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La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial

Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:

Como todos los chicos de su edad, Dulac sueña con una vida de caballero legendario. Pero lo más probable es que siga siendo siempre un mozo de cocina de la corte del rey Arturo. Sin embargo, cuando encuentra en un lago una vieja armadura y una espada oxidada, su vida cambia por completo. La representación del Santo Grial que decora el escudo transforma al joven en el valiente héroe de sus sueños. Como Lancelot, el Caballero de Plata, marcha en el ejército del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda a la guerra contra las huestes del malvado Mordred. El destino de Britania está en juego.
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– ¿Esperabais encontraros con alguien determinado? -preguntó Lancelot.

Arturo hizo un gesto de asentimiento.

– Lo temía -le corrigió y, sin permitir que Lancelot añadiera más preguntas, continuó-: Un chico.

– ¿Un chico? -el corazón de Dulac latió un poco más deprisa.

– Mi mozo de cocina, para ser exactos -respondió el rey-. Y al mismo tiempo, un buen amigo de Merlín. Lo traje para que pudiera despedirse de él, pero ha desaparecido.

– Tal vez haya muerto -respondió Dulac.

– No está entre los muertos -replicó Arturo negando con la cabeza-. Me siento contento de que sea así. Habrá salido corriendo.

En vez de responder, Lancelot levantó ambas manos y abrió la visera. Le daba lo mismo si revelaba su secreto o no. A pesar de todos los quebraderos de cabeza que había supuesto para el rey, no quería que él lo recordara como a un cobarde.

Arturo se demostró sorprendido cuando vio su cara. Sus ojos se abrieron incrédulos.

– Arturo, tendría que…

– Disculpad -le interrumpió el rey-. Mi reacción ha sido muy impertinente. Tengo que pediros perdón. Es que me he sorprendido, porque… sois todavía tan joven.

«Ocurre lo mismo que con Ginebra», pensó Dulac. Arturo no lo había reconocido. Llevaban diez años viéndose todos los días, el monarca le miraba a la cara desde menos de un paso de distancia y no se daba cuenta de a quién tenía enfrente.

– A veces el aspecto exterior nos confunde -dijo-. Marchémonos. Tenéis razón. Es tarde.

El regreso por aquel bosque detestable fue tan inquietante como el viaje de ida. Al contrario que la tarde anterior, Lancelot cabalgaba ahora en el mismo grupo, justo detrás de Arturo. A pesar de la misteriosa curación, Lancelot no se había subido al unicornio, sino que montaba el caballo del caballero muerto, como le propuso el rey. El unicornio trotaba tras él y, aunque el raciocinio del joven le indicaba que sus pensamientos eran totalmente descabellados, tenía la sensación de sentir la mirada desaprobatoria del unicornio clavada entre sus hombros.

Como la otra vez, mientras cabalgaban a través de aquel túnel de oscuridad que cruzaba el bosque, le abandonó el sentido del tiempo. Seguramente no habían transcurrido más que unos minutos, pero a él -y como iba a descubrir más tarde, también a los demás- le parecieron horas. Lancelot respiró contento cuando salieron por fin del bosque y apareció ante ellos el desfiladero sembrado de cantos rodados.

Los caballos todavía tenían que andarse con más ojo que a la ida, pues se escurrían a causa de la considerable bajada. Bajo los cascos de sus pezuñas saltaban las piedras que, rodando, formaban pequeños aludes que se deslizaban hacia el valle. Pero finalmente lograron alcanzar el pie de la colina sin que ocurriera ninguna desgracia. Sin embargo, Arturo frenó la marcha de golpe y levantó alarmado la cabeza.

– ¿Qué os sucede? -preguntó Lancelot.

– Hay algo que no va bien -respondió Arturo a media voz-. Aquí tendrían que estar nuestros hombres, pero no hay nadie.

El campamento se encontraba en el siguiente recodo del camino como sabía Lancelot perfectamente, aunque no podía decirlo. En lugar de eso, chascó los dedos y el unicornio se acercó obediente. Lancelot se cambió a la silla del corcel con la barda de plata, sujetó el escudo a su brazo izquierdo y desenvainó la espada. Luego, adelantó a Arturo sin decir nada y se puso a la cabeza del pequeño grupo.

No se sorprendió cuando dio la vuelta al sendero y se encontró ante el campamento. Fue como si lo hubiera sabido, y no sólo intuido. El campamento estaba devastado. Los criados y escuderos que habían acompañado a Arturo y a sus caballeros yacían muertos en el suelo. La saña de los atacantes había sido tan grande que no habían respetado ni a los caballos: más de diez cadáveres de animales estaban diseminados entre los hombres. La hoguera daba muestras de haber sido pisoteada y las dos tiendas que los hombres habían instalado, destrozadas.

– Mordred -dijo Arturo. Su voz sonó vacía. Como si el horror que le producía aquella visión hiera tan grande que, incluso, hubiera matado su odio por Mordred.

Lancelot, por su parte, sólo pudo asentir. La inmensa cólera que sentía le impidió pronunciar una sola palabra. Sabía que Arturo tenía razón.

Aquélla era obra de Mordred. Los hombres no sólo habían sido asesinados. Todos tenían, por lo menos, una herida mortal, pero la mayoría de ellos presentaban muchas más y la expresión de horror que había quedado eternamente congelada en sus rostros dio muestras a Lancelot de que habían caído víctimas de un delirio sin sentido. Aquellos hombres no habían hecho nada a nadie. No eran guerreros, sólo mozos de los establos, criados y sencillos sirvientes, la mayoría de los cuales no había tenido jamás un arma en sus manos.

– También pagará por esto -murmuró Arturo.

– ¿Eso hará que estos hombres vuelvan a vivir? -preguntó Dulac despacio.

Arturo lo observó con una mirada que le confirmó que no comprendía sus palabras.

– Estos hombres eran inocentes -dijo finalmente-. No eran soldados. Mordred guerrea contra criados y campesinos.

– No se trata de una guerra -dijo Lancelot con rencor-, sino de venganza. Ha matado a estos hombres para hacerme daño a mí, a Lancelot.

«O a mí», pensó Dulac, apenado.

Arturo iba a apearse, pero pareció pensarlo mejor y sacudió la cabeza con cansancio. Y a pesar de lo triste que resultaba, Lancelot tuvo que reconocer que tenía razón. No les quedaba tiempo ni fuerzas suficientes para desmontar y enterrar cristianamente a aquellos hombres; ni siquiera para cubrirlos con unas piedras y evitar que se los comieran las alimañas. Tal vez eso hiera lo peor, lo que las alimañas pudieran hacer con ellos. Ése sería el mayor triunfo de Mordred. Meditó unos instantes, luego supo lo que debía hacer.

Acompañaría a Arturo y a los caballeros supervivientes a Camelot, y después se marcharía. Aquella matanza de hombres indefensos demostraba que Mordred no había atacado porque sí. Había matado a aquellos hombres para descargar su ira sobre ellos, pero aquél no era el único motivo. Aquellos hombres muertos eran un mensaje para Arturo -y también para él- que no podía ser más claro: el asunto no estaba terminado. No había ningún lugar, desde allí a Camelot, en el que pudieran estar a salvo.

La espada de Lancelot era lo único que se interpondría entre Camelot y la venganza de Mordred.

– Os acompañaré hasta Camelot -dijo.

El rey lo miró ligeramente irritado. Al principio, Lancelot pensó que era porque antes ni siquiera se le habría podido pasar por la cabeza que tuviera otros planes que acompañarlos a Camelot. Pero luego descubrió un nuevo velo de tristeza en los ojos del rey, y al fin comprendió. Tanto Arturo como sus acompañantes eran conscientes de que Lancelot era su única oportunidad de llegar vivos a Camelot. Se sentían desamparados; si casi no se aguantaban encima de las sillas de sus caballos, mucho menos podrían defenderse. Aquella circunstancia ya era suficientemente dolorosa. Pero mucho peor era el hecho de que Lancelot se lo dijera a la cara. Quizá ese comentario dicho sin pensar fue la causa de todo lo que sucedió después, pero eso Dulac no podía saberlo en ese momento y si lo hubiera sabido, no lo habría creído. Acompañaría a Arturo y a los otros a Camelot protegiéndolos con la espada y la fuerza de la armadura mágica, y luego se marcharía para no regresar jamás.

Pero las cosas tomarían otro rumbo.

Para el trayecto de Camelot al cromlech habían tardado un día y una parte de la noche. Para el camino de vuelta emplearon el resto de la noche, todo el día siguiente y la noche que lo sucedió. Los caballeros estaban exhaustos, heridos y al límite de sus fuerzas, de tal modo que cada vez debían hacer descansos más largos en medio de etapas más cortas. El sol rozaba por segunda vez el horizonte y encendía la noche en llamas cuando, finalmente, el río y Camelot aparecieron ante ellos.

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