El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– ¿El asunto? -preguntó John.
– El gran jurado -dijo Stern, bajando la voz.
– Oh. -John se acomodó las gafas sobre la nariz y siguió mirando la televisión-. Bien.
– Klonsky, la ayudante de la fiscalía, me contó que habías encontrado un abogado.
– Supongo.
John se encogió de hombros. Era momento para los deportes; el resto eran temas aburridos, cosa del trabajo.
– Estás en excelentes manos. Raymond tiene mucha experiencia.
John se quitó las gafas.
– Oh, no me quedé con él. Tengo a un tío llamado Mel.
– ¿Mel? -preguntó Stern- ¿Mel Tooley?
Era un artículo de ética profesional no hablar mal de ningún otro abogado ante un cliente, pero Stern no pudo disimular su rechazo. Mel Tooley no figuraba en la lista que le había dado a John. La única lista de Stern donde Tooley podría figurar sería una que nombrara a la hez de la tierra. Tooley, que había sido jefe de la División de Investigaciones Especiales de la fiscalía federal hasta que inició la práctica privada un año atrás, era uno de esos abogados que parecían atraídos por su profesión porque legitimaba ciertas formas del engaño. Las desavenencias entre Stern y Tooley eran célebres y legendarias. Con razón Klonsky había dicho que le sorprendía. ¿Cómo había terminado John en garras de ese sujeto?
Su yerno recogió la caja que contenía las salchichas y las cervezas y subió por la escalera de cemento para regresar a la tribuna. Stern, consumido por angustias paternales y normas profesionales, lo siguió, recordándose que no era asunto suyo el modo en que John elegía a su abogado, aunque fuera Mel Tooley.
En la escalera tropezó con Kate, que bajaba. Ambos soltaron una exclamación. Stern rió pero ella pareció sobresaltada de verlo, así que Stern le preguntó si estaba bien. En la escalera, con mejor luz, reparó de nuevo en el aspecto de Kate. Llevaba un bonito traje marinero con corbata roja, pero parecía tensa y crispada. Stern sospechó que se debía a algo más que al embarazo. Los problemas de John estaban cobrando su precio. De pronto pensó que ésta era la cara de la verdadera madurez de Kate. Lo que él había esperado tanto tiempo ahora comenzaba. Le tocó la mano.
– Kate, ¿estás bien? -preguntó de nuevo.
– Bien -respondió ella.
Sólo iba al lavabo. Se tocó el vientre y añadió que era la tercera vez.
– ¿Pero todo lo demás…?
– ¿Te refieres a John? -Kate hizo una mueca y se tocó de nuevo el vientre. Iba a hablar pero se contuvo-. No debería decir nada.
Kate había recibido instrucciones. Estaba al corriente de todo. Conocía los datos y los procedimientos. Tal vez supiera más que él.
– De acuerdo. Sólo quería tranquilizarte.
– Papá…
– Tengo experiencia en estas situaciones, Kate. Confía en mí. Todo saldrá bien.
– Ojalá, papá.
– Debes tener paciencia. Tal vez esto dure más de lo que quisiéramos. Pero no te preocupes.
– Papá, por favor. Empiezas a hablar como mamá. Ella nunca quería que me preocupara. «No te preocupes, Kate, no te preocupes.» -Kate alzó las manos, irritada-. A veces me pregunto si temía que la preocupación me fuera a derrumbar o algo parecido.
Stern reflexionó sobre esta extraña queja, sin saber cómo responder.
– No es tan fácil, papá, créeme -suspiró Kate con cierta angustia, bajando otro escalón-. Tengo que ir al lavabo -añadió, partiendo en esa dirección.
Stern la miró con asombro. ¿A qué venía esa última frase? Pero creía entender por qué estaba tan alterada. No sólo se inquietaba por John, sino también por él. Al igual que su padre, Kate sabía más cosas acerca de John de las que hubiera querido. John seguía adelante, dormía de noche, pero su esposa no podía pegar ojo. Stern rezongó en voz baja. Cuando salió al aire de la noche, la multitud celebraba una fabulosa jugada del catcher Tenack. Al subir, Stern había visto pasar la bola como una estrella fugaz.
Siguiendo un acuerdo previo, Rob y Maxine fueron a pasar la noche en casa de Kate y John, una oportunidad para una visita más íntima. Helen, sintiendo las aprensiones de una madre ante la casa vacía, le suplicó a Stern que se quedara con ella.
– Sólo para dormir -dijo Helen, que parecía muy cansada.
En su habitación, Helen se quitó la ropa sin ceremonias, la dejó en el suelo y se tendió desnuda en la cama. Stern sabía que le gustaba desnudarse sin temor de que él la escrutara bajo la fuerte luz del techo. Mira lo que quieras. Helen se había esforzado, pero a decir verdad parecía algo maltratada por la experiencia: abotargada y floja aquí y allá, las piernas con varices hasta el trasero. Estas observaciones no eran críticas. Stern mismo no era un gran ejemplo de estado físico, aunque él no había tenido que soportar dos embarazos. Últimamente le había turbado descubrir pelos blancos en el pubis. Pero él y Helen se aproximaban al mismo punto: no estaban en las últimas, pero sí maltratados, vacilantes, perdiendo la batalla ante las fuerzas superiores de la física, la gravedad y el tiempo. Estos elementos quedaban más allá de la voluntad de Helen.
Stern, que aquí había desarrollado su propia rutina, tapó a Helen, echó al gato y cerró las puertas. Pero no las tenía todas consigo. Podría ser catastrófico para Dixon que John estuviera en manos de un abogado hostil; pero durante décadas había podido acallar estas preocupaciones de noche. Al dormirse, pensó un instante en Kate, transformada por el mundo de las preocupaciones adultas, y luego en Nate Cawley, a quien todavía debía acorralar. Mañana lo pillaría. Stern no atinaba a dormirse del todo. Al final fue una noche de sueños inquietos. En uno de ellos, Stern, desde el suelo, veía un pájaro yerto en la nieve, bajo las ramas de un pino. Una mano de mujer levantaba el pájaro, un objeto maltrecho con plumas negras y blancas. La mujer acariciaba el pecho del pájaro y afirmaba que tenía el ala rota, pero que sanaría. La voz era risueña como un gorjeo. Al despertar en la habitación de Helen, con la fuerte luz de la mañana reflejada tras las gruesas cortinas, Stern no recordó nada de esa mujer salvo la alentadora predicción. Helen seguía dormida. Stern le tocó el hombro, pero tenía la certeza de que la voz, el gorjeo que había oído en el sueño, no era de ella.
23
Kate le había comprado a Stern un contestador automático. A pesar de su amor por los aparatos, él había jurado que nunca se compraría uno. Ya era un esclavo del teléfono y además le molestaba oír su voz grabada, su acento se notaba más de lo que él imaginaba. Pero no podía despreciar la generosidad de su hija. Casi todos los días Kate dejaba algún mensaje alentador en la máquina (últimamente, con los problemas de John, a Stern le parecía detectar un tono sombrío en el saludo de Kate); Helen a menudo también grababa alguna palabra de ánimo, de modo que Stern, casi contra su voluntad, ansiaba llegar a casa para jugar con los botones. Esa noche, sin embargo, la primera voz que oyó fue la de Peter. «Es tiempo de pedir hora para el análisis de sangre.» Típicamente directo… e indiscreto. Aunque la casa estaba vacía, Stern se acercó a la máquina para bajar el volumen.
Pero el mensaje le sirvió para recordar otra cosa. Junto a la ventana, aguardó a Nate Cawley. Había pasado varias noches trabajando ante la mesa del comedor con la esperanza de sorprender a Nate cuando llegara, pues había perdido toda esperanza de hablar con él por teléfono. Mientras esperaba, abrió la correspondencia. Una breve nota de Marta le recordó que llegaría dentro de un par de semanas, hacia el Cuatro de Julio, para seguir revisando las pertenencias de Clara.
Marta era lacónica en sus cartas, pero se había acostumbrado a llamar de noche, y a veces despertaba a Stern para entablar conversaciones largas y reflexivas. Marta seguía pensando en la muerte de Clara, que la enfrentaba a una enorme transformación. En sus vicisitudes, que contaba de buena gana, como de costumbre, Stern encontraba más cosas en común con la hija mayor. Sentado en la cama, escuchaba sus murmullos soñolientos pero intensos.