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Recuerdos del futuro [Flashforward - es]

Электронная книга - «Recuerdos del futuro [Flashforward - es]». Краткое содержание книги:

Recuerdos del futuro es la historia de un asombroso descubrimiento en las instalaciones del CERN en Suiza. El equipo de investigación de Lloyd Simcoe y Theo Procopides está empleando el acelerador de partículas del laboratorio para buscar el esquivo bosón de Higgs, una partícula subatómica teórica. Pero su experimento sale terriblemente mal y, durante unos instantes, la conciencia de toda la raza humana es arrojada veinte años hacia el futuro.
Mientras la humanidad debe restañar los catastróficos efectos inmediatos del experimento (miles resultan muertos o heridos cuando el cuerpo de todos los hombres y mujeres queda inconsciente en el presente), las implicaciones más serias tardan algo en aparecer. Aquellos que no recibieron visión del porvenir tratan de descubrir cómo morirán, mientras que otros buscan a sus futuros amantes. Lloyd deberá superar la culpabilidad de haber provocado accidentalmente la muerte de la hija de su prometida, mientras Theo se ve atrapado en la investigación de su propio asesinato.
A medida que las verdaderas consecuencias de lo sucedido comienzan a hacerse claras, la presión para repetir el experimento aumenta sin cesar. Todos quieren un destello del futuro, una oportunidad para saltar y ser testigo de su éxito... o para aprender a evitar sus errores.
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La ONU debatió el asunto con sorprendente velocidad. Algunos habían pensado que, como el presente había resultado ser distinto al mostrado por las visiones, la gente podría decidir que unas nuevas visiones serían irrelevantes. Pero, en realidad, la respuesta general fue la contraria; casi todo mundo quería echarle un nuevo vistazo al mañana. El Efecto Ebenezer seguía siendo poderoso. Y, por supuesto, ahora había toda una generación de jóvenes nacidos después del 2009. Éstos se sentían marginados, y exigían la oportunidad de experimentar lo mismo que sus padres; un destello de su posible futuro.

Como antes, el CERN era la clave para desentrañar el mañana. Pero Lloyd Simcoe, que ahora contaba sesenta y seis años, no sería parte del intento de réplica. Se había retirado hacía dos años y había declinado volver al CERN. No obstante, él y Theo habían compartido un premio Nóbel. Se lo habían concedido en 2024, pero no en honor de nada relacionado con el efecto de desplazamiento temporal, ni por el bosón de Higgs, sino por la invención conjunta del colisionador de taquiones-tardiones, el instrumento portátil que había dejado fuera de la circulación los gigantescos aceleradores de partículas en sitios como el TRIUMF, el Fermilab y el CERN. Casi todo el CERN estaba ya vacío, de hecho, aunque el colisionador original de taquiones-tardiones se encontraba en el campus.

Quizá Lloyd no quisiera tener nada que ver con el nuevo experimento porque su matrimonio con Michiko se había derrumbado después de diez años. Sí, habían tenido una hija juntos, pero siempre, en lo más profundo, sin siquiera reconocerlo al principio, Michiko tuvo la sensación de que Lloyd había sido en cierto modo responsable de la muerte de su primera hija. Ella se había sorprendido, sin duda alguna, la primera vez que aquella acusación surgió durante una discusión entre los dos, pero allí estaba.

Tampoco cabían dudas sobre su mutuo amor, pero habían decidido que simplemente no podían seguir viviendo juntos, no con aquella losa, por difusa que fuera, contaminándolo todo. Al menos no había sido un divorcio doloroso, como el de los padres de Lloyd. Michiko volvió a Japón, llevándose con ella a su hija Joan; Lloyd sólo podía visitarla una vez al año, en Navidad.

Lloyd no era imprescindible para la repetición del experimento original, aunque su colaboración hubiera sido una gran ayuda. Pero estaba felizmente casado de nuevo, y sí, era con Doreen, la mujer a la que había visto en su visión, y sí, tenían una cabaña en Vermont.

Por su parte, Jake Horowitz, que había dejado hacía mucho el CERN para trabajar en TRIUMF con su mujer Carly Tompkins, aceptó regresar durante tres meses. Carly viajó con él, y los dos tuvieron que soportar bromas sobre qué laboratorio del CERN pensaban “bautizar”. Llevaban casados dieciocho años y tenían tres hijos maravillosos.

Theodosios Procopides y otras trescientas personas seguían trabajando en el CERN con el CTT. Theo, Jake, Carly y una dotación técnica corrían contra el tiempo para conseguir que el colisionador de hadrones estuviera a tiempo para funcionar de nuevo, tras cinco años en desuso, antes de que llegaran los neutrinos de Sanduleak.

29

Theo, que contaba cuarenta y ocho años, estaba personalmente encantado de que la realidad del 2030 hubiera resultado distinta de la mostrada en las visiones de 2009. Se había dejado crecer una delgada barba que cubría su mandíbula, ahorrándole el aspecto de alguien que necesitaba otro afeitado a media mañana. El joven Helmut Drescher había dicho que podía ver el mentón de Theo en su visión; la barba era uno de los pequeños detalles que Theo empleaba para reforzar su libre albedrío.

Sin embargo, a medida que la fecha de la repetición se acercaba, su aprensión no dejaba de crecer. Trató de convencerse de que eran nervios por si algo salía mal y el mundo se venía abajo, pero el LHC parecía funcionar a la perfección, de modo que tuvo que admitir que no se trataba en realidad de eso.

No, lo que le ponía nervioso era el hecho de que el día en el que, según las visiones de 2009, iba a ser asesinado, se acercaba rápidamente.

Descubrió que era incapaz de comer y de dormir. Si hubiera logrado determinar quién quería matarlo, quizá la cosa hubiera sido más fáciclass="underline" sólo tendría que evitar a aquella persona. Pero no tenía ni idea de quién había disparado, de quién dispararía, de quién podría disparar…

Al final, de forma inevitable, llegó el lunes 21 de octubre de 2030: la fecha que, al menos en una versión de la realidad, estaba grabada con láser en la tumba de Theo. Aquella mañana se despertó con sudores fríos.

En el CERN aún quedaban montañas de trabajo, ya que sólo restaban dos días para el impacto de los neutrinos de Sanduleak. Trató de apartarlo todo de la cabeza, pero incluso después de llegar al despacho fue incapaz de concentrarse.

Poco después de las diez de la mañana ya no pudo soportarlo más. Dejó el centro de control del LHC, poniéndose antes una gorra beige y unas gafas de espejo. No hacía mucho sol; la temperatura era fresca, y la mitad del cielo estaba cubierto de nubes, pero ya nadie salía sin protección para la cabeza y los ojos. Aunque por fin se había detenido la desaparición de la capa de ozono, no se había conseguido nada eficaz para restaurarla.

El sol se reflejaba en los pináculos rocosos del macizo Jura. En el estacionamiento había un autobús de Globus Gateway; el casi desierto CERN no era una atracción estelar de la Guía Michelin, por supuesto, y, con el frenesí del intento de reproducción, tampoco se permitían turistas. Aquel autobús había sido fletado para traer a un grupo de periodistas desde el aeropuerto, llegados para cubrir los trabajos que conducirían al experimento.

Theo se dirigió a su coche, un Ford Octavia rojo, un vehículo bueno y práctico. Había pasado la juventud jugando con aceleradores de partículas de miles de millones de dólares, y no necesitaba coches espectaculares para demostrar su valía.

El vehículo lo reconoció al acercarse, y Theo asintió para indicarle que quería entrar. La puerta lateral se deslizó hacia el techo. Aún se encontraban coches con bisagras en las entradas, pero los espacios de estacionamiento eran tan pequeños en casi todos los centros urbanos que las puertas que no requerían espacio adicional eran más convenientes.

Entró en el coche y le dijo a dónde quería ir.

—A esta hora del día —explicó el vehículo con una agradable voz masculina— será más rápido ir por Rue Meynard.

—Muy bien —respondió Theo—. Tú conduces.

El coche obedeció, elevándose del suelo y comenzando su travesía.

—¿Música o noticias? —preguntó el coche.

—Música.

El Ford eligió uno de los grupos favoritos de Theo, una popular banda coreana de jag. Pero la música hizo poco por calmarlo. Maldición, sabía que ni siquiera tenía que estar en Suiza, pero el colisionador de hadrones seguía siendo el instrumento más grande del mundo en su categoría; todos los intentos anteriores a la invención del CTT por revivir el proyecto del Supercolisionador Superconductor, cancelados por el Congreso de los EE.UU. en 1993, habían fracasado, y operar y reparar aceleradores de partículas era un arte en vías de extinción. Casi todos los que habían construido los aceleradores LEP originales, el primero de ellos instalado en el gigantesco túnel subterráneo del CERN, estaban muertos o jubilados, y sólo unos pocos de los usuarios del LHC, que entró por primera vez en servicio hacía un cuarto de siglo, seguían esa línea de trabajo. Por tanto, la experiencia de Theo era necesaria en Suiza, pero no tenía la menor intención de quedarse quieto para facilitar el trabajo a un posible asesino.

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