El Ruido de las Cosas al Caer
- Автор: Vásquez Juan Gabriel
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Ruido de las Cosas al Caer». Краткое содержание книги:
Eso me gustaría saber, cuántos salieron de mi ciudad sintiendo que de una u otra manera se salvaban, y cuántos sintieron al salvarse que traicionaban algo, que se convertían en las ratas del proverbial barco por el hecho de huir de una ciudad incendiada.
Yo os contaré que un día vi arder entre la noche / una loca ciudad soberbia y populosa, dice un poema de Aurelio Arturo. Yo, sin mover los párpados, la miré desplomarse, / caer, cual bajo un casco un pétalo de rosa.
Arturo lo publicó en 1929: no tenía forma de saber lo que le sucedería después a la ciudad de su sueño, la forma en que Bogotá se adaptaría a sus versos, entrando en ellos y llenando sus resquicios, como el hierro se adapta al molde, sí, como el hierro fundido llena siempre el molde que le ha tocado.
Ardía como un muslo entre selvas de incendio, y caían las cúpulas y caían los muros sobre las voces queridas tal como sobre espejos amplios… ¡diez mil chillidos de resplandores puros!
Las voces queridas. En ellas pensaba ese lunes extraño, cuando, después del fin de semana en casa de Maya Fritts, me encontré llegando a Bogotá por el occidente, pasando por debajo de los aviones que despegaban del aeropuerto El Dorado, pasando por encima del río, y subiendo luego por la calle 26. Eran poco más de las diez de la mañana y el trayecto había transcurrido sin percances, ni derrumbes ni trancones ni accidentes que me retuvieran en esa carretera tan estrecha por momentos que los vehículos tienen que tomar turnos para pasar. Yo iba pensando en todo lo que había escuchado en el fin de semana y en la mujer que me lo había contado, y también en lo que había visto en la Hacienda Nápoles, cuyas cúpulas y cuyos muros también habían caído, y también, por supuesto, iba pensando en el poema de Arturo y en mi familia, en mi familia y el poema de Arturo, en mi ciudad y el poema y mi familia, las voces queridas del poema, la voz de Aura y la voz de Leticia, que habían llenado mis últimos años, que en más de un sentido me habían rescatado.
Y eran como mis mismos cabellos esas llamas,
rojas panteras sueltas en la joven ciudad,
y ardían desplomándose los muros de mi sueño,
¡tal como se desploma gritando una ciudad!
Entré al parqueadero de mi edificio como si volviera de una prolongada ausencia. Desde la ventana me saludó un portero al que no había visto nunca; tuve que hacer más maniobras de las habituales para entrar en mi espacio. Al bajar sentí frío, y pensé que el interior del carro había conservado el aire cálido del valle del Magdalena y que a ese contraste se debía sin duda la cerrazón violenta de mis poros. Olía a cemento (el cemento tiene un olor frío) y olía también a pintura fresca: estaban haciendo unos trabajos que yo no recordaba, los habrían empezado durante el fin de semana. Pero los obreros no estaban, y allí, en el parqueadero de mi edificio, ocupando el lugar de un carro que había salido ya, había un barril de gasolina cortado por la mitad, y en él restos de cemento fresco.
De niño me había gustado la sensación del cemento fresco en las manos, así que miré alrededor -cosa de asegurarme de que nadie me viera y me tomara por un loco- y me acerqué al barril y hundí dos dedos cuidadosos en la mezcla ya casi endurecida. Y así subí al ascensor, mirándome los dedos sucios y oliéndolos y disfrutando ese olor frío, y así subí los diez pisos hasta mi apartamento, y estuve a punto de timbrar con los dedos sucios. No lo hice, y no fue sólo por no ensuciar el timbre o la pared, sino porque algo (una cualidad del silencio en esa planta alta, la oscuridad de los cristales ahumados de la puerta) me dijo que en la casa no había nadie que me abriera.
Ahora bien, hay algo que me ha pasado toda mi vida al regresar del nivel del mar a la altura bogotana. No es cosa mía solamente, por supuesto, sino que les pasa a varios e incluso a la mayoría, pero desde pequeño constaté que mis síntomas eran más intensos que los ajenos. Me refiero a una cierta dificultad para respirar durante los primeros dos días de mi regreso, una taquicardia leve que se desencadena con esfuerzos tan sencillos como subir una escalera o bajar una maleta, y que me dura mientras los pulmones se acostumbran de nuevo a este aire enrarecido. Eso me sucedió al abrir con mis propias llaves la puerta de mi apartamento. Mis ojos registraron mecánicamente la mesa limpia del comedor (no había sobres por abrir, ni cartas ni facturas), la mesita del teléfono donde la luz roja del contestador parpadeaba y el tablero digital me indicaba que había cuatro mensajes, la puerta batiente de la cocina (que se había quedado fija en una posición entreabierta, sería preciso aceitar la bisagra). Todo eso lo vi sintiendo que el aire me faltaba y que el corazón me lo estaba reclamando. Lo que no vi, en cambio, fue juguetes de ningún tipo. Ni en los rincones alfombrados ni abandonados en las sillas ni perdidos en el corredor. No había nada, ni las frutas de plástico ni su canasta, ni las tacitas de té desportilladas, ni las tizas del tablero ni papeles coloreados. Todo estaba en perfecto orden, y fue entonces que di dos pasos hacia el teléfono y puse a sonar los mensajes.
El primero era de la Decanatura de mi universidad, me preguntaban por qué no había ido a dar mi clase de siete de la mañana, me pedían reportarme en cuanto fuera posible. El segundo era de Aura.
«Llamo para que no te preocupes», decía esa voz, la voz querida, «estamos bien, Antonio. Leticia y yo estamos bien. Hoy es domingo, ocho de la noche, y no has venido. Y yo no veo adonde podemos ir ya. Tú y yo, quiero decir, no veo adonde podamos ir tú y yo, qué es lo que sigue después de esto que nos ha pasado. He tratado, he tratado mucho, tú sabes que sí. Y ya me cansé de tratar, hasta yo me canso. Ya no puedo más. Perdóname, Antonio, pero ya no puedo más, y no es justo con la niña». Esto decía: No es justo con la niña. Y luego decía otras cosas, pero el tiempo que le daba el contestador se le había acabado y el mensaje se le había cortado.
El siguiente mensaje también era de ella. «Se me cortó», decía con voz quebrada, como si hubiera llorado entre las dos llamadas. «Bueno, tampoco tengo nada más que decir. Espero que tú también estés bien, que hayas llegado bien, y que me perdones. Es que no pude más. Perdóname.»
Luego venía el último mensaje: era de la universidad nuevamente, pero no de la Decanatura, sino de la Secretaría. Me pedían que dirigiera una tesis, un proyecto absurdo sobre la venganza como prototipo legal en la Ufada.
Había escuchado los mensajes de pie, con los ojos abiertos pero sin mirar nada, y ahora los volví a poner para que la voz querida de Aura sonara mientras yo daba una vuelta por el apartamento. Caminaba despacio, porque el aire me faltaba: por más profundas que fueran mis inspiraciones, no lograba tener la sensación de respirar cómodamente, y se me figuraban sin esfuerzo los pulmones cerrados, los bronquios rebeldes, los alvéolos saboteadores negándose a recibir el aire. En la cocina no había ni un plato sucio, ni un vaso, ni un cubierto fuera de su sitio. La voz de Aura decía que se había cansado, y yo caminaba por el corredor hacia el cuarto de Leticia, y la voz de Aura decía que no era justo con la niña y yo me senté en la cama de Leticia y pensé que lo justo era que Leticia estuviera conmigo, que yo pudiera cuidarla como la había cuidado hasta ahora.