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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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Por supuesto, no pensarían así si la chica hubiera sido de buena cuna.

Nobleza obliga; los que discrepaban claramente interpretaban la frase de un modo distinto que Royce y ella.

El chal de lentejuelas no estaba en la caja. Frunció el ceño y metió las cosas de nuevo dentro, después levantó la tapa del baúl.

– Aja.

Lo desplegó y, como sospechaba, Cicely había dejado el broche clavado en el chal; lo cogió y se lo metió en el bolsillo. Dejó el chal en el baúl, bajó la tapa, y se levantó.

Justo cuando el sonido de unos pasos resonó en el pasillo más allá de la puerta abierta.

Pasos lentos, firmes, deliberados… los pasos de Royce.

Se detuvieron en el umbral.

Royce normalmente se movía imposiblemente silencioso. ¿Estaba permitiendo que se oyeran sus pasos porque sabía que ella estaba allí? ¿O porque pensaba que no había nadie alrededor que pudiera oírlos?

Se escondió en el fondo del panel; el grueso telón de terciopelo, que estaba cerrado, le daba cobertura extra, y aseguraba que su silueta no se viera recortada por la luz de la luna en el suelo ante el escenario. Deslizó los dedos entre el telón y el panel y echó un vistazo.

Royce estaba en el umbral. Miró la habitación, y después entró lentamente, dejando la puerta abierta.

Tensa, lo miró mientras caminaba por el pasillo central. Se detuvo a mitad de distancia del escenario y se sentó en una silla al final de una hilera; las patas de madera crujieron cuando se movió, y ese nimio sonido resonó en la noche. Extendió las extremidades y entrelazó las manos. Con la cabeza inclinada, parecía estar estudiando sus dedos entrelazados.

Royce pensó (de nuevo) en lo que tenía pensado decir, pero la necesidad era un clamor que llenaba su mente, que la ahogaba, apartando todas sus reservas.

A pesar de su indiferencia, sabía perfectamente bien que había estado a punto de morir aquel día. Había bailado cerca de la Muerte antes; sabía cómo era el roce de sus dedos helados. Se había arrepentido de varias cosas en el momento en el que Phillip parecía estar demasiado lejos.

Su principal arrepentimiento había sido sobre ella. Si hubiera muerto, no habría llegado a conocerla. No solo bíblicamente, sino en un sentido más profundo y amplio, algo que podría poner la mano en el corazón y jurar que nunca había querido antes de ninguna otra mujer.

Esa era otra razón por la que se había decidido a hacerla su esposa. Tendría años para aprender, para explorar, todas sus distintas facetas, su carácter, su cuerpo, su mente.

Aquella tarde, mientras se calentaba en su baño, había pensado en el extraño impulso que había provocado el hecho de que ella lo hubiera obligado a volver deprisa al castillo. Había deseado rodearla con el brazo y aceptar abiertamente su ayuda, apoyarse en ella (no solo físicamente) pero por alguna otra razón, algún otro consuelo. No solo por él, sino por ella, también. Aceptando su ayuda, reconociéndola… le mostraría que la recibía de buen grado, que estaba complacido, que se sentía honrado de que ella se preocupara.

No lo había hecho… porque los hombres como él nunca muestran tal debilidad. A través de su infancia, de sus años en el colegio, a través de la presión social le habían dado forma; él lo sabía, pero eso no significaba que pudiera escapar de sus efectos, a pesar de lo poderoso que era como duque.

Efectivamente, debido a que estaba destinado a ser tal poderoso duque, el condicionamiento incluso se había profundizado.

Y eso, en muchos sentidos, explicaba lo que había ocurrido aquella noche.

Bajo el fluir de sus pensamientos, había estado evaluando, calculando, decidiendo. Tomó aire profundamente, levantó la cabeza y miró a la izquierda del escenario.

– Sal. Sé que estás ahí.

Minerva frunció el ceño y salió de su escondite. Intentó sentirse irritada; en lugar de eso… descubrió que era posible sentirse tremendamente vulnerable e irresistiblemente fascinada simultáneamente.

Bajó del escenario y se dijo a sí misma, a sus descontrolados sentidos, que se concentraran en lo primero y olvidaran lo último. Que se concentraran en todas las razones que tenía para sentirse vulnerable junto a él. Para sentirse vulnerable al acercarse demasiado a él, en cualquier sentido.

Predeciblemente, mientras caminaba con fingida tranquilidad por el pasillo, sus sentidos, saltando con una agitada expectación, ganaron altura. Estar a menos de cuatro pies de él no era una buena idea. Aun así…

La luz de la ventana tras ella cayó sobre Royce, iluminando su rostro mientras, sentado, la miraba.

Había algo en su expresión, generalmente tan poco expresivo. No cansancio, sino más bien resignación… así como una sensación de… tensión emocional.

Tal observación la desconcertó, justo cuando tenía lugar otro desconcertante hecho. Minerva fijó su mirada en sus oscuros ojos.

– ¿Cómo sabías que estaba ahí?

– Estaba en el pasillo junto a su habitación. Te vi salir, y te seguí.

Minerva se detuvo en el pasillo junto a él.

– ¿Por qué?

La luz de la luna no llegaba a sus ojos; estos examinaron su rostro, pero Minerva no pudo leerlos, no más de lo que podía adivinar de sus pensamientos por la cincelada perfección de sus rasgos, aunque estos aún contenían esa tensión, una necesidad, quizá, o un ansia; a medida que el silencio se extendió lo sintió con más claridad… honesto, sincero, directo.

Real.

Un rizo de negro cabello había caído sobre su frente; sin pensarlo, Minerva extendió la mano y lo apartó de su rostro. Con sus dedos seducidos por la rica suavidad, y el matiz sensual, dudó, y después comenzó a retirar la mano.

El la cogió, atrapándola con la suya.

Minerva lo miró a los ojos, sorprendida.

Royce la mantuvo hechizada un largo momento y después, entrelazando sus dedos con los de ella, giró la cabeza y, lenta y deliberadamente, presionó sus labios contra su palma.

El sorprendente calor saltó como una chispa en su interior; el descaradamente íntimo toque la hizo estremecerse.

Royce movió la cabeza; sus labios vagaron hasta su muñeca, para otorgar allí una igualmente íntima caricia de amante.

– Lo siento -Las palabras la alcanzaron en un oscuro susurro mientras sus labios abandonaban su piel. Sus dedos se movieron sobre los de ella, encerrando su mano en la suya. -No pretendía que fuera así, pero… no puedo esperarte más.

Antes de que su cerebro pudiera descifrar el significado de aquellas palabras, y mucho menos reaccionar, Royce se puso de pie y, colocando su hombro contra su cintura, y usando el impulso para elevarla… con un único y suave movimiento la colocó sobre su hombro.

– ¿Qué…? -Desorientada, miró su espalda.

Royce se giró hacia la puerta.

Minerva se agarró a la parte de atrás de su chaqueta.

– Por el amor de Dios, Royce… ¡bájame! -Le hubiera dado una patada, o hubiera intentado bajarse de su duro hombro, pero él pasó un brazo de acero sobre la parte de atrás de sus rodillas, fijándola en su posición.

– Lo haré. Pero estate quieta un par de minutos.

¿Un par de minutos? Ya había salido al pasillo.

Agarrando la parte de atrás de su abrigo con ambas manos, miró a su alrededor, y después se agarró con fuerza cuando comenzó a subir; a través de la penumbra reconoció el vestíbulo ante las escaleras oeste de la torre… y las vio alejarse.

Un terrorífico pensamiento se formó en su mente.

– ¿Adónde me llevas?

– Ya lo sabes. ¿Quieres que te lo diga?

– ¡Sí!

– A mi cama.

– ¡No!

Silencio. No hubo respuesta, ni reconocimiento de ningún tipo.

Llegó a la galería y giró hacia sus habitaciones. Cualquier duda sobre lo que pretendía hacer se había evaporado con lo que había dicho. Se dio cuenta de lo desvalida que estaba; no podría evitar que aquello ocurriera sencillamente porque no sería capaz, no una vez que él la hubiera rodeado con sus brazos y la hubiera besado.

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