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La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial

Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:

Como todos los chicos de su edad, Dulac sueña con una vida de caballero legendario. Pero lo más probable es que siga siendo siempre un mozo de cocina de la corte del rey Arturo. Sin embargo, cuando encuentra en un lago una vieja armadura y una espada oxidada, su vida cambia por completo. La representación del Santo Grial que decora el escudo transforma al joven en el valiente héroe de sus sueños. Como Lancelot, el Caballero de Plata, marcha en el ejército del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda a la guerra contra las huestes del malvado Mordred. El destino de Britania está en juego.
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Ninguno de los pictos consiguió escapar. Estaban muertos de pánico y eran ya incapaces de pensar en batallar, ni siquiera para defenderse. Con horror infinito, Dulac se vio a sí mismo matando y degollando -no peleando-, sin que pudiera hacer nada por impedirlo. La armadura le otorgaba una fuerza sobrehumana y, en su mano, la espada reclamaba sangre. Y cuanta más bebía, más sed sentía. Cuando todo pasó, su armadura ya no era plateada, sino que brillaba bajo el rojo húmedo de la sangre. Jadeando, se dio la vuelta en la silla. Los pictos que habían tratado de huir estaban todos muertos, pero la batalla aún no había terminado. Desde el cromlech llegaba el tintineo de los aceros que chocaban entre sí y Lancelot vio oscuras sombras que parecían bailar una loca danza de la muerte.

Más.

La mano que sujetaba su espada comenzó a temblar. La hoja olió la sangre que se estaba vertiendo allí y demandaba su parte. Sin que él interviniera, el unicornio se giró y galopó hasta el círculo de piedra.

Allí seguía la batalla con renovada crueldad. Arturo y dos de sus caballeros se defendían con desesperación de una docena de pictos, que combatían como si no sintieran aprecio por su vida… Lancelot sabía por qué.

Mordred no había dejado ninguna duda al respecto, o sus hombres volvían con Arturo prisionero o no hacía falta que lo hicieran.

La espada de Lancelot llegó cuando más se la necesitaba. Tanto los caballeros de la Tabla Redonda como sus enemigos habían saltado de sus monturas y seguían luchando a pie en medio del círculo de piedra. Lancelot fue como una aparición demoníaca para ellos. Su espada mató a la mayoría de los pictos y empujó a la huida a los pocos supervivientes que quedaban.

Al final, sólo Arturo permanecía peleando tras el altar de piedra contra un único enemigo, portador de una armadura guarnecida con pinchos metálicos y una capa negra que ondeaba al viento. Su rostro se escondía tras la visera de su yelmo, que tenía la forma de un cráneo de dragón.

A pesar de ello, Lancelot lo reconoció al instante.

Era Mordred.

El odio se apoderó de Lancelot y borró cualquier rastro de reflexión que pudiera quedar en él. Giró al unicornio y se abalanzó tan precipitadamente hacia los dos contrincantes que arrolló sin más contemplaciones a Gawain, que no se había retirado a tiempo. Estaba todavía a unos diez pasos de distancia de Arturo y Mordred y no sabía si iba a llegar a tiempo. Arturo se defendía con la fuerza de la desesperación, pero sangraba por varias heridas y no parecía poder aguantar mucho más de pie. Las embestidas de Mordred caían sobre él con violencia desmesurada. De algún modo, Arturo conseguía pararlas en el último segundo o lograba protegerse con el escudo, pero Lancelot se dio cuenta de que, con cada nuevo golpe, el rey se tambaleaba más y más. Tenía la armadura destrozada y el escudo tan abollado que prácticamente no le servía para nada. Dos o tres golpes más y no viviría para contarlo.

Lancelot rodeó el altar a galope tendido y cargó sobre los combatientes. Lo más probable es que Mordred ni siquiera se diera cuenta de su presencia. Estaba de espaldas y absolutamente concentrado sobre Arturo.

Lancelot no tenía remordimientos por haber ensartado con su lanza la espalda del picto y ahora no sentía ningún escrúpulo por hacer lo mismo con Mordred. Decidido, se inclinó sobre la silla e impulsó el arma. La espada rúnica sesgó el aire y chocó con enérgica violencia contra el espaldar del Caballero del Dragón Negro.

Y retornó.

La hoja que solía cortar el acero como un cuchillo el papel fue rechazada por el hierro negro con tanto empuje que casi se arrancó de la mano de Lancelot. El caballero estuvo a punto de perder el equilibrio; su montura se desbocó, superó a Arturo y a Mordred y, por fin, Lancelot consiguió detenerla y controlarla de nuevo.

Le dolía el brazo derecho y sentía tales pinchazos en la mano que apenas podía sujetar la espada, pues la fuerza que había empleado en golpear la espalda de Mordred había revertido en su brazo y en su hombro.

Por lo menos, el impulso sirvió para desequilibrar a Mordred y precipitarlo contra el altar. Arturo tiró al suelo su escudo inservible, agarró la espada con ambas manos y concentró todas las fuerzas que le quedaban en un solo mandoble que atinó en el costado desprotegido de Mordred.

La hoja chocó contra la armadura del caballero de la misma manera que lo había hecho la espada de Lancelot. Mordred gruñó como un perro rabioso, golpeó a Arturo en la cara con su puño de hierro y podría haber matado a su enemigo ya que éste soltó la espada y cayó de rodillas indefenso. Sin embargo, el hijo de Morgana desaprovechó la oportunidad, levantó la espada y el escudo que había dejado caer al suelo, y se volvió hacia Lancelot. Sabía perfectamente cuál de sus contrincantes suponía mayor peligro en aquellos momentos.

Lancelot no tenía intención de concederle ninguna oportunidad o de retarle a un duelo entre caballeros. El hormigueo de su mano había cesado y sentía que unas fuerzas renovadas, palpitantes, recorrían su cuerpo. Espoleó al caballo con brutalidad y galopó hacia Mordred. Esta vez estaba avisado: le asestó un mandoble largo y algo desmañado, y en el último momento corrigió la trayectoria dándole un golpe certero en el pecho. El Caballero Negro eludió el golpe, no sin ciertos esfuerzos; ejecutó un velocísimo viraje e hizo blanco en Lancelot; su armadura rechazó el golpe, pero el caballero estuvo a punto de caer de la silla. Antes incluso de que recuperara el equilibrio, Mordred cargó de nuevo sobre él con dos vertiginosos envites. También esta vez la armadura lo protegió del afilado acero, pero los golpes habían sido acometidos con tanto impulso que Lancelot se dobló de dolor. Sin embargo, sus piernas se apretaron contra los costados del caballo y consiguió mantenerse en la silla y alejar al animal unos cuantos pasos hacia un lado. Mordred le siguió, pero a Lancelot los pocos segundos que había ganado con aquella estrategia le resultaron de gran utilidad. La armadura mágica le imprimió nuevas fuerzas y, cuando su enemigo volvió a la carga, no sólo pudo parar su nuevo golpe con el escudo, sino que le asestó la espada con tanta energía que el otro se tambaleó unos pasos y cayó al suelo.

Lancelot aprovechó la pausa para guiar al unicornio en un gran arco que le permitiera coger carrerilla y atacar con fuerzas renovadas. Mordred se levantó, se tiró hacia un lado y propinó un golpe a las patas delanteras del animal. No consiguió su propósito. La espada podría haber partido en dos una de las patas, pero su punta se limitó a arañarla de arriba abajo, provocándole un corte sangrante hasta casi la rodilla. El unicornio relinchó de dolor y rabia, trastabillando, y Lancelot perdió el equilibrio y salió despedido sobre el cuello del animal. Cayó con tanto ímpetu sobre su espalda que por un momento lo vio todo negro. Si hubiera perdido la conciencia, tal vez no la habría recuperado nunca más.

Un momento después, la venda desapareció de sus ojos y logró respirar sin ahogarse. Con los dientes apretados y gimiendo de dolor, se puso en pie y miró a su alrededor.

En aquel instante, Mordred estaba levantando la espada y el escudo. Por alguna razón que Lancelot no pudo comprender, acababa de desaprovechar la oportunidad de rematar a su indefenso contrincante.

Lancelot se incorporó despacio y con movimientos sincopados, que no tenían más meta que ganar tiempo para que la armadura le proporcionara nuevas fuerzas.

Echó un vistazo a su entorno. El unicornio se había alejado un trecho y cojeaba de la pata, y Arturo seguía apoyado en el altar, totalmente extenuado. La batalla había terminado. Los pictos estaban muertos o habían huido, pero de los caballeros de la Tabla Redonda tampoco quedaba ninguno en pie. Sólo estaban Mordred y él. Mordred, sin decidirse a atacar todavía, lo observaba con detenimiento. Se había levantado la visera de su máscara de dragón. Y, de pronto dijo:

– Ya dije que volveríamos a encontrarnos, amigo mío. Pero ni yo mismo creía que sería tan pronto. ¿Qué tal va tu hombro?

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