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Donde Cruzan Los Brujos

Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:

Hace veinte a?os, el antrop?logo Carlos Castaneda electriz? a millones de lectores con la descripci?n de su iniciaci?n y acceso a otra realidad bajo la tutela del indio brujo yaqui don Juan. Ahora, Taisha Abelar, que fue instruida por los miembros femeninos del grupo de don Juan, narra su propio `cruce` en este llamativo libro. Mientras se encontraba viajando por M?xico, Taisha Abelar se involucr? con un grupo de brujos y comenz? un riguroso proceso de entrenamiento f?sico y mental, dise?ado para permitirle romper los l?mites de la percepci?n ordinaria.
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Conforme rompía los viejos lazos con el pasado, empecé a formar otros nuevos. En este caso, mis nuevos lazos se establecieron con el ser de cualidades únicas que me guiaba. Emilito, si bien severo y determinado a asegurarse de que no cejara en mi empeño ni por un momento, en esencia era tan ligero como una pluma. Al principio me había sorprendido que tanto él como Clara afirmasen que me parecía a ellos. No obstante, después de un examen más profundo debí admitir que era tan cargante como Clara y tan alocada, si no es que tan loca, como Emilito.

Una vez que me acostumbré a su extravagancia, ya no había para mí diferencia entre Emilito y Clara o el nagual, o incluso Manfredo. Mis sentimientos por todos ellos coincidían, de modo que empecé a sentir afecto por Emilito y un día con gran naturalidad comencé a disfrutar el llamarlo Emilito. Al conocernos, el cuidador me había dicho que se llamaba Emilito. Me parecía ridículo llamar a un hombre maduro Emilito, de modo que lo hacía con renuencia. Sin embargo, al conocerlo mejor ya no pude concebir otra forma de hablarle.

Cada vez que pensaba en los cuatro, se fundían en mi mente. Sin embargo, no hubiera podido fundirlos con Nélida. Ella era especial para mí; la mantenía para siempre aparte y por encima de todos los demás, aunque sólo la hubiera visto una vez en el mundo real. Tenía la impresión de que el día en que pude fijar mis ojos en ella, el vínculo que ya existía entre nosotras se había formalizado. Un solo encuentro dentro de la conciencia del mundo cotidiano, por muy efímero que hubiese sido, había bastado para hacer de ese vínculo algo indestructible y eterno.

Un día, después de que terminamos de comer en la cocina, Emilito me entregó un paquete. Al estrecharlo, supe que era de Nélida. Busqué una dirección remitente, pero no había ninguna. Estaba adherida al paquete una caricatura de una mujer que fruncía los labios para dar un beso. En el interior, escritas con la letra de Nélida, estaban las palabras "Besa al árbol". Desgarré la envoltura del paquete y encontré un par de suaves botines de piel con agujetas. Las suelas estaban provistas de calces de hule, como los zapatos de golf.

Los levanté para que Emilito los viera. No me imaginaba para qué pudieran servir.

– Son tus zapatos para trepar árboles -dijo Emilito e inclinó la cabeza en señal de reconocimiento-. Nélida sabe que tienes afinidad con los árboles, a pesar de tu miedo a caerte. Los calces son de hule para que no dañes la corteza de los árboles

La llegada del paquete pareció ser la señal para que Emilito me diera detalladas instrucciones acerca de cómo treparme a los árboles. Hasta ese momento sólo había utilizado los arneses para subir a la casa del árbol. A veces me dormitaba o dormía en los arneses, como si estuviera acostada, amarrada a una hamaca. Pero nunca me había trepado al árbol realmente, excepto a una rama muy baja de la que me colgué apoyando los pies en otra.

– Ha llegado la hora de averiguar de qué fibra estás hecha -dijo en tono pragmático-. Tu nueva tarea no será difícil, pero si no le dedicas tu concentración total puede resultar fatal. Tienes que aplicar toda la energía que has ahorrado últimamente a aprender lo que voy a enseñarte.

Me indicó que lo esperara junto a los árboles más altos. Unos momentos después Emilito se reunió conmigo, cargando una caja larga y plana. La abrió y sacó varios cinturones de seguridad y unas suaves cuerdas para alpinista. Me ciñó la cintura con uno de los cinturones y le agregó otro más largo por medio de los ganchos de seguridad empleados en el alpinismo. Abrochándose un cinturón semejante, me enseñó cómo treparme a un árbol enganchando el cinturón más largo alrededor del tronco y usándolo como apoyo para subir a lo largo de éste. Avanzó con movimientos rápidos y precisos; en el proceso fue enlazando cuerdas alrededor de las ramas, a fin de asegurar su posición. El resultado final fue una red de cuerdas que le permitía moverse con seguridad por todo el árbol, de un extremo horizontal al otro.

Bajó con la misma agilidad con la que había subido.

– Ten cuidado de que todas las cuerdas y los nudos estén bien asegurados -advirtió-. No puedes cometer ningún error grave en esto. Los errores pequeños son corregibles; los graves son fatales.

– Dios mío, ¿se supone que debo hacer todo lo que acaba de hacer? -pregunté, realmente asombrada.

No se trataba de que aún tuviese miedo a las alturas. Simplemente no creía contar con la paciencia necesaria para sujetar todos los ganchos y las cuerdas. Había tardado bastante sólo en acostumbrarme a subir y bajar del árbol con los arneses.

Emilito asintió con la cabeza y se rió alegremente.

– Es un auténtico desafío -admitió-. Pero una vez que le encuentres el modo, seguramente estarás de acuerdo en que vale la pena. Ya verás a qué me refiero.

Me dio un trozo de cuerda y pacientemente me enseñó a atar y desatar los nudos; a ensartar la cuerda en unos pedazos de manguera de hale, para no magullar la corteza del árbol al enlazar la cuerda alrededor de una rama a fin de fijar otra cuerda para trepar; cómo manejar los pies para conservar el equilibrio; y a no perturbar los nidos de los pájaros al subir.

Durante los siguientes tres meses trabajé bajo su supervisión constante, limitándome a las ramas bajas. Una vez que logré un dominio considerable del equipo, suficientes callos en las manos para ya no tener que usar guantes, bastante habilidad para maniobrar y equilibro en mis movimientos, Emilito me permitió aventurarme entre las ramas superiores. Allí practiqué meticulosamente las mismas maniobras que había aprendido entre las ramas inferiores. Y un día, sin habérmelo propuesto siquiera, llegué hasta la copa del árbol al que me estaba trepando. Ese día Emilito me entregó lo que me digo era el regalo más significativo que me había hecho. Era un juego de tres overoles verdes de camuflaje para la selva con sus respectivas gorras, obviamente adquirido en una tienda de excedentes militares en los Estados Unidos.

Vestida con este uniforme para la selva, viví en el grupo de árboles altos delante de la casa. Sólo bajaba para ir al baño y, ocasionalmente, para comer con Emilito. Me trepaba al árbol que quería, siempre y cuando fuese lo suficientemente alto. Sólo había unos cuantos árboles a los que me negaba a treparme; los muy antiguos, que resentirían mi presencia como una intrusión, y los realmente jóvenes, que no tenían la fuerza suficiente para soportar mis cuerdas y movimientos.

Prefería los árboles vigorosos y juveniles, porque me hacían sentir contenta y optimista. Algunos de los de más edad también eran buenos, porque tenían mucho más que decir. Sin embargo, el único árbol en el que Emilito me permitía dormir por la noche era en el de la casa, porque estaba provisto del pararrayos. Me dormía allí en mi cama en la plataforma, o en el día, amarrada con los arneses de cuero e incluso, a veces, simplemente sujeta a una rama de mi propia elección.

Algunas de mis ramas favoritas eran gruesas y libres de protuberancias. Solía acostarme en ellas boca abajo. Apoyaba la cabeza en una pequeña almohada que siempre subía conmigo y abrazaba la rama con los brazos y las piernas, manteniendo un equilibrio precario pero estimulante. Por supuesto siempre me aseguraba de tener una cuerda atada a la cintura y sujeta a una rama superior, en caso de que perdiera el equilibrio mientras dormía.

La sensibilidad que desarrollé por los árboles es imposible de describir. Tenía la certeza de absorber sus estados de ánimo, de saber de su edad, sus conocimientos y sus percepciones. Podía comunicarme con el árbol directamente a través de una sensación que se producía en el interior de mi cuerpo. Muchas veces esta comunicación empezaba con un desbordamiento de afecto puro, casi tan intenso como lo que había sentido por Manfredo, un afecto que siempre brotaba de mí en forma inesperada y sin haberlo buscado. Entonces podía sentir cómo sus raíces penetraban en la tierra. Sabía si necesitaban agua y cuáles eran las raíces que se extendían hacia la fuente de agua subterránea. Supe lo que significa para un árbol vivir en busca de la luz, esperándola y dirigiendo el intento hacia ella; qué significa sentir calor, frío o los estragos de los rayos y las tormentas. Aprendí lo que era no poder moverse nunca del sitio designado para uno. Lo que significa ser silencioso, percibir a través de la corteza y las raíces y absorber la luz por medio de las hojas. Supe, fuera de toda duda, que los árboles sienten dolor; y también supe que, una vez establecida la comunicación con ellos, los árboles se desbordan de afecto.

Sentada en una rama robusta, con la espalda apoyada en el tronco del árbol, mi recapitulación adquirió un estado de ánimo por completo diferente. Podía recordar los detalles más diminutos de las experiencias de mi vida, sin miedo a involucrar una emoción ordinaria. Me reía a carcajadas de cosas que en algún momento habían representado profundos traumas para mí. Encontré que mis obsesiones ya no eran capaces de despertar autocompasión en mí. Lo veía todo desde una perspectiva diferente, no como la habitante urbana que siempre fui, sino como la moradora de árboles en que me había convertido.

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