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Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]

Электронная книга - «Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]». Краткое содержание книги:

El agente deportivo Myron Bolitar está a punto de llegar a lo más alto. Lo mismo pude decirse de Christian Steele, un quarterback recién llegado a la liga profesional y su cliente más importante. Sin embargo, la llamada de una ex novia de Chistian, una chica a quien todo el mundo cree muerta, incluso la policía, pone en peligro la firma de un contrato. Myron, de pronto, se ve envuelto en una intriga relacionada con sexo y chantajes, y mientras trata de descubrir la verdad sobre una tragedia familiar, una mujer y las mentiras de un hombre se enfrenta al lado oscuro de su profesión.
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– «Sean tus propósitos malvados o benignos, tu aspecto tanto mueve a preguntar que voy a hablarte.»

– ¿Qué me quiere decir con eso?

– Me gusta citar a Shakespeare cuando hablo -dijo Myron tras encogerse de hombros-. Me hace parecer inteligente, ¿no cree?

– ¿Podríamos volver al asunto que tenemos entre manos?

– Por supuesto.

– Dice usted que Kathy no quiere dinero.

– Eso mismo.

– ¿Y entonces qué es lo que quiere?

«Buena pregunta», pensó Myron.

– Quiere que se diga la verdad -dijo.

Era una frase lo bastante vaga e indefinida.

– ¿Qué verdad?

– Deje de hacerse el tonto -le espetó Myron representando el papel del ofendido-. Hace un momento no iba a extenderle un talón a su organización benéfica favorita, ¿verdad?

– Pero si yo no hice nada -dijo con tono algo quejumbroso-. Kathy se largó aquella noche. Desde entonces no la he vuelto a ver. ¿Qué se supone que debía pensar o hacer?

Myron le lanzó una mirada escéptica. Lo hizo porque no tenía ni idea de qué otra cosa hacer. Estaba utilizando la táctica de Jake, la táctica consistente en quedarse callado y esperar a que el otro se delatara a sí mismo. Funcionaba muy bien con la gente del mundo de la política. Deben nacer con un cromosoma defectuoso que les impide estar callados durante mucho tiempo.

– Ella debería entender que yo hice todo lo que pude -prosiguió el decano-. Pero desapareció. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Llamar a la policía? ¿Era eso lo que ella quería? No lo sé. Yo lo hice por su bien. Kathy podría haber cambiado de opinión, no sé. Traté de tener en cuenta sus intereses.

Myron se sintió más cómodo con su mirada escéptica después de oír aquella última frase, aunque hubiera dado cualquier cosa por saber de qué narices estaba hablando el decano. Luego se quedaron ahí mirándose fijamente el uno al otro. De repente, algo le pasó a la cara del señor Gordon. Myron no sabía muy bien qué era, pero todo su porte pareció venirse abajo de súbito. Cerró los ojos con fuerza, lleno de dolor, y negó con la cabeza.

– Se acabó -dijo en voz baja.

– ¿Qué es lo que se acabó?

– No voy a pagar -dijo cerrando el talonario-. Dígale a Kathy que haré lo que ella diga. La apoyaré cueste lo que cueste. Todo esto ya ha durado demasiado. Ya no puedo seguir viviendo así. No soy una mala persona. Está muy afectada, necesita ayuda. Y yo quiero ayudarla.

Myron no se había esperado una reacción así.

– ¿Lo dice en serio?

– Sí. Totalmente en serio.

– ¿Quiere ayudar a su ex amante?

– ¿Qué ha dicho? -dijo el decano alzando la mirada de repente.

Myron había estado patinando sobre una capa de hielo muy fina y, al parecer, su último comentario había tenido el mismo efecto que un soplete.

– ¿Ha dicho usted «amante»? -preguntó el decano.

Oh-oh…

– Usted no viene de parte de Kathy -prosiguió-. Usted no tiene nada que ver con ella, ¿no es así?

Myron no respondió.

– ¿Quién es usted? ¿Cómo se llama de verdad?

– Myron Bolitar.

– ¿Cómo?

– Myron Bolitar.

– ¿Es agente de policía?

– No.

– ¿Y entonces qué es usted exactamente?

– Representante deportivo.

– ¿Qué?

– Represento deportistas.

– Usted… ¿Y qué tiene usted que ver en todo esto?

– Soy un amigo -dijo Myron-. Estoy tratando de encontrar a Kathy.

– ¿Está viva?

– No lo sé. Pero por lo que se ve, usted cree que sí.

El señor Gordon abrió el último cajón de su mesa, sacó un cigarrillo y lo encendió.

– Eso es malo para su salud.

– Dejé de fumar hace cinco años. Por lo menos, eso piensa todo el mundo.

– ¿Algún otro secretito?

– Así que fue usted quien me envió la revista -dijo el decano tras esbozar una sonrisa sin ningún tipo de humor.

– Pues no -contestó Myron haciendo un gesto negativo con la cabeza.

– ¿Y entonces quién fue?

– No lo sé. Estoy tratando de descubrirlo, pero lo que sí sé es que alguien se la envió a usted. Y también sé que me está ocultando algo sobre la desaparición de Kathy.

– Podría negarlo -dijo el decano-. Podría negar todo lo que hemos estado diciendo desde que ha entrado.

– Podría -repuso Myron-, pero yo tengo la revista y no tengo ninguna razón para mentir. Y, además, el sheriff Jake Courter es amigo mío. Pero tiene razón. Al final sería mi palabra contra la suya.

– No -dijo el decano lentamente después de quitarse las gafas y restregarse los ojos-. No llegaremos a eso. Lo que he dicho antes, lo decía en serio. Quiero ayudarla. Necesito ayudarla.

Myron no sabía muy bien qué pensar. El hombre parecía estar dolido de verdad, pero Myron había visto actuaciones que harían llorar de envidia a Lawrence Olivier. ¿Sería auténtico aquel sentimiento de culpa? ¿Se debía aquella repentina catarsis a los remordimientos o a un modo de protegerse? Myron no lo sabía. Y tampoco le importaba demasiado siempre y cuando llegara a conocer la verdad.

– ¿Cuándo fue la última vez que vio a Kathy? -preguntó Myron.

– La noche en que desapareció -respondió el decano.

– ¿Fue a verlo a su casa?

– Era tarde -dijo asintiendo-. Serían alrededor de las once, once y media. Yo estaba en mi estudio. Mi esposa estaba en el piso de arriba durmiendo. Sonó el timbre, pero no una vez, sino muchas, con urgencia y mezclado con fuertes golpes en la puerta. Era Kathy.

El decano estaba hablando como en modo piloto automático, como si estuviera leyéndole un cuento a un niño.

– Estaba llorando. O, mejor dicho, estaba sollozando de forma incontrolable. Tanto era así que no podía ni hablar. La acompañé a mi estudio. Le serví un poco de brandy y le di una manta para que se cubriera. Parecía… -el decano pensó un momento- muy pequeña. Desamparada. Me senté delante de ella y le cogí la mano, pero ella la rechazó. Entonces paró de llorar. Y no poco a poco, sino de repente, como por arte de magia. Se quedó muy quieta. Tenía la cara totalmente inexpresiva, no mostraba ningún tipo de emoción. Y entonces empezó a hablar.

El decano abrió de nuevo el cajón para sacar otro cigarrillo. Se lo puso en la boca y encendió la cerilla al cuarto intento.

– Empezó por el principio -prosiguió el decano-. Y habló con voz sosegada, sin entrecortarse y sin rastro alguno de temblor, lo cual era muy extraño teniendo en cuenta que hacía apenas unos instantes había estado histérica, aunque lo que me empezó a contar contrastaba mucho con su tono sereno. Me contó historias… -el decano se detuvo de nuevo y negó con la cabeza- sorprendentes, por no decir otra cosa. Hacía casi un año que conocía a Kathy. Pensaba que era una joven atenta, amable y correcta. No estoy haciendo ningún juicio de valores, pero siempre me había parecido como de otra época. Y de repente me empezó a contar unas historias que harían sonrojar a un marinero.

«Comenzó contándome que tiempo atrás había sido como yo me imaginaba que era. La típica chica buena. La favorita de todo el mundo. Pero que luego había cambiado. Que se había convertido, según dijo ella misma, en un «putón verbenero». Empezó con algunos chicos de su clase en el instituto, pero no tardó en pasar a cosas más serias. Adultos, profesores, amigos de sus padres, bisexuales, homosexuales, tríos y hasta orgías.

Y que había sacado fotos de sus encuentros. Para la posteridad, me dijo con sorna.

– ¿Le mencionó algún nombre? -preguntó Myron-. ¿De algún profesor, de algún adulto o de alguien?

– No, no me dio ningún nombre.

Los dos permanecieron en silencio. El señor Gordon parecía agotado.

– ¿Y qué pasó luego? -inquirió Myron.

El decano alzó la cabeza muy despacio, como si le pesara.

– Su relato empezó a cambiar de dirección -contestó el decano-. A mejor. Dijo que se había dado cuenta de que estaba obrando mal y de forma estúpida y que empezó a intentar solucionar su problema. Entonces conoció a Christian y se enamoró. Quería dejarlo todo atrás, pero no era fácil. Su pasado no la dejaba en paz. Lo intentó una y otra vez con todas sus fuerzas y entonces… -El decano se quedó callado.

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