que pareciera, su fuerza de voluntad sólo aumentaba la atracción que sentía por ella. Ganarse el amor de aquella esposa soberbia sería una conquista mayor que dominar a una mujer más débil. La batalla requeriría menos fuerza bruta que estrategia inteligente, la habilidad de la que se enorgullecía en su trabajo como detective. Su ardor guerrero se crecía ante el desafío.
Reiko hizo otra reverencia que indicaba su intención de irse. En busca de un modo de retenerla consigo, Sano dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.
– En cuanto a lo de anoche… Siento si te hice daño al empujarte fuera del alcance del teniente Kushida.
– No me hiciste daño. -La voz de Reiko permaneció fría, su expresión implacable-. Y tú necesitabas mi ayuda más que yo tu protección. ¿Por qué no lo reconoces y punto?
Aquello no llevaba a ninguna parte, excepto a un mayor distanciamiento. Presa de la desesperación, Sano farfulló:
– Esa estocada que empleaste contra Kushida me pareció admirable.
Reiko abrió mucho los ojos al oír el cumplido.
– Gracias, pero no fue nada. -A sus mejillas asomó un favorecedor rubor de placer-. Es sólo algo que aprendí de un tratado de artes marciales de Kumashiro.
– ¿Has leído las obras de Kumashiro?
Le había llegado a Sano el turno de sorprenderse. El gran espadachín que había vivido hacía doscientos años era uno de sus héroes. En aquel momento su amor por la historia de las artes marciales se imponía sobre su creencia de que una mujer no debía practicarlas. De repente él y Reiko discutían el kenjutsu. Dado que ella había leído tanto como él, fue una de las conversaciones más satisfactorias que jamás había sostenido sobre el tema. La inteligencia de Reiko lo impresionaba, y le encantaba verla resplandecer de entusiasmo. Reiko se acercó a él y relajó su postura; su sonrisa era el fiel reflejo del placer de Sano ante su común interés. El detective empezaba a creer que ella había ido allí porque quería verlo: al fin y al cabo, podría haber enviado a una criada a transmitir el mensaje de su padre. Ella también notaba la atracción que chispeaba entre ellos.
Entonces, en plena discusión apasionada sobre los méritos de un estilo concreto de esgrima, Sano se dio cuenta de que estaba cometiendo el mismo error del que se arrepentía el magistrado Ueda: fomentar el interés de Reiko en actividades poco femeninas.
Su expresión debió de manifestar su desaliento, porque Reiko dejó de hablar en mitad de una frase. La tristeza sofocó la luz de sus ojos; le había leído el pensamiento.
– Se ha hecho tarde -dijo ella con pesar-. No interrumpiré más tu trabajo.
Con la desaparición de su camaradería, la habitación parecía enfriarse por momentos.
– Buenas noches, honorable esposo -dijo Reiko con una reverencia, después de levantarse.
– Espera -dijo Sano.
Cuando se detuvo junto a la puerta, con una pregunta en su mirada, quería decirle: «Investigar la vida de la dama Harume me ha abierto los ojos. Entiendo lo que significa ser mujer en un mundo regido por los hombres. Me doy cuenta de lo cruel que es una sociedad que pone límites a la existencia de las mujeres. ¡Sé cómo te sientes!»