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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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»Tropiezo con el repulgo de mi túnica. Alguien impide mi caída, me sostiene y, sin embargo, me obliga a seguir. Alcanzo la cúspide. El tajo, manchado de sangre, se yergue ante mí. Realizo un supremo esfuerzo, he de soltar mis manos. Tan sólo aflojar las ligaduras, utilizar mi magia y ¡huir!

»—No hay escapatoria —brama mi verdugo entre risas, y constato que soy yo quien ha hablado. Reconozco mi voz, mi sarcasmo—. Arrodíllate, patético hechicero. Coloca tu cabeza en la fría y ensangrentada almohada del sueño eterno.

»¡No! Lanzo aullidos de terror, de furia, y entablo una lucha desesperada, mas unas garras me atenazan. Me hacen hincar las rodillas, y mi carne roza la gélida superficie del tajo. Me convulsiono, me retuerzo, vocifero sin que nadie me preste atención.

»Me cubren con una capucha negra y, aunque amortiguados, oigo los pasos del ejecutor. Sus oscuros ropajes crujen alrededor de sus tobillos cuando enarbola el hacha…».

—¡Raistlin, despierta!

El nigromante abrió los ojos; pero cegado por el terror, de momento no adivinó dónde estaba ni quién le había llamado.

—Raistlin, ¿qué te sucede? —inquirió la misma voz.

Unos poderosos brazos lo sujetaron, un timbre familiar, teñido de preocupación, se impuso al zumbido del arma que descargaba el verdugo.

—¡Caramon! —suplicó el mago a su hermano, abrazándose a él—. ¡Socórreme! Deténles, no permitas que me asesinen. ¡Vamos, actúa!

—Tranquilízate, no osarán lastimarte si yo estoy a tu lado —murmuró el hombretón y, protector, acarició su cabello—. Silencio, ya ha pasado todo.

Apoyada la cabeza en el pecho del guerrero, acunado por su palpito regular y sosegado, Raistlin emitió un hondo suspiro. Entornó entonces los párpados y, en la beatífica penumbra, prorrumpió en llanto.

—Resulta paradójico, ¿no te parece? —comentó el hechicero unas horas más tarde, mientras su gemelo avivaba el fuego y ponía a calentar una marmita llena de agua—. Soy el nigromante más dotado de cuantos pisaron Krynn, y una pesadilla me convierte en un niño desvalido.

—Eso significa que eres humano —rezongó Caramon, inclinado sobre la olla a fin de vigilar la ebullición como si, de esta manera, pudiera precipitarla—. Tú mismo lo dijiste.

—Sí, humano —repitió Raistlin salvajemente, arrebujado en su atuendo de campaña para contener los escalofríos.

Al percibir su acento el hombretón le lanzó una furtiva mirada. Aquella rabia le recordó las revelaciones que le hicieran Par-Salian y sus colegas en el cónclave celebrado en la Torre de la Alta Hechicería. Según la egregia asamblea, su hermano se proponía desafiar a los dioses e instituirse en uno de ellos.

Bajo el atento escrutinio del guerrero, el mago dobló las piernas y, una vez levantadas las rodillas, posó las manos en ellas para reclinar, a su vez, la cabeza encima de las palmas. Una singular sensación de asfixia aprisionó la garganta del observador quien, al evocar las tiernas emociones que experimentara cuando su enteco gemelo buscó cobijo en su cuerpo, trató de concentrarse en el burbujeante líquido, próximo ya al hervor. De pronto, Raistlin irguió la cabeza.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó al mismo tiempo que el general, que también había percibido un ruido, se ponía en pie.

—No lo sé —confesó el hombretón aunque con voz queda, aguzados todos sus sentidos.

De puntillas, sigiloso, el guerrero avanzó hacia su cama de campaña y, con sorprendente rapidez, asió su espada y la desenvainó. El hechicero, no menos raudo, agarró el Bastón de Mago que yacía en su proximidad y, deslizándose como un gato, volcó la marmita y apagó la fogata. La negrura se cernió sobre ellos en medio de los siseantes sonidos producidos por las brasas al extinguirse.

Mientras se concedían unos instantes en los que acostumbrar sus ojos a la súbita penumbra, ambos hermanos se mantuvieron inmóviles, atentos a cualquier indicio de peligro.

El riachuelo junto al que habían acampado saltaba susurrante entre las rocas, las ramas de los árboles crujían y las hojas se agitaban al son de la brisa que, recién levantada, ululaba en la noche otoñal. Pero lo que los dos hombres escuchaban no eran los elementos, ni el viento a su paso por el bosque, ni el arrullo del agua.

—Viene de ahí —anunció Raistlin a su vecino—. De la arboleda, pasado el torrente.

Eran unos ecos discordantes; parecían los arañazos de alguien que quisiera abrirse camino en un territorio ignoto. Se prolongaron unos segundos, murieron y volvieron a reanudarse. O bien, como habían supuesto, los provocaba una criatura poco familiarizada con la región, o bien se trataba del torpe andar de un par de botas.

—¡Goblins! —sugirió Caramon.

Enarbolada su arma, intercambió una fugaz mirada con su hermano. Los años de oscuridad, de alejamiento entre ellos, los celos, el odio, todo se difuminó en aquel instante. Al reaccionar ante una amenaza se fundieron en uno al igual que en las entrañas maternas.

Moviéndose con suma cautela, el aguerrido hombretón empezó a cruzar el curso fluvial. Lunitari, la luna encarnada, destellaba a través del ramaje, aunque por hallarse en su primera fase, se asemejaba al pabilo de una vela agotada y apenas proyectaba luz. Temeroso de tropezar con un guijarro, Caramon tanteaba el lecho del río antes de apoyarse con todo su peso. El nigromante lo siguió en la travesía, apoyada una mano en el bastón arcano y la otra en el hombro de su compañero a fin de conservar el equilibrio.

Atravesaron el río, tan silenciosos como el aire, y llegaron a la otra orilla. Oyeron de nuevo el singular murmullo, sin duda procedente de un ser animado pues persistía incluso cuando cesaba la brisa.

—La retaguardia de unos salteadores —aventuró el fornido luchador, girando la cabeza hacia su gemelo y vocalizando lo mejor que supo.

Raistlin asintió. Las bandas de ladrones goblins solían designar exploradores para que vigilasen el camino y rastrearan a posibles espías mientras los otros atacaban los poblados. Como era una tarea aburrida, y significaba además que los elegidos no tomarían parte en los asesinatos ni en el reparto del botín, lo más habitual era que tal cometido recayera sobre los menos dotados, los miembros del grupo de los que mejor podía prescindirse.

De repente, el mago cerró la mano sobre el ancho hombro del guerrero al fin de imponer una pausa.

—¡Crysania! —masculló—. ¡La aldea! Tenemos que averiguar dónde está esa cuadrilla de maleantes.

—Lo apresaré vivo —prometió Caramon, a la vez que indicaba con un significativo gesto que atenazaría la garganta del primer goblin que encontrase.

—Y yo le interrogaré —apostilló el mago, satisfecho, con una sonrisa de complicidad y un ademán que no denotaba menor fiereza.

Juntos se internaron en la senda mas sin alejarse de las sombras, de tal manera que los intermitentes haces lunares no pudieran reverberar en el escudo ni en la espada. Aunque irregulares, los susurros renacían siempre poco después de interrumpirse y no sugerían el menor desplazamiento, como si quien los emitía no tuviera idea de la proximidad de los expedicionarios. Los gemelos caminaron un corto tramo por la linde del sendero hasta hallarse, según sus cálculos, frente al enemigo.

Ahora distinguían con perfecta claridad el ruido, que surgía del bosque a escasa distancia del lugar donde se habían apostado. Tras dar un rápido vistazo a su entorno, Raistlin atisbo con sus penetrantes ojos una angosta trocha. Apenas discernible bajo la pálida luz de la luna y las estrellas, constituía una ramificación del trazado principal y, como las innumerables veredas que desbrozaban los pobladores animales de la espesura, conducía al torrente. Era un excelente escondrijo para los centinelas de las bandas de forajidos, ya que les facilitaba el acceso a la senda si decidían arrojarse contra un rival y si, por el contrario, este último se les antojaba invencible, les proporcionaba una espléndida vía de escape.

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