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Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]

Электронная книга - «Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]». Краткое содержание книги:

La historia de Pasos sobre cristal, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.
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Graham sacudió la cabeza. Creía que iba a vomitar de un momento a otro. Esto era absurdo, insano. Era como Slater lo ponía en sus bromas, igual que la mayoría de las bromas machistas acerca de la impostura femenina. ¿Por qué? ¿Por qué ella le estaba contando todo esto? ¿Qué esperaba que hiciera él?

Sara se sentó en el extremo opuesto de la mesa redonda negra, su cabello fuertemente recogido hacia atrás, aquel enjuto y traslúcido rostro llevado a su extremo, alistándose para la lucha. Ahora le debía estar observando, pensó él, del modo en que lo hacían los científicos con una rata; con el cerebro expuesto y cables conectados a una máquina en donde sus ínfimos pensamientos eléctricos titileaban y emitían señales, registrados por unas brillantes líneas verdes, rollos de papel que se deslizaban suavemente y el débil garabateo metálico de unas chirriantes plumas. No obstante, ¿por qué? ¿Por qué? (¿Podría la rata comprender, si es que tuviera oportunidad, las razones por las cuales era sometida a semejante crueldad?)

—Te acuerdas —estaba diciéndole ella con una voz ronroneante—, ¿no es así?

—Yo… recuerdo —dijo él, sintiéndose desecho, incapaz de mirarla, por lo que permaneció con la vista en la superficie de la mesa y en algunas migas de pan que había allí—. ¿Pero por qué? —dijo, mirándola. No pudo mantener durante mucho tiempo sus ojos fijos en los de ella. Otra vez volvió a bajar la cabeza.

—… incluso aquella primera vez —dijo Sara, ignorando su pregunta—, cuando nos conocimos en la fiesta. Lo hicimos en el retrete. ¿Puedes creer que Stock estaba allí dentro? Lo habíamos combinado de antemano. Él trepó por un caño de desagüe. Cuando te dejé en aquella habitación fui a encontrarme con él. Eso era lo que estaba haciendo en el cuarto de baño; follar en el suelo con Bob Stock. —Sara pronunció cuidadosamente las últimas palabras.

—¿De veras? —dijo Graham. Se había olvidado de todo, olvidado de todas las cosas que sentía por ella. Sabía que volvería a sentirlas y que le dolerían, pero por ahora las estaba apartando de su mente. No tenían ninguna importancia. Sara había cambiado todas las reglas de juego, colocando a la relación que existió entre ellos en una categoría completamente diferente. Graham erradicó por el momento su antigua personalidad, la del joven herido, concentrándose lo mejor que pudo, mientras que por dentro todo le daba vueltas debido al extremo poder y alcance del cambio, a lo que se decía, a aquellas nuevas reglas, a aquel papel al cual era forzado por motivos que ni siquiera comprendía—. ¿Pero por qué? —dijo, tratando de no mostrarse herido, de adoptar la misma postura que ella.

—Señuelo —dijo Sara, quitándole importancia. Nuevamente volvió a mirarse los dedos, extendiéndolos sobre la superficie negra—. Era la época de mi divorcio… mi marido me estaba haciendo vigilar. Stock no podía permitirse verse comprometido, pero nosotros no queríamos… podíamos dejar de vernos. Así que decidimos usar a otro y fingir que tenía una relación amorosa conmigo. En aquella fiesta te vieron que subías conmigo las escaleras; nos imaginamos que quienquiera que me estuviera siguiendo vendría a la fiesta, de intruso. Pensamos que daría por sentado que habíamos estado follando. Lo cual fue cierto, naturalmente, pero con una pequeña excepción. Desde entonces te hemos estado engañando. Lo siento, Graham. De todos modos, nuestro hombre no parece estar siguiéndote. Tal vez le hayan retirado del caso o quién sabe qué. Tal vez mi media naranja se cansó de seguir gastando dinero en mí; no me lo preguntes.

—Entonces —dijo Graham, casi a punto de desmayarse, volviendo a sentarse en su silla mientras se decía que no pasaba nada, tratando de hacer que sus labios dejaran de temblar, con una mano apoyada en el respaldo (en donde, recordó sin saber por qué, había estado posada la mosca), y la otra encima de la mesa, parecida a algún extraño animal en un ruedo negro al lado de los pálidos dedos de ella. Con su mano, que le temblaba ligeramente, rascó una mancha de pintura blanca adherida a la obscura superficie de la mesa, mientras decía—: Ya no soy… de ninguna utilidad, ¿no es eso?

—Suena bastante despreciable, ¿no te parece? —dijo Sara. Todavía trataba de aparentar calma, pero sus palabras sonaban recortadas. Graham se rio, sacudiendo su cabeza.

—¡Oh no; no, en absoluto! —Sintió que estaba a punto de ponerse a llorar pero se contuvo, dispuesto a no revelarle lo que en realidad sentía. Siguió riéndose y sacudiendo su cabeza, mirando cómo su dedo rascaba la mota de pintura blanca—. No, de ninguna manera —dijo, encogiéndose de hombros.

Por todo su cuerpo podía sentir una especie de hormigueo, como si la intensificada noción de su previa exaltación estuviera con él, nuevamente, reunida en un mismo sentido, y cada nervio de su piel recibiera el máximo estímulo, enviando a su cerebro una masa de señales estáticas medias, un ruido blanco corpóreo que daba la impresión de una acentuada, descuidada y exagerada habitualidad; un paradigma que el dolor de la lucidez hacía pasar por normal.

—¿Por lo tanto no fue más que una actuación? —dijo Graham, al cabo de un rato, al no decir ella nada. Aún no podía mostrarle lo que sentía. Pensó intensamente que podría tratarse de una especie de broma cruel, o incluso de una prueba, un examen final antes de que se le permitiera un conocimiento más íntimo de aquella mujer. No podía, no debía extralimitarse.

—Algo parecido —admitió Sara, con un tono de voz deliberadamente indolente (Graham tuvo la impresión de que ella se giraba de un modo muy tenue hacia la ventana, como si estuviese escuchando algo)—, pero no lo he detestado. Tú me gustas mucho, Graham, de veras. Pero al haberte elegido como señuelo, no quedaba otra cosa que yo… o Stock pudiésemos hacer sino continuar con aquello. Tal vez tendría que haberte dicho que no quería que nos viésemos más. Pero deseaba que supieras la verdad. —Sara tragó un par de veces, observó sus manos encima de la mesa y después las juntó.

Todavía había esa frialdad impuesta en su voz, pensó Graham, rascando la mancha blanca de pintura; no le estaba contando realmente toda la verdad. Ella deseaba ver su reacción, de qué manera le afectaban las palabras. Graham se preguntó qué hacer ahora. ¿Qué era lo que se podía hacer? ¿Ponerse a llorar? ¿Tornarse violento? ¿Simplemente levantarse y marcharse de allí?

La miró rápidamente, apartando enseguida su vista de ella. Sara le observaba silenciosa pero algo tensa. Graham volvió a mirar, percibiendo cerca de la mandíbula de Sara, debajo de su oreja derecha, algo parecido a un tic. Por encima de la pálida cicatriz, una vena de su cuello latía rápidamente. Graham desvió la vista parpadeando los ojos.

No perdería el ánimo, no podía. Ella no le vería llorar. Una enfurecida, amenazadora y nociva parte de él, un profundo núcleo de odio animal deseaba atacarla; abofetear y golpear aquel impasible rostro blanco; violarla, dejarla destrozada y abatida; corresponderle en exceso en aquel horrible y pernicioso juego que súbitamente ella había elegido jugar. La única parte en la que él confiaba (la parte que le condujo hasta allí, a aquella situación, aun cuando él no veía en ello falta alguna) también se rebelaba ante la idea de cualquier tipo de agresión; abrazar cualquiera de las típicas reacciones sexuales, adoptar cualquier forma de respuesta segregada era…insuficiente. Sin sentido. Como tampoco existía ninguna posibilidad de mantenerse en aquel juego con (Graham trató de pensar en alguna palabra adecuada)… honor (era la única palabra que se le ocurría, si bien era demasiado anticuada y envilecida, históricamente demasiado maltratada para lo que él deseaba expresar. Pero en más de un sentido, era lo único que tenía).

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