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Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]

Электронная книга - «Motivo de ruptura [Deal Breaker-es]». Краткое содержание книги:

El agente deportivo Myron Bolitar está a punto de llegar a lo más alto. Lo mismo pude decirse de Christian Steele, un quarterback recién llegado a la liga profesional y su cliente más importante. Sin embargo, la llamada de una ex novia de Chistian, una chica a quien todo el mundo cree muerta, incluso la policía, pone en peligro la firma de un contrato. Myron, de pronto, se ve envuelto en una intriga relacionada con sexo y chantajes, y mientras trata de descubrir la verdad sobre una tragedia familiar, una mujer y las mentiras de un hombre se enfrenta al lado oscuro de su profesión.
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– Ésos fueron mis abuelos -afirmó Christian haciendo un gesto negativo con la cabeza-. Mi madre murió cuando yo tenía siete años y ellos me adoptaron legalmente. Tenían el mismo apellido que yo, así que fingí que eran mis padres de verdad.

– No lo sabía -dijo Myron-. Lo siento.

– No se compadezca. Fueron unos padres muy buenos. Supongo que cometieron muchos errores con mi madre, por cómo terminó y todo eso, pero conmigo fueron muy amables y cariñosos. Los echo mucho de menos.

El silencio que se produjo después de aquella confesión se hizo más pesado. Pasaron junto a las Meadowlands. Myron pagó el peaje al final de la autopista y siguió las señales para ir al puente George Washington. Christian acababa de comprarse una casa a tres kilómetros del puente y a nueve del estadio de los Titans. Era un barrio de trescientos apartamentos prefabricados llamado Cross Creek Pointe, una de aquellas urbanizaciones de Nueva Jersey que parecía sacada de la película Poltergeist.

Al pararse en un stop, sonó el teléfono del coche y Myron lo cogió.

– ¿Diga?

– ¿Dónde estás?

Era Jessica.

– En Englewood.

– Coge la interestatal cuatro, dirección oeste hasta la diecisiete dirección norte -dijo Jessica rápidamente-. Nos vemos en el aparcamiento del supermercado Pathmark en Ramsey.

– ¿Qué pasa?

– Ven aquí. Y cuanto antes.

Capítulo 36

En cuanto vio a Jessica esperándolo bajo la tenue luz de los fluorescentes del aparcamiento del supermercado Pathmark, tan dolorosamente guapa con sus téjanos apretados y una blusa roja abierta por el cuello, Myron supo que sucedía algo. Algo gordo.

– ¿Ha pasado algo malo? -le preguntó.

Jessica abrió la puerta del coche y se sentó junto a él.

– Peor.

No podía evitarlo. No podía dejar de pensar en lo guapa que era. Tenía el rostro pálido y los ojos un poco hundidos. Todavía no tenía patas de gallo, pero le habían aparecido algunas líneas nuevas en la cara. ¿Ya las tenía ayer o el día que fue a verlo al despacho? No estaba seguro, pero lo que sí sabía era que nunca había tenido un aspecto tan arrollador. Las imperfecciones, si se podían llamar así, la hacían más real y, por consiguiente, más atractiva. Myron había pensado que Madelaine, la decana, era atractiva, pero no era más que una linterna de bolsillo comparada con la cegadora almenara de Jessica.

– ¿Me lo vas a contar?

– Mejor te lo enseño -contestó ella negando con la cabeza.

Jessica le dijo adonde tenía que dirigirse al llegar a un camino con el muy acertado nombre de Camino del Polvo Rojo.

– Mi padre alquiló una cabaña en esta zona -explicó Jessica.

– ¿En este bosque?

– Sí.

– ¿Cuándo?

– Hace dos semanas. La alquiló para todo el mes. Según el tipo de la inmobiliaria, quería disfrutar de un poco de paz y tranquilidad. Un lugar donde estar apartado de todo.

– No es muy propio de tu padre -dijo Myron.

– No lo es en absoluto -asintió Jessica.

Varios minutos más tarde llegaron a la cabaña. Myron no podía creer que Adam Culver, un hombre al que había llegado a conocer bastante bien durante su relación con Jessica, quisiera ir de vacaciones a un lugar como ése. Al hombre le gustaba apostar. Le gustaban las tragaperras, la ruleta, la mesa de blackjack… Le gustaba el movimiento. Su concepto de pasar un rato tranquilo era un concierto de Tony Bennett en el Sands de Las Vegas.

Jessica salió del coche acompañada de Myron. El porte de Jessica era perfecto, igual que su forma de andar, algo que a Myron siempre le había gustado contemplar. Sin embargo, había cierto tambaleo en sus pasos, como si sus piernas no supieran si podían sostener aquel torso tan encantador en una caminata larga como aquélla.

Los peldaños del porche de madera crujieron bajo sus pies. Myron vio muchas tablas podridas. Jessica puso la llave en el cerrojo de la puerta delantera y la abrió.

– Echa un vistazo -dijo Jessica.

Myron lo hizo y se quedó mudo de asombro. Sentía la mirada de Jessica clavada en el cogote.

– He comprobado su tarjeta de pago -prosiguió Jessica-. Se gastó tres mil dólares en una tienda de Nueva York llamada Eye-Spy.

Myron la conocía. Y, sin duda alguna, los productos que había en la cabaña eran suyos. Había tres videocámaras sobre el sofá. Todas Panasonic. Todas con material de montaje para poder colgarlas en algún sitio. También había tres monitores pequeños. Igualmente Panasonic. La clase de monitores que se ven en la sala de seguridad de los edificios altos. Había dos vídeos Toshiba y un montón de cables y cosas así.

No obstante, eso no era lo más preocupante que vio en la cabaña. Por sí solos, aquellos aparatos electrónicos podrían haber significado muchas cosas, pero había dos objetos más, dos objetos que llamaron poderosamente la atención de Myron y la retuvieron como un bebé a una moneda reluciente, dos objetos que lo cambiaban todo. Eran el elemento catalizador. Completaban un cuadro que resultaba demasiado grave para no tenerlo en cuenta.

Apoyado junto a la pared había un rifle. Y en el suelo, a su lado, unas esposas.

– ¿Qué diablos estaba haciendo?

Myron sabía muy bien en qué estaba pensando Jessica. En las chicas muertas que se habían encontrado por aquella zona. Las imágenes televisivas de sus cadáveres maltrechos y putrefactos aparecieron ante ellos como el más inquietante de los espectros.

– ¿Cuándo compró todo esto? -preguntó Myron.

– Hace dos semanas -contestó Jessica con la mirada clara y firme-. Mira, he tenido tiempo de pensar en esto. Incluso si nuestras peores sospechas se confirmaran, esto sigue sin darnos ninguna respuesta. ¿Qué nos dice esto de las fotos de la revista?

¿O de la letra de Kathy en el sobre? ¿O de las llamadas? ¿O, ya puestos, del asesinato?

Myron la miró a los ojos. Sabía que Jessica trataba de encontrar una explicación, la que fuera, menos la que les resultaba más evidente.

– ¿Estás bien? -le preguntó Myron.

Jessica se cruzó de brazos agarrándose los codos con las manos como si estuviera abrazándose a sí misma, y dijo:

– Me siento como si fuera a la deriva.

– ¿Estás preparada para saber más?

– ¿Por qué? -preguntó dejando caer los brazos-. ¿Qué pasa?

Myron dudó de si debía contárselo.

– ¡Por el amor de Dios, no me trates como a una niña! -le espetó Jessica muy furiosa.

– Jess…

– ¡Ya sabes cuánto odio que te pongas en plan protector! ¡Dime lo que está pasando!

– Kathy fue violada en grupo por varios compañeros del equipo de Christian la noche en que desapareció.

Jessica se quedó mirándolo como si acabaran de darle una bofetada en toda la cara.

– Lo siento -dijo Myron tendiéndole la mano.

– Dime lo que pasó. Cuéntamelo todo.

Myron hizo lo que le pedía y, poco a poco, la firme mirada de Jessica fue quedándose vacía y sin vida.

– Hijos de puta -logró decir con esfuerzo-. Malditos hijos de puta.

Myron asintió con la cabeza.

– La mató uno de ellos -dijo Jessica-. O todos. Para que no hablara.

– Es posible.

Jessica se quedó pensativa y al cabo de unos momentos su mirada volvió a cobrar vida.

– Supongamos -empezó a decir muy despacio- que mi padre descubrió lo de la violación.

Myron asintió.

– ¿Tú qué habrías hecho? -continuó Jessica-. ¿Cómo habrías reaccionado… si hubiese sido tu hija?

– Me habría puesto furioso -respondió Myron.

– ¿Hubieses sido capaz de controlarte?

– Kathy no es mi hija -repuso Myron-. Y no sé si ahora mismo soy capaz de controlarme.

– Entonces -dijo Jessica asintiendo con la cabeza-, quizás, y sólo quizás, eso explique todo este material. Las cámaras, las esposas, el rifle. Tal vez utilizaba la cabaña, oculta en el bosque, para poder atrapar a un violador y vengarse de él.

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