Donde Cruzan Los Brujos
- Автор: Abelar Taisha
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:
No tenía idea de qué quería decir con que había estado extendiendo mis líneas de energía al recapitular. Le pedí que me lo explicara.
– ¿Qué hay que explicar? -dijo-. Es cuestión de energía; entre más recuperes por medio de la recapitulación, más fácil le resulta a esta energía recuperada alimentar a tu doble. Enviar energía al doble, así le llamamos a la acción de extender las líneas de energía. La persona que puede ver la energía la ve como unas líneas que salen del cuerpo físico.
– ¿Pero qué significa para alguien como yo, que no ve?
– Entre más energía ahorres -explicó-, más grande será tu capacidad para percibir cosas extraordinarias.
– Creo que lo que me ha pasado es que, entre más energía ahorro, más loca me vuelvo -dije, sin intención de ser chistosa.
– No te menosprecies de manera tan irresponsable -comentó-. La percepción es el más grande de los misterios, porque es completamente inexplicable. Los brujos, como seres humanos, son criaturas que perciben, pero lo que perciben no es ni bueno ni malo; es simplemente percepción. ¡Qué maravilla si los seres humanos, por medio de la disciplina, se tornasen capaces de percibir más de lo que normalmente les es posible! ¿Entiendes lo que quiero decir?
Se negó a decir una palabra más al respecto. En cambio, me llevó a través de la casa hasta la puerta de adelante y luego a mi árbol. Señaló las ramas superiores e indicó que, ya que ese árbol en particular contenía un cuarto habitable, estaba provisto de un pararrayos.
– En esta región los rayos son repentinos y peligrosos -dijo-. Se dan tormentas eléctricas sin una sola gota de lluvia. Por lo tanto, cuando sí llueve o cuando hay demasiados cúmulonimbus en el cielo, ve a la casa del árbol.
– ¿Cuándo hay demasiados qué en él cielo? -pregunté.
Emilito se rió y me dio unas ligeras palmaditas en la espalda.
– Cuando el nagual Julián me metió en una casa de árbol, me dijo lo mismo, pero en ese momento no me atreví a preguntarle a qué se refería ni él me lo dijo. Mucho tiempo después averigüé que quería decir nubes de tormenta.
Se rió al ver mi expresión consternada.
– ¿Existe algún peligro de que un rayo caiga en el árbol? -pregunté.
– Pues sí, pero tu árbol es seguro -replicó-. Ahora sube, mientras todavía haya luz.
Antes de que yo me alzara por medio de las poleas, me entregó una bolsa de nueces partidas pero aún con cáscara. Dijo que si iba a vivir en el árbol debía comer como una ardilla, en pequeñas cantidades a la vez y nada por la noche.
Para mí estaba perfecto, le dije, porque nunca me había gustado mucho comer.
– ¿Te gusta cagar? -preguntó con una risita-. Espero que no, porque lo peor de vivir en una casa de árbol es cuando hay que evacuar los intestinos. Es difícil manejar el excremento humano. Mi filosofía es que entre menos se tenga, mejor para uno.
Sus declaraciones le parecieron tan desmedidamente graciosas que se dobló de la risa. Sin dejar de reírse, se volteó y me dejó a solas para meditar su filosofía.
19
Esa noche llovió y hubo truenos y relámpagos. Pero no habría forma alguna de explicar lo que significó estar en una casa de árbol mientras un rayo tras otro desgarraba el cielo y caía sobre los árboles a mi alrededor. Mi miedo fue indescriptible. Grité incluso más fuerte que la primera noche, cuando sentía que se ladeaba la cama de la plataforma. Era un miedo animal que me paralizó. Lo único que se me ocurrió pensar fue que siendo por naturaleza una cobarde, afortunadamente siempre pierdo el conocimiento cuando la tensión aumenta demasiado.
No volví en mí hasta más o menos el mediodía siguiente. Al bajar por medio de las poleas, encontré a Emilito esperándome, sentado en una rama baja con los pies casi en el suelo.
– Te ves horrible -comentó-. ¿Qué te pasó anoche?
– Casi muero del miedo -dije. No iba a fingir dureza ni jugar a estar a la altura de la situación. Me sentía como sin duda me veía: como una jerga exprimida.
Le dije que por primera vez en mi vida me había compadecido de los soldados en batalla; experimenté el mismo miedo que ellos debían sentir al explotar las bombas a su alrededor.
– No lo creo -dijo-. Tu miedo de anoche fue más intenso aún. Lo que estaba disparando contra ti no era humano. Por lo tanto, al nivel del doble fue un miedo gigantesco.
– Por favor, Emilito, explíqueme lo que quiere decir con eso.
– Tu doble está a punto de cobrar conciencia, de modo que en condiciones de tensión, como anoche, adquiere una conciencia parcial, pero también se asusta sobremanera. No está acostumbrado a percibir el mundo. Tu cuerpo y tu mente están acostumbrados a ello, pero tu doble no.
Estaba segura de que, de haber estado preparada para la tormenta, me hubiese comportado de diferente manera, y que de no haber interferido mi terror, alguna fuerza en mi interior hubiera salido de mi cuerpo completamente, tal vez incluso para levantarse, desplazarse o bajar del árbol. Lo que más me asustó fue la sensación de estar enjaulada, atrapada dentro de mi cuerpo.
– Cuando entramos a la oscuridad absoluta, donde no hay distracciones -dijo el cuidador-, el doble se hace cargo. Estira sus miembros etéreos, abre su ojo luminoso y mira a su alrededor. A veces experimentar eso puede resultar aún más aterrador que lo que sentiste anoche.
– El doble no me asustaría tanto -le aseguré-. Estoy lista para él.
– Aún no estás lista para nada -explicó-. Estoy seguro de que anoche tus gritos se escucharon hasta Tucson.
Su comentario me irritó. Había algo en él que no me agradaba, pero no conseguía identificarlo exactamente. Quizá se debía a su extraño aspecto. No era varonil; parecía ser la mera sombra de un hombre, y no obstante era engañosamente fuerte. Sin embargo, lo que en realidad me molestaba era que no me dejase mangonearlo, lo cual resultaba sumamente irritante para el lado competitivo de mi carácter.
En un arranque de ira le grité, agresiva:
– ¡Cómo se atreve a criticarme cada vez que digo algo que no le agrada!
En el mismo instante de decirlo me arrepentí y pedí profusas disculpas por mi agresividad.
– No sé por qué me irrito tanto con usted -terminé por confesar.
– No te preocupes -dijo-. Es porque percibes algo en mí que no sabes explicar. Como tú misma lo expresaste, no soy varonil.
– No dije eso -protesté.
Su mirada indicó que evidentemente no me creía.
– Por supuesto que lo dijiste -insistió-. Se lo dijiste a mi doble hace apenas unos instantes. Mi doble nunca comete errores ni malinterpreta las cosas.
Mi nerviosismo y vergüenza llegaron al máximo. No supe qué decir. Tenía la cara roja y el cuerpo me temblaba. No entendí qué pudo haber causado una reacción tan exagerada en mí. La voz del cuidador interrumpió mis pensamientos.
– Reaccionas en esta forma porque tu doble está percibiendo a mi doble -indicó-. Tu cuerpo físico está asustado porque sus compuertas se están abriendo, dejando pasar nuevas percepciones. Si crees que te sientes mal ahora, imagínate cuánto peor será cuando todas tus compuertas estén abiertas.
Hablaba en un tono tan convincente que me pregunté si tendría razón.
– Los animales y los bebés -prosiguió- no tienen problemas para percibir al doble, pero muy a menudo no les gusta.
Mencioné que yo no solía caerles bien a los animales y que, a excepción de Manfredo, el sentimiento era mutuo.
– No les caes bien a los animales -aclaró- porque algunas de las compuertas de tu cuerpo nunca han estado completamente cerradas y tu doble está pugnando por salir. Prepárate. Ahora que estás dirigiendo tu intento deliberadamente a ello, se abrirán de golpe. Cualquier día de éstos tu doble despertará de repente y tal vez te encuentres del otro lado del patio sin haber caminado hasta allí.
Tuve que reír, principalmente por nerviosismo y ante lo absurdo de lo que estaba sugiriendo.
– ¿Y qué te pasa con los niños, sobre todo los bebés? -preguntó-. ¿No chillan cuando los cargas?
Normalmente lo hacían, pero no se lo dije al cuidador.
– Les caigo bien a los bebés -mentí, perfectamente consciente de que las pocas veces que había estado en presencia de bebés comenzaban a llorar en cuanto me acercaba a ellos. Siempre me había dicho a mí misma que eso se debía a mi falta de instinto maternal.
El cuidador meneó la cabeza, incrédulo. Exigí una explicación de por qué los animales y los bebés podían intuir al doble, cuando ni yo misma estaba enterada de su existencia. En realidad, hasta que Clara y el nagual me hablaron al respecto, nunca oí mencionar tal cosa. Ni conocí jamás a nadie que supiera algo de eso. Rechazó mis argumentos, diciendo que lo percibido por los animales y los bebés no tiene relación alguna con el conocimiento sino con el hecho de que cuentan con el equipo necesario para percibirlo: las compuertas abiertas. Agregó que en los animales esas compuertas son receptivas en forma permanente, pero que los seres humanos cierran las suyas en cuanto comienzan a hablar y a pensar, que es cuando se hace cargo su lado racional.