Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Tatuaje De La Concubina
El Tatuaje De La Concubina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Tatuaje De La Concubina

Электронная книга - «El Tatuaje De La Concubina». Краткое содержание книги:

A punto de entregarse a los placeres y las comodidades de un matrimonio concertado con la joven y bella Reiko, Sano Ichiro es reclamado en el palacio imperial para descubrir al asesino de Harume, la concubina favorita del sog?n, que ha sido envenenada mientras se hac?a un tatuaje amoroso. Con la experiencia de sus veinte a?os de sosakan-sama -muy honorable investigador de sucesos, situaciones y personas-, Sano debe penetrar en el herm?tico y prohibido mundo de las mujeres del sog?n para intentar desenmara?ar la compleja trama de amantes y rivales de Harume, que se mueven como pez en el agua entre las intrigas y maquinaciones pol?ticas del Jap?n feudal. Y como si la investigaci?n no fuera de por s? complicada, Sano descubre con horror que su flamante esposa, supuestamente dulce y sumisa, es en realidad una aspirante a detective preclara y obstinada, con sorprendentes habilidades guerreras. Empe?ada en ayudar a su marido, las chispas que surgen entre ambos hacen de su floreciente amor algo tan emocionante como el misterio que rodea la muerte de Harume.
1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 96
Перейти на страницу:

Hizo acopio de valor y le confesó a Harume sus sentimientos en una carta. Al ver que ella no respondía y empezaba a rehuirlo, se persuadió a sí mismo de que era tímida o estaba asustada. Tenía algo precioso que ofrecerle: un corazón que jamás había pertenecido a otra mujer; un cuerpo sin mácula de pasadas aventuras amorosas. ¿Cómo podía no apreciar ese presente? De modo que dio el drástico paso de declararle su amor a la cara. Pero la dama Harume lo rechazó. Sus palabras aún retumbaban en su cabeza:

– ¿Por qué sigues molestándome? Al ver que no contestaba a tus estúpidas cartas, tendría que haberte quedado claro que no quiero nada contigo. -El asco deformaba su bello rostro-. Debes de ser tan idiota como feo. ¿Quieres que escape contigo? ¿Que me suicide contigo por amor para que pasemos juntos la eternidad? -Soltó una carcajada-. Eres indigno de respirar siquiera el mismo aire que yo. Ahora vete y déjame en paz. ¡No quiero volver a verte en mi vida!

Humillado y furioso, Kushida no se había limitado a sacudir y amenazar de muerte a la concubina, como había reconocido ante el sosakan-sama. Le había doblado el brazo por detrás de la espalda, le había tapado la boca cuando intentó gritar en busca de socorro y la había arrojado a una habitación vacía. Allí le había arrancado el quimono y la había obligado a tumbarse. Quería matarla, en aquel preciso instante; pero antes iba a poseerla.

Harume le plantó cara. Le mordió en la mano y, cuando cedió un poco, le dio una patada en la ingle. Mientras él se doblaba en muda agonía, Harume rompió a reír. Como si pretendiese agravar el dolor, le dijo:

– Ya tengo un amante. Soy suya para siempre. Pronto llevaré un tatuaje que proclame mi amor por él, en este cuerpo que tanto deseas.

Entonces salió corriendo.

En los terribles días que siguieron, Kushida se dio cuenta de lo que había pasado. Lo había echado todo a perder -la disciplina, el amor propio y la serenidad de la vida pura del bushido por una chica ordinaria y superficial que no reconocía su valía. Una chica que pensaba tatuarse, ¡como una puta cualquiera! Del amor nació el odio. Kushida culpaba a Harume de su desgracia. Planeó su venganza. Entraría a hurtadillas en su habitación y la atravesaría con la lanza; la estrangularía con las manos desnudas mientras disfrutaba de ella. Aquellas fantasías violentas lo excitaban tanto como sus anteriores sueños de amor. Pero no había previsto que su muerte no lograría aplacar ni su deseo ni sus celos rabiosos. No había esperado que sentiría una culpa tan atroz por haberle hecho daño. Había intentado robar su diario porque temía que hubiese dejado constancia de su asalto, pero no había imaginado su actual y lamentable situación.

Entonces tomó una determinación. No quería vivir sin su amada Harume, pero tampoco quería morir por su asesinato. La vergüenza de una ejecución pública mancillaría para siempre el honor de su clan. Debía apaciguar de algún modo al espíritu de la dama Harume y llevar la paz al suyo propio, a la vez que restauraba el honor de su apellido.

Sin embargo, nada podría lograr mientras siguiera encerrado en esa celda. La agitación lo atormentaba como una nidada de arañas en los músculos; su presión interna iba en aumento.

– ¿Qué me decís de una partida de go? -dijo Yohei-. Os tranquilizará, joven señor.

«¡Sácame de aquí!», estuvo a punto de gritar Kushida. Quería aporrear las paredes como un poseso, pero se obligó a calmarse.

– Gracias por venir, pero ¿cómo vamos a jugar al go si tú estás fuera y yo, dentro?

A Yohei se le iluminó el rostro con una sonrisa.

– Dos tableros y dos juegos de fichas. Nos decimos los movimientos en voz alta y los hacemos cada uno en nuestro tablero.

Aunque no tenía ganas de jugar, en la cabeza de Kushida empezó a cobrar forma un plan.

– De acuerdo -dijo.

El vasallo fue a buscar lo necesario. Por entre los barrotes de la ventana le pasó una caja laqueada con pequeñas piedras redondas, blancas y negras, y un tablero de ébano con cuatro patas y una cuadrícula grabada en su superficie de marfil.

– Vos salís, joven señor -dijo Yohei.

Kushida colocó un guijarro negro en la intersección de dos líneas.

– Dieciocho horizontal, dieciséis vertical.

– Cuatro horizontal, diecisiete vertical -replicó Yohei.

La tensión siguió creciendo en Kushida mientras situaba una piedra blanca en su sitio. Cada fibra de su cuerpo se tensó; la sangre le hervía por la necesidad de libertad. Aguantó la partida lenta y tediosa, moviendo al tuntún. Del otro lado de la puerta llegaban unos ronquidos estruendosos: el guardia se había dormido.

– Joven señor, no estáis concentrado en la partida -le reprendió Yohei-. He capturado casi todas vuestras fichas, y vos no me habéis quitado ninguna. -Kushida odiaba tener que engañar a su amigo.

– Te equivocas, Yohei. Voy ganando.

La cara anonadada de Yohei apareció en la ventana; entrecerró los ojos para tratar de atisbar el tablero de Kushida.

– Uno de los dos se ha liado con los movimientos -dijo.

– Debo de haber sido yo. No logro estar pendiente de la partida. -Kushida se acercó a la ventana y bajó la voz-. Sería mejor que estuviéramos juntos. Así te asegurarías de que todas las piezas están en el sitio correcto.

Yohei sacudió la cabeza.

– No puedo dejaros salir, joven señor. Ya lo sabéis.

– Pero sí que puedes entrar aquí conmigo. -Al ver que la indecisión arrugaba la frente del anciano, Kushida insistió-. Vamos. Mientras te vayas antes de que el guardia se despierte, no pasará nada.

– Es que…

La desesperación de Kushida dio alas a su ingenio.

– Yohei, ¿no creerás que yo maté a la dama Harume?

– Claro que no -afirmó indignado su leal vasallo. Entonces su convicción flaqueó-. Pero atacasteis al sosakan-sama y a sus hombres.

– Yo no maté a Harume -recalcó Kushida-. Ni siquiera sabía que fuera a hacerse un tatuaje, de modo que ¿por qué iba yo a envenenar el frasco de tinta? Pero el sosakan Sano necesitaba arrestar a alguien, así que me tendió una trampa. Nunca entré en su casa; no ataqué a nadie. ¡Es todo mentira!

– ¿Cómo se atreve el sosakan-sama a acusar en falso a mi joven señor? -exclamó Yohei, farfullando de indignación-. ¡Lo mataré!

– ¿Y acabar tú también condenado por asesinato? No, Yohei, no debes. -Kushida suspiró con resignación fingida-. Todo lo que podemos hacer es esperar a que la verdad salga a la luz. Entonces mi nombre quedará limpio.

Sentía la piel tirante y el cráneo a punto de estallar por la presión palpitante.

– Ahora abre la puerta y entra para que podamos terminar la partida -prosiguió-. Te prometo que no trataré de escaparme. Me conoces de toda la vida, Yohei. Puedes confiar en mí. -Kushida dejó que le temblara la voz-. Además, me siento solo. Yo… Necesito a alguien a mi lado.

Lágrimas de amor y piedad afloraron a los ojos de Yohei.

– De acuerdo.

Se llevó un dedo a los labios y avanzó hacia la puerta.

A toda prisa, Kushida devolvió las fichas de go a su caja y se la guardó bajo el quimono. Entonces se oyó el ruido de la barra de hierro de la puerta cuando Yohei la sacó de sus soportes.

Kushida alzó el tablero de go por las patas y se apostó a un lado de la puerta, con el corazón desbocado. El guardia siguió roncando. La puerta se abrió poco a poco. Yohei entró en la habitación de puntillas con la vela en la mano.

– ¿Joven señor…?

Kushida extendió el pie. Yohei tropezó con él y cayó de bruces.

– ¿Qué…?

En un suspiro Kushida había saltado por encima de Yohei y corría por el pasillo.

1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 96
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)