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Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]

Электронная книга - «Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]». Краткое содержание книги:

La historia de Pasos sobre cristal, son tres historias en realidad. En la primera tenemos a Graham, un joven artista que se dirige a casa de su amiga Sarah, acompañado de una carpeta con varios dibujos de ella. En segundo lugar está Steven Grout, un tipo verdaderamente extraño, que acaba de renunciar a su puesto de trabajo y que siempre va con casco, huyendo de sus Atormentadores. Y por último tenemos a Quiss y Ajayi, un hombre y una mujer, respectivamente, ya mayores, que están encerrados en un extraño castillo, algunas de cuyas paredes son de cristal, detrás de las cuáles hay peces luminiscentes, y donde pasan los días jugando a estrambóticos juegos de mesa con el fin de poder obtener la opción de responder a un acertijo, y así poder salir libres.
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—¿Han dicho, «No hay tal cosa como esas dos»?

Ambos se miraron entre sí. Ajayi trató de responder pero no pudo, teniendo que darse unas palmadas en la parte superior de su pecho; su garganta parecía estar seca, era incapaz de pronunciar ninguna palabra. Quiss asintió entusiasta.

—¡Sí! —exclamó, mientras continuaba sacudiendo afirmativamente la cabeza.

El ayudante también sacudió la cabeza.

—No —dijo, y encogiéndose de hombros desapareció dentro del castillo.

Desde algún lugar distante, por debajo de las ruinas, oyeron el graznido entrecortado de una voz familiar.

QUINTA PARTE

La calle de la Media Luna

En la esquina donde confluían las calles Maygood y Penton había una oficina de empleo a donde iba la gente a registrarse para cobrar el socorro a desocupados. En un letrero ponía: Puerta C apellidos A-K, Puerta D apellidos L-Z. Graham pasó por delante con la vista fija en la calle de la Media Luna; buscaba la curva de casas altas en donde vivía Sara ffitch. El estómago parecía darle vueltas, tensionado por un nerviosismo anticipado. Se sentía tembloroso y excitado; el aire, pesado y sofocante, repentinamente le pareció más penetrante. Los colores adquirieron mayor contraste, los olores (a comida, asfalto, gases de escape) se tornaron más intensos. Los edificios —casas corrientes de tres plantas estilo Victoriano, ahora en su mayor parte convertidas en apartamentos— se veían extraños, diferentes.

Su corazón comenzó a latir más rápidamente al ver una moto aparcada delante de una de las casas de la calle de la Media Luna, pero se trataba de la puerta contigua a la de Sara y además no era una BMW negra sino una Honda roja. Inspiró profundamente varias veces para tratar de aquietar su corazón. Luego levantó la vista hacia la ventana por la cual Sara a veces se asomaba, pero ella no estaba.

No obstante, Sara estará dentro, se dijo a sí mismo. No se ha marchado. Estaba allí. Y no ha cambiado de opinión.

Se acercó al interfono y pulsó el timbre de su apartamento con decisión. Aguardó unos instantes, mirando resueltamente el enrejado por donde saldría la voz de ella. En pocos segundos.

Esperó.

Puso su dedo sobre el botón y estuvo a punto de pulsarlo nuevamente, pero en el último momento dudó, sin saber si esperar un poco más o no. Tal vez ella recién se estaba despertando, o tomando una ducha; era posible. Había un montón de razones por las cuales podía estar retrasándose. Se humedeció los labios, aún con la vista fija en el enrejado. Volvió a acercar su dedo al botón con los ojos cerrados. Tampoco esta vez se atrevió a pulsar.

Había tiempo de sobra. Incluso si ella no estaba, él podía esperar; probablemente habría salido tan sólo para comprar algo con que hacer la ensalada que dijo haría para ambos.

Se preguntó si debía llamar otra vez. Estaba comenzando a sentir el estómago pesado, revuelto. Se imaginaba que alguien le miraba desde alguna de las casas situadas en la esquina de la calle Maygood en aquel momento, contemplando su espalda mientras él permanecía junto al interfono, esperando y esperando. El enrejado produjo un ligero clic. —¿Dígame? —contestó una voz sin aliento. ¡Era ella!

—Soy… —dijo él, pero las palabras se le atragantaron a causa de la sequedad de su boca. Rápidamente se aclaró la garganta—. Soy yo. Graham —¡Estaba allí, estaba allí!

—Graham, lo siento —dijo ella. Graham cerró los ojos con el corazón a punto de estallarle. Ahora le diría que había cambiado de opinión—. Estaba tomando un baño. —A continuación sonó el timbre eléctrico del interfono.

Graham se quedó mirando por unos segundos la puerta, luego el interfono y finalmente la zumbante puerta. Le dio un rápido empujón justo antes de que cesara el zumbido. La puerta se abrió de par en par y entonces Graham entró.

Unos escalones enmoquetados conducían a un apartamento en el sótano, cuya puerta estaba situado justo en frente del apartamento de la planta baja. Graham subió las escaleras; una moqueta barata pero alegre, pasamanos pintado de blanco, paredes empapeladas con un color pastel descolorido. Alguien del piso de abajo escuchaba un tema antiguo de los Beatles. Llegó al rellano de la primera planta. Las escaleras subían hasta otro apartamento, pero la puerta de la primera planta, su apartamento, se hallaba abierta. Luego de llamar entró, mirando a su alrededor con ansiedad por si aquél no fuera el apartamento de ella o la puerta se encontrase abierta por un descuido. En un cuarto a su derecha sintió correr agua. Por debajo de la puerta se filtraba luz.

—¿Graham? —dijo Sara.

—Hola —exclamó Graham. Apoyando su portafolio contra una pared, fue a cerrar la puerta que daba al rellano.

—Puedes pasar, es por la izquierda. —La voz de Sara fue absorbida por el sonido del agua corriendo. Cogiendo su portafolio, torció hacia la izquierda y se encontró con una pequeña sala desordenada en donde había un sofá, sillas, aparato de televisión, estéreo, estantes con libros y una mesita de café; en uno de los extremos, situada sobre un desnivel no mucho más elevado y separada de la parte central de la sala mediante una baranda de madera que ocupaba un tercio del espacio del área, había una cocina; encimera, fregadero y nevera, una mesa alargada, y detrás, con las cortinas corridas, cuyo encaje blanco se agitaba levemente a causa de la brisa, estaba la ventana.

Dejó su portafolio al costado del sofá. En el otro extremo había una mesilla sobre la cual se hallaba apoyado el teléfono; Graham recordó aquella vez cuando había sonado y sonado, mientras ella se escondía de los truenos debajo de la ropa de cama. Atravesó la sala en dirección a la cocina, y subiendo la pequeña plataforma revestida de linóleo se acercó al fregadero. Se lavó las manos debajo del chorro de agua fría, mojándose también un poco la frente. Luego se secó con un estropajo; no había toalla de mano. Estaba temblando.

Bajó nuevamente al área enmoquetada y se detuvo, con el corazón latiéndole aprisa, delante de las estanterías situadas detrás de la televisión. Allí vio un libro que no había leído pero cuya adaptación había visto televisada. El Restaurante del Confín del Universo era la segunda parte de una historia iniciada en La Guía del Turista por el Universo: Slater le dijo que la BBC había hecho la serie resumiendo los dos libros. Graham cogió el delgado volumen y lo hojeó buscando un trozo en particular. Lo encontró a la mitad del libro. En la escena aparecía un personaje llamado Hotblack Desiato que permanecía inanimado durante un año por cuestiones de impuestos. Desiato era el nombre de una agencia inmobiliaria en Islington, Graham había visto sus letreros; el escritor Douglas Adams debía haber vivido en la zona.

Graham volvió a dejar el libro en su sitio. Si bien era divertido, se trataba de una lectura ligera; deseaba que Sara le encontrase leyendo algo más serio.

Había una gran cantidad de libros tanto sobre temas interesantes como sobre temas superficiales; libros repletos de citas, de críticas, recopilaciones de hipérboles y eufemismos, listas de listas, libros repletos, sencillamente, de hechos; libros sobre lo que había sucedido durante cada día del año, libros sobre las últimas palabras, o sobre errores famosos, en su mayoría cosas inservibles. Graham sabía lo que pensaba Slater acerca de esas obras. Ciertamente tenía una opinión muy pobre; eran señales inequívocas de que el Final estaba Próximo.

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Сюжет
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Главный герой
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Общее впечатление
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