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La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial

Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:

Como todos los chicos de su edad, Dulac sueña con una vida de caballero legendario. Pero lo más probable es que siga siendo siempre un mozo de cocina de la corte del rey Arturo. Sin embargo, cuando encuentra en un lago una vieja armadura y una espada oxidada, su vida cambia por completo. La representación del Santo Grial que decora el escudo transforma al joven en el valiente héroe de sus sueños. Como Lancelot, el Caballero de Plata, marcha en el ejército del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda a la guerra contra las huestes del malvado Mordred. El destino de Britania está en juego.
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Incluso Lancelot, que se nutría de la energía de la armadura mágica, estaba a punto de caer de la silla de puro agotamiento. Le escocían los ojos. Sentía calambres en cada músculo de su cuerpo y tenía la sensación de que la espalda iba a quebrársele en el próximo segundo. Se preguntaba cómo podían aguantar Arturo y sus compañeros gravemente heridos aquella tortura.

Por no hablar del aspecto que ofrecían. Habían salido con las banderas al viento, mostrando todo el brillo y el boato del que eran capaces; un pequeño pero lujoso ejército, que provocaba la admiración de todos los que lo veían. Los que regresaban a Camelot eran un puñado de hombres, fracasados y cubiertos de sangre, que no podían ni mantenerse en la silla del caballo.

Su regreso no pasó inadvertido. Estaban todavía a más de una legua de la muralla, cuando se abrió la puerta grande y la luz roja de una docena de antorchas iluminó el crepúsculo. Una cadena de figuras oscuras apareció bajo el reflejo de las antorchas y se encamino hacia ellos. Mientras se acercaban, el grupo se desgajó en dos. La mitad del comité de recepción iba a caballo y se aproximaba mucho más deprisa.

Cuando todavía estaban a una legua de distancia, Arturo ordenó a su caballo que caminara más despacio y finalmente lo frenó. Como les ocurría a todos los demás, su cuerpo se tambaleó de agotamiento. Su rostro estaba consumido y pálido; la faz de un hombre viejo, no de un rey. Sus ojos, cubiertos de un brillo febril, buscaron la mirada de Lancelot.

– Estamos en casa -murmuro-. Os lo agradezco, Sir Lancelot. Sin vuestra ayuda ninguno de nosotros habría regresado vivo. Y, sin embargo, tengo que pediros otro favor. Tal vez el mayor.

Lancelot permaneció en silencio. Los jinetes que venían de Camelot ya no estaban lejos, y cuando llegaran no tendría muchas perspectivas de desaparecer discretamente.

– No queréis quedaros con nosotros -dijo Arturo de pronto.

Lancelot, sorprendido, se precipitó a responder:

– ¿Cómo…? Quiero decir… ¿Cómo habéis llegado a esa conclusión?

Una sonrisa cansada se dibujó en sus facciones.

– Os habéis puesto nervioso conforme llegábamos a Camelot -contestó-. Cuando salvasteis a Lady Ginebra y al rey Uther, salisteis corriendo sin ni siquiera esperar a nuestro agradecimiento. Y ayer hubierais hecho lo mismo si no hubierais temido que Mordred nos saliera al encuentro para llevar a término lo que había empezado.

Lancelot siguió callado. ¿Qué podía decir? Estaba claro que había menospreciado a Arturo.

Arturo dejó que su caballo se alejara unos pasos y paró de nuevo, para que Lancelot lo alcanzara. Cuando el Caballero de Plata aproximó su unicornio a él, siguió hablando con voz profunda:

– Quiero ser sincero con vos, Lancelot. Os necesito. Camelot os necesita.

– ¿Camelot?

– Sé a lo que os referís -respondió Arturo-. ¿Qué tenéis vos que ver con Camelot? No es vuestra patria ni sus habitantes son vuestros hermanos y hermanas. Y, a pesar de ello, os necesitan. Camelot necesita un rey y yo no voy a poder ejercer ese papel por un tiempo.

– Yo no soy un rey y tampoco quiero serlo -respondió Lancelot asustado.

– Pero podéis sustituirme -insistió Arturo-. Camelot necesita vuestra espada. Si se propaga que el rey de Camelot no está ya en posición de defender su trono, nuestros enemigos vendrán en masa -señaló hacia la ciudad-. No lo pido por mí, Lancelot. Lo pido por ellos. Por las personas que viven allí y que han dejado su destino en mis manos.

Lancelot continuó sin hablar. Miró la ciudad, miró por encima de su hombro a aquellos hombres, de aspecto lamentable y agotado, que una vez habían sido el orgullo de Camelot, y por fin observó el grupo a caballo que se aproximaba. Una de las figuras, que iba a la cabeza, se distinguía de las demás. Vistosamente vestida de color claro, parecía tener más prisa que las otras, pues cabalgaba un trecho por delante.

Por fin la reconoció. Era Ginebra. Llevaba un vestido blanco como la nieve, que brillaba en el amanecer, y una larga capa, que ondeaba mecida por el viento. No cabalgaba sentada de lado, como solían hacerlo las damas, sino que montaba a horcajadas sobre el lomo del caballo y la velocidad que imprimía a su corcel no dejaba lugar a dudas: era una expertísima amazona. En la titubeante luz de la madrugada parecía rodeada de una suave aureola.

Si en ese instante a Lancelot le hubieran dicho que no se trataba de una persona, sino de la reina de las hadas o de los elfos, lo habría creído. Sintió un pinchazo en el corazón y, sin darse cuenta, sus dedos presionaron las riendas con tanta fuerza que el cuero rechinó.

Arturo esperó en vano la respuesta que no llegaba. Un rato después, hizo girar a su caballo y cabalgó hacia Ginebra y los otros. Los caballeros le siguieron y, por fin, Lancelot se unió a ellos.

Ginebra galopaba con pasión y, cuando llegó junto a Arturo, tiró de las riendas con tanta energía para detener al caballo, que el animal se espantó y empezó a pialar.

– ¡Arturo, gracias a Dios! -Ginebra dio un grito cuando vio la cara del rey y rápidamente se llevó la mano a la boca. Luego, su mirada recayó en los otros jinetes y Lancelot pudo ver cómo palidecía-: ¿Qué… qué ha ocurrido? -dijo entre jadeos-. ¿Qué es lo que…?

Se paró en medio de la frase, cuando descubrió la presencia de Lancelot. Sus ojos se abrieron como platos.

– Mordred -respondió Arturo-. Hemos caído en una emboscada. Si no hubiera aparecido Lancelot, habríamos acabado todos muertos.

– El rey exagera -dijo el caballero, incómodo-. Yo he hecho mi parte, pero la batalla la hemos ganado entre todos.

Ginebra lo miró. Lancelot estaba seguro de que no había escuchado sus palabras, como tampoco las de Arturo. Sus ojos mostraban una expresión que no comprendió en un primer momento, porque parecía conformada de puro horror, pero luego tuvo claro que estaba sufriendo tanto como él. No tendría que haber ido hasta allí. Tendría que haberse limitado a acompañar a Arturo y luego haberse marchado, antes de que llegara Ginebra. Ahora era demasiado tarde.

– Sir… Lancelot -murmuró la dama. El tono monocorde de su voz produjo un escalofrío en Lancelot e hizo que Arturo la observara con preocupación.

– Sir Lancelot, sí -confirmó él-. Ahora tenemos algo en común, los dos le debemos nuestra vida -respiró profundamente-. Ese es el motivo de que le haya pedido que se quede en Camelot hasta el verano.

¡No! En los ojos de Ginebra apareció por espacio de un segundo una expresión de verdadero horror. ¡No lo hagáis! ¡Os lo suplico!

Arturo se volvió en su silla para mirar a Lancelot directamente a los ojos.

– Hemos planeado nuestro enlace para la fiesta del solsticio de verano -dijo-. Me gustaría que fuerais nuestro invitado hasta entonces, Sir Lancelot. Lady Ginebra y yo nos sentiríamos muy honrados si vos fuerais también nuestro padrino.

Lancelot observó a Ginebra y no se le pasó por alto la expresión de súplica de sus ojos, pero también el chispazo de esperanza que se escondía detrás. Era una locura. Por unos instantes leyó su futuro con toda claridad, como si lo hubiera vivido ya. Sabía lo que pasaría si aceptaba la petición de Arturo y se quedaba. Pero si se marchaba, jamás volvería a ver a Ginebra.

– Os lo agradezco, rey Arturo -dijo-. Vuestra proposición me honra. La acepto encantado.

Durante tres días erró de aquí para allá, sin meta conocida. No comió, durmió en total menos de lo que se duerme en una noche y se detuvo sólo un par de veces para calmar la sed. No sabía dónde estaba ni hacia dónde cabalgaba. Por no saber, ni siquiera sabía lo que había pensando en ese periodo de tiempo. Cuando intentaba recordarlo, era como acordarse de una pesadilla febril, llena de imágenes sin sentido y de un miedo del que él mismo era el único causante.

La tarde del tercer día divisó Malagon.

¿Fue casualidad que los pasos del unicornio lo llevaran a aquel lugar maldito?

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