La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– Ya lo hemos disfrutado de sobra -declaró Hannah y en ese momento advirtió mi presencia-. ¿No estás de acuerdo, Grace?
Hice una reverencia y sentí que me ruborizaba. No sabía qué responder. Para no verme obligada a hacerlo, me dispuse a encender la lámpara de gas.
– Si yo tuviera un admirador como Stephen Hardcastle -comentó Emmeline con expresión soñadora- escucharía su disco cien veces al día.
– Stephen Hardcastle no es un admirador -aclaró Hannah. La mera sugerencia de que lo fuera parecía horrorizarla-. Lo conocemos desde siempre. Es un amigo, el ahijado de lady Clem.
– Ahijado o no, no creo que llamara todos los días a la casa de Kensington cuando estaba de permiso sólo porque deseaba saber si lady Clem se encontraba bien, ¿verdad?
– ¿Cómo puedo saberlo? Están muy unidos -exclamó Hannah, algo irritada.
– Hannah, tanta lectura no te ayuda a ver las cosas, incluso Fanny lo ha notado.
Emmeline dio vueltas a la manivela del gramófono y dejó caer la aguja para que el disco comenzara a girar una vez más. Mientras la sentimental melodía se hacía cada vez más audible, se volvió hacia su hermana y declaró:
– Stephen esperaba que tú le hicieras una promesa.
Hannah dobló la esquina de la página que estaba leyendo; luego volvió a desplegarlo, recorriendo con el dedo la marca que había dejado.
– Ya sabes, una promesa de matrimonio -precisó ávidamente Emmeline.
Contuve el aliento. No sabía que Hannah hubiese recibido una propuesta para casarse.
– No soy estúpida -contestó Hannah, sin dejar de mirar la pestaña triangular que tenía bajo el dedo-. Sé lo que esperaba.
– Entonces, ¿por qué no…?
– No iba a prometer algo que no podía cumplir -señaló rápidamente Hannah.
– No puedes ser tan dura. ¿Qué daño podías hacerle riéndote de sus bromas, dejando que susurrara sus tonterías en tu oído? Siempre decías que había que contribuir con los objetivos de la guerra. Si no fueras tan tozuda podrías haberle dado hermosos recuerdos para llevarse al frente.
Hannah puso una señal de tela en la página que estaba leyendo y dejó el libro a un lado, sobre la chaise longue.
– ¿Y qué le habría dicho a su regreso? ¿Que en realidad él no me importaba?
Durante un instante la convicción de Emmeline pareció esfumarse. Luego resucitó.
– De eso se trata. Stephen Hardcastle no ha regresado.
– Todavía puede hacerlo.
A Emmeline no le quedó otro remedio que encogerse de hombros.
– Todo es posible. Pero, si lo hace, supongo que estará demasiado ocupado festejando su buena fortuna como para preocuparse por ti.
Un silencio pertinaz se interpuso entre las hermanas. La habitación misma parecía tomar partido: las paredes y cortinas se replegaban hacia el rincón de Hannah; el gramófono daba generoso apoyo a Emmeline.
Emmeline se echó sobre el hombro la larga cola de caballo rematada en bucles y comenzó a juguetear con ella. Tomó el cepillo, que estaba en el suelo, debajo del espejo, y la recorrió con largas pasadas. Las cerdas murmuraban llamativamente. Hannah la observó un rato, con el rostro nublado por una expresión que no podía descifrar -exasperación, tal vez, o incredulidad- antes de volver a concentrarse en Joyce.
Levanté el vestido de tafetán rosado que estaba en el sillón.
– ¿Éste es el que usará esta noche, señorita? -pregunté suavemente.
Emmeline dio un salto.
– No tienes que aparecer de repente. Casi me matas del susto.
– Lo lamento, señorita -dije, sintiendo que el calor y el rubor subían por mis mejillas. Eché un vistazo a Hannah. Aparentemente no había oído lo sucedido-. ¿Éste es el vestido que ha elegido, señorita?
– Sí, es ése. -Emmeline se mordió ligeramente el labio inferior-. Al menos, eso creo -añadió. Luego observó el vestido, lo cogió y agitó sus volantes-. Hannah, ¿qué te parece? ¿Azul o rosa?
– Azul.
– ¿Seguro? -preguntó Emmeline a su hermana, sorprendida-. Creí que era mejor el rosa.
– Entonces el rosa.
– Ni siquiera estás mirando.
Hannah la miró a regañadientes.
– Cualquiera -repuso y dejó escapar un suspiro de frustración-. Los dos están bien.
Emmeline suspiró, molesta.
– Será mejor que traigas el vestido azul. Tengo que volver a mirarlo.
Hice una reverencia y fui hacia el dormitorio. Cuando llegué al guardarropa oí que Emmeline decía:
– Es importante, Hannah. Esta noche asistiré por primera vez a una cena y quiero parecer sofisticada. Tú deberías hacer lo mismo. Los Luxton son norteamericanos.
– ¿Y qué?
– No querrás que piensen que no somos refinadas.
– No me preocupa demasiado lo que piensen.
– Pero deberías. Son muy importantes para la empresa de papá. -Emmeline bajó la voz y yo me quedé muy quieta, con la cara oculta entre los vestidos, tratando de comprender lo que decía-. Le oí hablar de ello con la abuela.
– Escuchas las conversaciones de otros a escondidas -la acusó Hannah-, ¡y la abuela creyendo que yo soy la malvada!
– Muy bien -declaró Emmeline, con voz de indiferencia-. Me lo callaré, entonces.
– Por mucho que te esfuerces, no lo conseguirás -advirtió tranquilamente Hannah-. Puedo verlo en tu cara. Estás ansiosa por contarme lo que oíste.
Emmeline se tomó un momento para disfrutar del botín obtenido con sus malas artes.
– Está bien. Ya que insistes, te lo diré -consintió, y luego carraspeó dándose aires de importancia-. Todo empezó porque la abuela decía que la guerra había tenido consecuencias trágicas para esta familia. Que los alemanes le habían arrebatado a los Ashbury su futuro y que el abuelo se revolvería en su tumba si supiera cómo están las cosas. Papá trató de convencerla de que la situación no era tan desesperada pero la abuela no escuchaba. Dijo que tenía edad suficiente para discernir lo que sucedía y que la situación no podía calificarse de otra forma, dado que papá sería el último lord Ashbury si no tenía herederos que lo sucedieran. La abuela declaró que era una vergüenza que papá no hubiera hecho lo que debía, es decir, que no se hubiera casado con Fanny cuando tuvo oportunidad de hacerlo.
»Papá se puso insolente y le dijo que si bien había perdido a su heredero, todavía tenía su fábrica y que ella no tenía por qué seguir preocupándose, que él se ocuparía de todo. Sin embargo, la abuela no se tranquilizó. Dijo que los abogados estaban empezando a hacer preguntas.
»Entonces papá guardó silencio un rato y yo empecé a preocuparme. Pensé que estaría de pie y que iría hacia la puerta y me descubriría. Casi reí de alivio cuando volvió a hablar, y comprendí que todavía estaba en su silla.
– Sí, sí, ¿y qué fue lo que dijo?
Emmeline continuó con la actitud sutilmente optimista de un actor que está a punto de terminar un complicado discurso.
– Contestó que si bien era cierto que las cosas se habían puesto difíciles a causa de la guerra, había desistido de fabricar aviones y había retomado la fabricación de automóviles. Los malditos abogados, él los calificó de esa manera, podrían cobrar su dinero. Explicó que un conocido suyo, fabricante de aviones durante la guerra, le había ofrecido invertir en su fábrica y que lo ayudaría a que fuera más rentable. Se trataba del señor Simion Luxton, una persona con contactos entre los empresarios y el gobierno. -Emmeline suspiró triunfante. Había pronunciado con éxito su monólogo-. Y así terminó la conversación, o casi. Nunca oí a papá tan apurado como cuando la abuela mencionó a los abogados. Entonces decidí que haría todo lo posible para ayudarlo a causar buena impresión al señor Luxton, y que pueda conservar su fábrica.