Donde Cruzan Los Brujos
- Автор: Abelar Taisha
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:
Pregunté si hay personas capaces de enfocar su conciencia a discreción en cualquiera de los dos lados del doble.
Asintió con la cabeza.
– Los brujos pueden hacerlo -replicó-. El día en que lo logres, serás bruja.
Indicó que algunas personas son capaces de desplazar su conciencia al lado derecho o izquierdo del doble, una vez que consiguieron realizar el vuelo abstracto, por medio de la simple manipulación del flujo de su respiración. Tales personas pueden practicar la brujería o las artes marciales con la misma facilidad con la que manejan intrincados sistemas académicos. Hizo hincapié en que el apuro de fijar la conciencia en forma constante del lado izquierdo constituye una trama infinitamente más mortal que los atractivos del mundo de la vida cotidiana, debido al misterio y el poder inherentes en él.
– Para nosotros, la verdadera esperanza está al centro -indicó, tocándome la frente y el centro del pecho-, porque en la pared que divide a los dos lados del doble se encuentra una puerta oculta que da a un tercer compartimiento, delgado y secreto. Sólo al abrirse esta puerta es posible experimentar la auténtica libertad.
Me agarró del brazo y me hizo bajar de la piedra.
– Tu tiempo de transición casi ha terminado -dijo, regresando apresuradamente a la casa conmigo-. Ya no hay tiempo para más explicaciones. Dejaremos atrás la fase de transición con una magnífica explosión. Ven, vamos a mi cuarto.
Me detuve en seco. Ya no me sentía sólo incómoda sino amenazada. Por muy excéntrico que fuese Emilito y por mucho que hablara sobre el doble etéreo, seguía siendo un hombre, y el recuerdo del apretón de su mano sobre mis genitales en la cocina estaba demasiado vivo. Además, sabía que no se había tratado de un contacto impersonal efectuado con un mero afán demostrativo; había percibido claramente su lujuria cuando me tocó.
El cuidador me miró con ojos fríos.
– ¿Qué diablos quieres decir con que percibiste mi lujuria cuando te toqué?
Sólo pude devolver su mirada con la boca abierta. Había repetido mi pensamiento exactamente. Una ola de vergüenza me atravesó, acompañada por un estremecimiento frío que se extendió por todo mi cuerpo. Sin tino balbucí unas débiles disculpas. Le dije que antes solía tener la fantasía de ser tan hermosa que todos los hombres me encontraban irresistible.
– Recapitular significa quemar todo eso -indicó-. No has hecho un buen trabajo. Sin duda ésta es la razón por la que fracasaste al querer llegar adonde cruzan los brujos.
Se volteó y se alejó de la casa.
– Aún no ha llegado el momento de enseñarte lo que tenía pensado -dijo-. No. Necesitas trabajar mucho más en corregirte. Mucho más. Y de aquí en adelante tendrás que proceder con mucho más cuidado; tendrás que esforzarte muchísimo, porque no puedes permitirte más errores.
21
Mi periodo de transición terminó en ese instante, al acometerme Emilito por haber malinterpretado sus intenciones. De ahí en adelante abandonó su extravagante aire de bromista y se convirtió en un capataz sumamente exigente. Ya no hubo más largas explicaciones del doble ni de otros aspectos de la brujería, es decir, ningún descanso derivado de la comprensión intelectual. Sólo hubo trabajo pragmático y exigente. Todos los días durante meses, desde la mañana hasta la noche, me abrumaba con actividades hasta que, exhausta, iba a dormir a la casa del árbol.
Además de continuar la práctica del kung fu y de trabajar en el jardín, el cuidador me puso a cargo de preparar la comida y la cena. Me enseñó a prender la estufa y a preparar unos platillos sencillos, algo que mi madre ya había tratado de hacer, pero sin lograrlo nunca. Puesto que tenía otros deberes, normalmente ponía todos los ingredientes en la estufa a cocer en una olla y regresaba más tarde, a la hora de la comida. Después de preparar el mismo caldo durante varias semanas, conseguí la mezcla perfecta de sabores. Emilito dijo que resulté ser, si no una cocinera bastante buena, al menos alguien capaz de producir comida comestible. Lo tomé como cumplido, porque nada de lo que había preparado en toda mi vida, desde panqué hasta albondigón, había sido comestible.
Comíamos en total silencio, un silencio que él interrumpía si quería decirme algo. Pero si yo deseaba conversar se señalaba el estómago para recordarme su delicada digestión.
La mayor parte de mi tiempo seguía dedicada a la recapitulación. El cuidador me había instruido en repasar los mismos acontecimientos y personas recapitulados con anterioridad, salvo que en esta ocasión debía hacerlo en la casa del árbol. Subir a la casa del árbol todos los días me hizo perder mi temor inicial a las alturas. Gozaba estar al aire libre, especialmente avanzadas las tardes, la hora que reservaba para esta tarea en particular. Bajo la supervisión de Clara había recapitulado en una cueva oscura. La atmósfera de aquella recapitulación había sido pesada, térrea, sombría y muchas veces aterradora. La recapitulación que efectué en la casa del árbol, dirigida por Emilito, estaba dominada por una nueva atmósfera. Era ligera, vaporosa, transparente. Recordé las cosas con una claridad sin precedentes. Mi energía adicional o la influencia de estar despegada del suelo me permitió recordar una cantidad infinitamente mayor de detalles. Todo resultó más vivo y pronunciado y menos cargado de la autocompasión, la displicencia, el miedo y el arrepentimiento que habían caracterizado mi recapitulación anterior.
Clara me había pedido apuntar en el suelo el nombre de cada persona con la que me había topado en la vida, para luego borrarlo con la mano una vez que hubiera inhalado los recuerdos relacionados con esa persona. Emilito, por su parte, me mandó apuntar los nombres de las personas en hojas secas y luego prenderlas con un cerillo, al terminar de inhalar todo lo que recordaba acerca de ellas. Me dio un aparato especial para incinerar las hojas, un cubo metálico que medía treinta centímetros, provisto de pequeños agujeros redondos perfectamente perforados en todas sus caras. A la mitad de una cara de esta caja estaba incrustado un cristal, como una especie de diminuta ventana. En el centro de la parte inferior de la tapa había un filoso alfiler. Del lado de la ventanita había una palanca que entraba y salía, sobre la cual era posible sujetar un cerillo para desde afuera rozar con él una superficie áspera en el interior de la caja, después de haber cerrado la tapa.
– A fin de evitar un incendio -explicó Emilito- tienes que atravesar la hoja seca con el alfiler de la tapa, de modo que al cerrar ésta, la hoja quede suspendida en el centro de la caja. Luego te asomas a la caja por la pequeña ventana de cristal y por medio de la palanca prendes tu cerillo, lo colocas debajo de la hoja y observas cómo ésta se reduce a cenizas.
Al contemplar las llamas que consumían cada hoja, debía absorber la energía del fuego con los ojos, teniendo cuidado en no inhalar el humo nunca. Me indicó que colocara las cenizas de las hojas en una urna de metal; y los cerillos usados en una bolsa de papel. Cada uno de los cerillos representaba el cascarón de la persona cuyo nombre había apuntado en la hoja seca desintegrada por ese cerillo en particular. Cuando la urna estuviese llena, debía vaciarla desde lo alto del árbol, dejando que el aire esparciera las cenizas en todas direcciones. Me indicó que bajara el montón de cerillos quemados en una bolsa de papel por medio de una cuerda particular. Manejando la bolsa con pinzas, Emilito la colocaba en una canasta especial que siempre usaba para ese propósito. Se cuidaba de no tocar nunca los cerillos ni la bolsa. Me imaginaba que los enterraba en algún lugar de los montes, o que tal vez los arrojaba al arroyo para que el agua los desintegrara. Deshacerse de los cerillos, me aseguró, era el último acto en el proceso de romper los lazos con el mundo.
Después de unos tres meses de recapitular, Emilito de repente cambió mi horario de trabajo.
– Estoy harto de comer tu aburrido caldo -dijo una mañana, subiendo al árbol la comida que él me había preparado.
Recibí la noticia con júbilo, no sólo porque tal vez tendría más tiempo para estar en la casa del árbol, sino porque realmente me agradaba comer lo que guisaba otra persona.
La primera vez que probé la comida de Emilito cobré la certeza total de que Clara nunca había guisado lo que me servía. El verdadero cocinero siempre fue Emilito. Preparaba las cosas con una sazón especial que siempre hacía de un platillo suyo una delicia.
Todas las mañanas, alrededor de las siete, Emilito se presentaba al pie del árbol, listo para subirme algo de comida metida en una canasta. Después de desayunar en la casa del árbol normalmente volvía a mi recapitulación, la cual, una vez que me hube librado del miedo a descubrir algo desagradable, se convirtió más que nunca en una excitante aventura de análisis y comprensión. Entre más inhalaba de mi pasado, más ligera y libre me sentía.