El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– Muy amable, señoría.
– Llámame -dijo ella-. Comeremos juntos.
Luego se arrebujó en la túnica negra mientras ascendía a su lugar superior. Ya tenía la cara contraída en su habitual semblante de irritación. Más abogados. Más disputas. Más decisiones. Siempre adelante.
Appleton y Remo habían esperado a unos metros.
– Moses -dijo Stern en el pasillo-, ya hablaré contigo.
Luego condujo a Remo a la sala de los abogados, una tranquila habitación con antiguos escritorios de roble y paredes con fotos en blanco y negro de jueces del pasado, todas cubiertas de polvo y al sesgo. Stern sintetizó rápidamente lo que había ocurrido. La juez pronto querría saber si Remo se declararía culpable o no. Stern le pidió de nuevo que se presentara a juicio, pero Remo insistió en negarse.
– Esto es como el asunto de los viernes -dijo Remo-. ¿Sabe a qué me refiero?
Stern no lo sabía. Meneó la cabeza.
– ¿Cuál es su religión? -preguntó Remo-. Católico, ¿verdad?
Stern meneó la cabeza una vez más. Muchos cometían el error de Remo al oírle el acento hispano. Después de tantos años, el pobre Remo se quedaría de una pieza al enterarse de la verdad. Pero Remo no hizo más preguntas. Estaba absorto en sus propias palabras.
– Verá, en la religión católica, cuando yo era chico, los curas decían que no se debía comer carne en viernes. Pescado, sí. Gelatina, sí. Pero carne, no. Pero, verá usted, muchos lo hacían. Muchos. A veces uno se olvidaba, comía un bistec y luego se acordaba de que era viernes. A veces era a propósito. Recuerdo que cuando yo estaba en St. Viator's, algunos de nosotros comíamos hamburguesas sólo los viernes. Nos sentábamos junto al escaparate y mostrábamos las hamburguesas a las monjas cuando pasaban. En serio. -Remo rió, torciendo la cara morena-. Menudos pillastres.
»Pero de pronto los curas cambian de idea. ¿Entiende? Ahora está bien. Uno puede comer lo que quiera. ¿Pero qué pasó con todos los tíos que arden en el infierno por comer carne los viernes? ¿Usted cree que los dejaron salir? Fui a ver al cura, porque me intrigaba. Le pregunté: "¿Esos tipos quedan libres o qué?". "Oh, no", me dijo. "Las reglas de Dios son las reglas de Dios. No se pueden saltar a la torera." Claro que no me dijo eso exactamente, pero usted ya me entiende.
»Así que esto es como el asunto de los viernes. Es todo mentira. Yo no hice nada. Lo juro, no fue cosa mía. Me enteré de que iban a hacerlo y fui para ver si me daban un poco de carne.
»Pero tal vez estos tíos y yo hemos hecho algunos trabajitos antes. ¿Entiende? Así es como funciona. Es como lo de los viernes, nos culpan por lo que hemos hecho antes. ¿Qué se le va a hacer?
Remo movió los hombros y alzó las manos: él no controlaba el universo de Dios, apenas entendía algunas de las reglas. Sus ojos castaños trasuntaban una profunda convicción. Stern reprimió su deseo de discutir. Detrás de Remo vio a Sonia Klonsky, agobiada por carpetas. La llamó y se despidió apresuradamente del cliente, dejando atrás al único hombre del tribunal que no tenía dudas sobre la justicia.
– Debo hablar con usted acerca de Margy Allison -dijo cuando la alcanzó.
Klonsky había pasado la típica mañana de una ayudante, yendo de una sala a otra, dejando mensajes para que sus casos continuaran su trámite mientras ella corría de un tribunal al otro. Stern quiso quejarse por la conducta del gobierno, que no le había enviado a él la citación de Margy, pero Klonsky no demostró arrepentimiento.
– Usted sabía cuál era nuestra posición -dijo, caminando resueltamente hacia una sala-. ¿Quién será el abogado de ella?
– ¿Será testigo?
– Por ahora no.
– Entonces me propongo representarla.
Klonsky también estaba preparada para eso.
– Stan cree que puede haber un conflicto de intereses.
– ¿Podría explicarme por qué?
– No.
– Entonces agradezca al fiscal federal su interés por mi conducta ética, pero transmítale que seré el abogado de la señorita Margy Allison -replicó con una sonrisa afable. Se proponía demostrar firmeza, no brusquedad-. ¿Puedo hacerle unas preguntas como abogado de Margy?
– Si insiste.
– ¿Qué desea de ella?
– Algunos documentos. -Klonsky sonrió pero no aminoró el paso-. Algunas preguntas. Tengo que ver a Pivin.
Señaló la sala del juez Albert Pivin, quien con sus setenta y ocho años seguía en plena actividad. Stern la siguió al interior, pero el escribiente la vio y la llamó de inmediato.
Stern fue a esperar al pasillo. Ella salió poco después y lo miró desconcertada. Al parecer había creído que se lo había quitado de encima.
– Mire, Sandy. Personalmente no me importa hablarle. Pero usted sabe cómo se pone Stan. Está al frente de una situación difícil.
Stern la siguió al guardarropa, donde ella cogió un impermeable ligero y bajó por la escalera de alabastro del tribunal. Al parecer ya había terminado sus tareas allí.
– ¿Qué le ha dicho Stan Sennett sobre mí?
– Oh, no sea así. Él le tiene un gran respeto. Todos lo respetan, y usted lo sabe. Francamente, parecía muy preocupado cuando le dije que usted trabajaría en este caso. Se supone que yo no debería admitir eso, ¿verdad?
– Oh, el señor Sennett no me teme -objetó Stern-. A los fiscales con experiencia les gusta alabar a sus oponentes. Esto hace más sabrosa la victoria.
Desde luego, esta galantería estaba destinada al fiscal federal. Como todos los hombres inseguros, Sennett era sensible a las adulaciones, y el carácter sudamericano de Stern siempre procuraba apaciguar a los poderosos.
Klonsky se echó a reír.
– Vamos -apuntó-. Lo tomamos tan en serio como usted se merece.
Abrió las puertas del tribunal. Terminaba la primavera. El viento aún era dulzón y el aire claro, antes de cargar con la pesadez del verano.
– Ustedes están limitando la información que yo recibo para proteger a ese informante.
Klonsky hizo una mueca, dando a entender que había captado que él intentaba tenderle una trampa, y no respondió.
– Por favor -insistió Stern, cogiéndole el brazo-. Debo hacerle un par de preguntas acerca de Margy. Permítame invitarla a un café. No he desayunado.
Señaló un pequeño restaurante de la esquina, llamado Duke's, y para su sorpresa ella aceptó de inmediato.
Era cierto que tenía hambre y Klonsky, a pesar de todo, le resultaba una compañía grata e interesante. Al principio había esperado que en una atmósfera más cordial ella fuera una guardiana menos celosa de los secretos oficiales. Klonsky, como había demostrado con su comentario acerca de Sennett, no tenía pasta para ser discreta. Comprendía ese papel, pero su temperamento expansivo aún no se ceñía del todo a las normas de los abogados. Como muchos picapleitos jóvenes, imitaba a su mentor -Sennett, en este caso- en vez de actuar por cuenta propia.
Duke's era un sitio pequeño y grasiento con una parrilla abierta bajo una campana de aluminio y varias mesas de fórmica. Klonsky se sentó y dejó sus carpetas. Frunció el gesto ante el olor a fritanga.
– Maravilloso -comentó.
– No exageremos. Digamos que es aceptable. ¿Nunca había venido?
Ella meneó la cabeza.
– El propietario -explicó Stern- es ese individuo moreno que está en la cocina. Un rumano. Es famoso por sus salchichas. Las prepara él mismo y en la carta las describe apropiadamente como «Destrucción». ¿Va a comer?
Stern ya tenía el menú en la mano.
– No debería -objetó ella-. Ya he engordado seis kilos. -Pero aun así cogió el menú-. Su yerno ha conseguido un abogado. Me sorprendió un poco que usted le diera esa referencia.
– Oh, bien -comentó Stern con una sonrisa.
Era un experto en mostrarse afable sin decir nada; el modo en que John escogía a su abogado no era asunto de la fiscalía. Le había preocupado no recibir noticias del yerno, pero al parecer John había seguido el consejo de Stern y había acudido a Raymond Horgan. Muchas personas de la comunidad legal estaban desconcertadas por la afinidad de Stern con Horgan. Cuando Raymond era fiscal del condado, habían librado célebres batallas que culminaron en incómodos momentos tres años atrás, cuando Stern había interrogado a Horgan, quien era testigo de la fiscalía en el juicio por homicidio de Rusty Sabich, anterior representante de la fiscalía de Raymond. Pero la ley, como la política, creaba extrañas alianzas. La importante firma de Horgan enviaba a Stern casos que no podía manejar a causa de conflictos de intereses; como Stern no podía competir en otras tareas legales de las grandes empresas, les devolvía el favor.