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El peso de la prueba

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– ¿Por alguna razón específica?

– Pensé que debía dedicarme a algo mejor.

Ambos guardaron silencio.

Cuando esa noche se despidieron junto al emblema de hierro forjado de las verjas que rodeaban la elegante residencia georgiana de Henry Mittler en Riverside, ella le dio la mano y sonrió a su pesar, y le hizo prometer que la semana siguiente la invitaría a cenar. Luego subió la escalera alzándose la falda de crinolina y las enaguas, y sin mirar atrás atravesó a la carrera las puertas, grandes como las de una misión. ¿Estaba al borde del llanto? Algo había ocurrido. De pronto Clara había perdido contacto, absorbida por sus problemas. Una joven fascinante, inteligente y tierna. Y, por la avidez con que le había pedido que llamara, estaba seguro de que no había querido desalentarlo. Pero al escrutar en la oscuridad el ladrillo ocre y los macetones de hierro de la casa de Henry Mittler, sintió el peso de una huraña convicción. Nunca averiguaría qué ocurría allí dentro.

21

Con el aire abyecto de costumbre, Remo Cavarelli esperaba en el corredor de mármol frente a la sala de la juez de distrito Moira Winchell. Stern llevaba a Remo como una corbata vieja: demasiado chillona y rara para acompañar cualquier prenda del guardarropa. Con sus manos toscas y su jerga del Distrito Norte, Remo era causa de confusión para los jóvenes abogados de la oficina, acostumbrados a la actual clientela de Stern: negociantes y profesionales acuciados por apetencias materiales o atrapados en circunstancias ambiguas. Pero Remo había sido cliente durante casi tres décadas y Stern se negaba a abandonarlo. Se había acercado a Stern en los atestados pasillos del tribunal del Distrito Norte y reaparecía de vez en cuando metido en algún lío, un hombre tosco con la cara curtida y morena de un marinero.

Remo era ladrón. Practicaba el robo con actitudes semejantes a las de un cazador profesional. Admiraba lo que robaba, le gustaba tomarlo, esperaba hacerlo de nuevo. Los arrestos le parecían gajes del oficio. Cada vez que iba a la cárcel -y ya había cumplido tres sentencias- lamentaba la repercusión que esto tenía en su familia. En la última ocasión, recordaba Stern, Remo había llorado al pensar que estaría separado de su hijo menor. Pero había crecido entre hombres que alardeaban de las sentencias que habían cumplido. Cada vez que lo capturaban, pues, Remo Cavarelli se declaraba culpable.

Así pensaba reaccionar ante la acusación de complicidad en el robo de un cargamento interestatal. No aquel día, desde luego. Como un hombre con dolor de muelas, lo único que consideraba peor que su trance actual era la solución. Pero tarde o temprano, cuando Stern había logrado un par de prórrogas, Remo se acercaba al estrado y admitía públicamente su culpabilidad. Y lo hacía desoyendo el consejo del abogado. Esta acusación del gobierno contaba con pocas pruebas: la presunta complicidad dependía de la casual aparición de Remo en el lugar donde descargaban carne vacuna de un camión refrigerador secuestrado. Stern había alentado a Remo a comparecer en juicio, incluso se había ofrecido a cobrarle una tarifa reducida, pero Remo no tenía interés. Los juicios eran para gente con posibilidades. Remo no tenía ninguna. A estas alturas, con su cuarta condena, Remo corría el riesgo de pasar varios años entre rejas, pero se mostraba obstinado.

Delante de la puerta del tribunal, Remo estrechó la mano de Stern, quien le explicó qué iba a ocurrir en aquella sesión. Ya había vencido el período de mociones preliminares y la juez Winchell fijaría una fecha para el juicio. Remo sólo tenía que permanecer junto a Stern. Su presencia no era necesaria, pero Stern pidió a Remo que asistiera. Parecería un sujeto manso ante los abogados, mientras hablaban una jerga incomprensible para él. La chaqueta le colgaba como si fuera prestada; la ancha corbata tenía un nudo enorme y elevaba las puntas del cuello de la camisa de poliéster. Remo escucharía con la cabeza gacha, las manazas a los costados, como si torpes sensores ya captaran el frío grosor de las rejas. Remo ya había representado antes ese número, y de pie junto a Stern era capaz de romper el corazón más duro.

Hoy tendría la oportunidad. Moira Winchell había empezado como fiscal federal y había pasado varios años como representante de una prestigiosa firma, una de esas abogadas que se encargaban de complejos pleitos civiles cargando con gigantescas masas de documentos y que rara vez llevaban los casos a juicio. Diez años atrás había sido la primera juez femenina del distrito, y luego sus colegas la habían elevado a jefa. Moira fue justamente celebrada como la mujer que había superado generaciones de discriminación. Pero ella había triunfado por una razón. Era dura de roer. Por otra parte, su puesto la había endurecido aún más. No todos sabían hacer frente a las vicisitudes de la vida de un juez federaclass="underline" órdenes del día sobrecargados, abogados burlones, un sueldo magro y un poder casi ilimitado. Llegaban a su puesto halagados por la aclamación de sus pares, y al poco tiempo se volvían temperamentales como Calígula. Moira Winchell era una de ellas: incisiva, sarcástica, a veces cruel. Stern había sido rival de Moira años atrás, cuando ella era fiscal, y habían entablado una relación de respeto mutuo. Recientemente, el juez Jason, esposo de Moira y profesor de derecho, había pasado algunos intervalos con Stern y Clara en la sinfónica. Allí, aplacada por la música, Moira era afable, aunque un poco altanera. Pero en el tribunal era más dura que el granito.

– Señor Stern, ¿qué haremos con este asunto?

Desde la considerable altura del estrado, la juez Winchell lo interpeló en cuanto el escribiente anunció el caso. No parecía prestar atención a Moses Appleton, el ayudante de la fiscalía que estaba junto a Stern, del lado opuesto al de Remo. Moses, un joven negro, era un abogado excelente -hecho para grandes cosas-, pero para muchos jueces todos los fiscales eran como los indios de madera de las tabaquerías: funcionarios jóvenes e intercambiables que por rutina clamaban pidiendo venganza.

Stern alegó que el fiscal no había presentado suficientes pruebas sobre el caso para que él determinara si se debía «resolver sin juicio», una oblicua referencia a la admisión de culpabilidad. La juez Winchell, que lo había oído todo, pidió silencio. En la gran sala, los abogados que aguardaban su turno en el podio permanecían sentados en bancos de laca oscura, escuchando a la juez como una respetuosa congregación mientras cobraban honorarios legales con incrementos cada seis minutos.

– Dos semanas para que el gobierno presente una declaración acorde con el reglamento 801, respaldada por formularios 302 y un testimonio del gran jurado. Fijaremos el juicio para dos semanas más tarde. Sin postergaciones. Deles una fecha -indicó la juez Winchell al escribiente, que estaba sentado un metro más abajo. El escribiente, Wilbur, que seguía las órdenes de la juez, anunció un día del mes siguiente como si proclamara el juicio final.

Remo habló por primera vez.

– ¿Tan pronto? -susurró.

– Cállate -indicó Stern.

La juez Winchell se echó hacia atrás el pelo lacio y oscuro.

– Señor Stern, ¿puedo hablar con usted? -La juez bajó por la escalera que había junto al estrado y dirigió una seña a Appleton para indicarle que no era preciso que se acercara. Stern sabía lo que se avecinaba-. Sandy -dijo Moira Winchell, de pronto a su lado y a su altura-. Lamento muchísimo lo de Clara. Todos pensamos en ti.

Apoyó la larga mano en el hombro de Stern y le dirigió una mirada de auténtica tristeza. Stern se sintió extrañamente conmovido por la sinceridad de la juez. Bajo la fuerte luz de la sala, donde Moira no se molestaba en usar maquillaje, Stern quedó impresionado por el deterioro de sus rasgos. La bonita cara irlandesa mostraba profundas arrugas y los ojos no tenían brillo. Uno tendía a olvidar los intensos esfuerzos que realizaba. El mundo la observaba esperando un error grave y ella lo sabía.

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