Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Год: Serbal
- ISBN: 84-7628-055-6
- Переводчик: Jorge Lech Polianski
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Pasos sobre cristal [Walking on Glass - es]». Краткое содержание книги:
—Probablemente no.
—Hmm —dijo Quiss, rascándose su liso mentón.
—No te preocupes —dijo Ajayi, pisando un trozo de pizarra cuarteado mientras se dirigían a refugiarse debajo de una arcada partida—, siempre se la podemos dar a alguien otro.
—Hmm, supongo que sí —dijo Quiss entrando en la arcada, caminando encima de algunas de las columnas derrumbadas y fragmentos de techo. Al llegar debajo de la parte del techo que aún se sostenía, Quiss resbaló sobre un trozo de hielo y con una exclamación trató de aferrarse con una mano a una columna y con la otra a Ajayi. En el intento golpeó el tablero.
Las teselas se esparcieron por el suelo. Quiss se desplomó pesadamente.
—Oh, Quiss —dijo Ajayi. Dejando rápidamente el tablero a un costado se acercó al hombre que yacía tendido en el suelo, despatarrado, sobre unos trozos de hielo, con la mirada fija en el techo abovedado de la arcada—. ¡Quiss! —dijo Ajayi, arrodillándose dolorosamente al lado del hombre—. ¡Quiss!
Quiss emitió un sonido estrangulado; su pecho subía y bajaba con rapidez. Su rostro se había tornado gris. Ajayi se llevó ambas manos a la cabeza, sacudiéndola, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Quiss gorgoteó con los ojos fuera de sus órbitas. Ajayi le cogió una mano y la sostuvo entre las suyas mientras se inclinaba sobre él.
—Oh Quiss…
El hombre aspiró dificultosamente una gran bocanada de aire frío y levantando los brazos se golpeó el pecho, luego trató de girarse sobre su costado. Al ver su reacción Ajayi trató de ayudarle. Apuntalándose sobre su codo y con la asistencia de Ajayi logró finalmente sentarse. Quiss comenzó a golpearse débilmente la espalda. Ajayi lo hizo por él, con mayor fuerza. El hombre asintió con la cabeza, su respiración volvía a ser más regular.
—Simplemente… me quedé sin aliento… —dijo, sacudiendo la cabeza. Se limpió los ojos—. Ya está… —dijo, inspirando con energía. Miró el tablero; las teselas se habían desparramado—. Oh, mierda —dijo, cogiéndose la cabeza entre sus manos.
Ajayi masajeó su ancha espalda a través de las gruesas vestimentas, diciendo:
—No te preocupes por eso, Quiss. Lo que importa es que tú te encuentres bien.
—Pero el… tablero, está hecho… un estropicio… —dijo jadeando.
—Yo recuerdo cómo estaba, Quiss —dijo Ajayi, inclinándose hacia adelante y hablándole al oído de un modo seguro y alentador—. Dios sabe durante cuánto tiempo lo he estado estudiando. ¡Está fijado en mi memoria! ¿Te encuentras bien? ¿Estás seguro?
—Me encuentro bien; deja de… fastidiar —dijo Quiss con irritación, tratando de sacarse de encima a Ajayi. La mujer se apartó de él, con las manos sobre su regazo, la vista baja.
—Lo siento —dijo ella, incorporándose de su posición arrodillada—. No era mi intención molestar. —En cuclillas, comenzó a recoger con dificultad las piezas del Scrabble esparcidas a un costado, sobre la nieve, y debajo del área del techo de la arcada, cuya superficie de pizarra se hallaba cubierta de hielo.
—Maldito hielo —dijo Quiss roncamente. Luego tosió y se frotó la nariz. Observó a la mujer, quien se encontraba juntando cuidadosamente las teselas y colocándolas sobre el tablero—. ¿Tienes un pañuelo? —le dijo.
—¿Qué? Sí —dijo Ajayi, buscando entre los pliegues de su abrigo y extrayendo un pequeño trozo de tela. Se lo alcanzó a Quiss, que se sonó con él la nariz ruidosamente, devolviéndole a continuación el pañuelo. Ella lo dobló y volvió a guardarlo, suspirando. Quería decirle que se pusiera de pie; podría resfriarse estando sentado de aquella manera encima de la fría pizarra. Pero no deseaba molestar.
Quiss se levantó con cierta laboriosidad, gruñendo y despotricando. Ajayi le observaba con el rabillo del ojo mientras recogía las piezas desparramadas, dispuesta a ayudarle si él se lo pedía o a sujetarle prontamente si se caía. Quiss se recostó contra una columna, frotándose la espalda y las nalgas.
Podían morir con tanta facilidad, se recordó a sí misma Ajayi. Podrían estar asentados en una edad, pero era añosa y frágil, sin duda una edad propensa a los accidentes. Hasta aquel momento no habían sufrido ninguna caída grave, o quebrado algún hueso, pero si se lastimaban les tomaría un tiempo largo recuperarse. En una oportunidad, Ajayi le preguntó al senescal acerca de esto. Su consejo fue:
—No se caigan.
Le pareció que ya tenía todas las teselas. Contó las que había sobre el tablero y descubrió que aún faltaba una. Se incorporó con dificultad, arqueando su dolida espalda, examinando la superficie nevada y los adoquines de pizarra.
—¿Las tienes todas? —preguntó Quiss. Su rostro todavía estaba pálido, pero no tan gris como antes. Ajayi sacudió la cabeza, mientras continuaba buscando alrededor suyo.
—No. Falta una. —Quiss también comenzó a inspeccionar con la vista el suelo de pizarra.
—Tendría que haberlo sabido. Ahora no nos dejarán responder al acertijo. Apuesto a que tendremos que comenzar todo de nuevo. Seguramente. Eso es lo que sucederá. Típico que suceda una cosa así. —Apartándose con ligereza, golpeó la columna con su mano abierta, inspirando profundamente, la cabeza inclinada entre sus hombros.
Ajayi le dirigió una mirada y luego levantó la pequeña mesa para comprobar que no la había puesto encima de la tesela faltante al depositarla sobre el suelo para socorrer a Quiss. Pero la tesela no estaba allí.
—Ya la encontraremos —dijo, buscando en la nieve amontonada. No se sentía tan segura de ello como sus palabras dejaban entrever. No lo comprendía; ¿sería posible que la tesela hubiese salido despedida tan lejos? Volvió a contar las piezas que había sobre el tablero, y luego una vez más.
Ajayi comenzaba a enfurecerse; en primer lugar con Quiss por haberse caído y por rechazar su ayuda; con la tesela faltante; con el cuervo rojo, el senescal, los ayudantes; con el castillo en sí. ¿Dónde podría estar la condenada cosa?
—¿Estás segura de que las has contado bien? —dijo Quiss con voz cansada, aún apoyándose contra la columna.
—Por supuesto que sí, varias veces; falta una —dijo bruscamente Ajayi—. Ahora deja de hacer preguntas estúpidas.
—No hace falta que me arranques la lengua —dijo Quiss resentido—. Tan sólo trataba de ayudar.
—Pues entonces busca la tesela —dijo Ajayi. Era consciente de su humor y se odiaba por ello. No podía perder el control de aquella forma, ni tratar bruscamente a Quiss; no reportaría ningún bien. En aquellas circunstancias deberían mantenerse unidos y no discutir como dos colegiales o una pareja en plan de separación. Pero ella no podía evitarlo.
—Mira —dijo Quiss con irritación—, no golpeé a propósito el puñetero tablero. Fue un accidente. ¿O es que hubieses preferido que me rompiera el cuello?
—Por supuesto que no —dijo Ajayi con cautela, tratando de no gritar ni de sonar brusca—. No he dicho que lo hayas hecho deliberadamente. —No miraba a Quiss sino que movía la cabeza de un lado para otro, inspeccionando todavía la nieve y el suelo de pizarra, aparentemente empeñada en hallar la tesela faltante pero con la mente puesta en las palabras; sabía que no descubriría la tesela por más que ésta fuera bien visible; no estaba concentrada en la búsqueda.
—Quizá habrías preferido que lo hubiese hecho, ¿no? —dijo Quiss—. ¿No?
Ajayi levantó la vista y le miró. —Oh, Quiss, ¿cómo puedes decir una cosa semejante? —Ajayi se sintió como si él le hubiera dado un puntapié. No tenía ninguna necesidad de haberle dicho eso. ¿Qué era lo que le motivaba a decir esas cosas?
Quiss simplemente resopló. Se apartó de la columna con el impulso de un brazo tembloroso, y al moverse, la tesela faltante se desprendió del dobladillo de su abrigo de pieles, adonde había ido a parar cuando ambos se cayeron. En el mismo momento apareció una pequeña silueta en el extremo de la arcada, saliendo de una de las puertas que conducían a la parte central del castillo. Ajayi y Quiss primero dirigieron la vista a la tesela caída y luego en dirección al pequeño ayudante. Agitando una mano, les llamó con una voz excitada: