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Toda la belleza del mundo

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Jaroslav Seifert
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41. Una caja de puros holandeses

En los últimos años de su larga y rica vida, Karel Horky residió en el antiguo barrio de Praga, Staré Mésto, en la calle Havelská, muy cerca de la antiquísima iglesia de San Havel. Cada vez que pasaba por allí y tenía tiempo, me detenía un momento en la iglesia. A causa de un pequeño recuerdo sentimental.

En la oscura iglesia, hoy casi desierta, al lado mismo de la entrada, a la derecha, hay un pequeño altar con una estatua, blanca en su tiempo y hoy cubierta de polvo, de la Vir gen de Lourdes con un rosario en la mano. La conozco bien y ahora explicaré por qué.

En la avenida Národní, no sé exactamente dónde, había tenido su tienda de pianos la señora Benesova-Machainova, una mujer extraordinariamente piadosa. Al volver una vez de Lourdes trajo a Praga la estatua de la Virgen y la dedicó a esta iglesia ahora apacible, pero bastante tormentosa en otros tiempos. Durante tantos siglos pueden ocurrir muchas cosas. Ahora está tranquila, silenciosa y llena de melancolía. Incluso está cerrada la mayor parte del día. Es que habían robado allí los paños y los candelabros del altar, según me explicó una señora mayor que vendía velas.

Cuando trajeron esta estatua de la Virgen a la iglesia para ponerla sobre el altar y bendecirla, las campanas repicaban y yo estaba allí.

No tenía más de trece años. Y estaba con mi madre. Ya ni me acuerdo cómo llegó a Zizkov la noticia de la celebración. Fuimos allí acompañados de la señora Ruzickova, de la calle Dalimilova, con quien mi madre mantenía una antigua amistad. La señora Ruzickova tenía una hija, Helenka, a la que llevó consigo para formar parte de la muchedumbre de congregantes que estaban esperando delante de la iglesia. Helenka tenía un año más que yo y aquel día estaba especialmente bonita. La celebración fue muy hermosa, eso es cierto. En principio, yo no sabía dónde mirar, pero ya que Helenka me gustaba, la miraba a ella. Su rostro, con las trenzas negras en las sienes, parecía volar entre las nubes del incienso.

Yo llevaba en la solapa de la americana una ramita de romero con una cinta blanca. Igual que un novio. Nunca he sabido por qué. La madre de Helenka vigilaba a la hija con mucho cuidado. No le quitó la vista de encima ni durante la ceremonia religiosa. No porque estuviera preocupada por ella, sino, probablemente, porque también le gustaba. Estaba realmente guapa.

Una sola vez conseguí llevar a Helenka fuera de las calles de Zizkov. Nos fuimos a Praga. Pero no caminamos juntos hasta después de la estación del tren, porque teníamos miedo de ser vistos por alguien de Zizkov. Pero ya que no estábamos seguros ni en las calles de Praga, nos refugiamos en la iglesia de San Havel, escondiéndonos al lado de la Virgen. La iglesia estaba casi vacía; sólo en el otro extremo dormía una anciana al lado de un estante con velas. Nos cogimos de las manos, y cuando nos aseguramos de que no había nadie, silenciosamente, nos besamos. Fue al principio del verano y la iglesia estaba repleta de un embriagador aroma de lirios marchitos.

¿Pensáis que era un pecado? ¿Que era una profanación de un lugar sagrado? Nada de eso. Estábamos rezando al mismo tiempo. Hasta la Biblia dice:

Poderoso como la muerte es el amor, y como el infierno es inquebrantable la pasión. Su ardor es el ardor del fuego.

Sí, así es. Y he de sonreír recordando esto. ¡Con qué timidez le acariciaba la mano!

Helenka murió muy jovencita. En Zizkov hubo en cierto tiempo una epidemia de difteria. Yo la cogí también, pero me curé bastante pronto. Helenka murió.

Me he olvidado de ella como suele ocurrir cuando se es joven: rápidamente. ¡Pero hoy la recuerdo! Y la recordé siempre que iba a casa de los Horky. Era difícil no recordarla en aquellos lugares.

A Karel Horky le quería desde que era estudiante. Ya no me acuerdo qué era lo que más nos fascinaba de él. Probablemente fue su libro de lecturas que había encontrado en alguna parte el escritor, contemporáneo mío, Frantisek Némek. Lo leíamos con pasión. La admiración hacia Horky no nos abandonó ni cuando empezamos a leer autores como Gellner y S. K. Neumann. En él veíamos a un escritor valiente, libre e inconformista que no tenía miedo a decir lo que pensaba.

Después de varios años, cuando yo ya había publicado más de un libro y me podía considerar escritor, conocí a Horky. Estaba sentado en el café Slávie, leyendo el diario, cuando se paró ante mi mesa un hombre ya mayor, de aspecto agradable, de ojos inteligentes y melena canosa. Me miró afectuosamente:

– ¿Verdad que es usted Seifert? Yo soy Karel Horky.

Entonces nos hicimos amigos y de vez en cuando nos veíamos. Horky era una persona animada, con una enorme curiosidad, tal como solían serlo los periodistas buenos. Como autor de folletines yo le había situado desde hacía tiempo entre Jan Neruda y Karel Capek, dos maestros de este género. La vida no le dejaba descansar y el no dejaba descansar a la vida. Era impulsivo, rápido y atento, estaba en todas partes y sabía escribir muchas cosas. En su juventud todavía no se había inventado el reportaje, todo tenía que caber en la forma de folletín. Y le cabía. Sabía ser sinceramente humano y poéticamente cálido y convincente. Sabía hablar al corazón, como suele decirse, y al mismo tiempo mantenía un tono bastante elevado. De sus libros me interesó el primer tomo de sus memorias. El otro no lo conozco. Se llamaba La pipa de la paz. Era un libro animado y gracioso, contado con placer y, por ello, cautivador. Se trataba de un amplio fragmento de la vida literaria checa, no del todo desconocido, pero descrito de manera nueva, con humor y gracia. Es una lectura maravillosa para esos momentos en que las historias novelescas nos dejan de interesar. El libro salió, pero en seguida lo prohibieron. Sólo se salvó un ejemplar, quizás dos. No se prohibió por su contenido, sino a causa del nombre del autor. Porque Horky, en sus años jóvenes, estuvo alguna vez en la derecha de nuestra vida política. Así, por ejemplo, defendió a su suegro Dürich contra Masaryk, aunque hay que reconocer que nunca había sobrepasado la medida del buen gusto. Pero aquello le marcó para siempre, a pesar de que más tarde consiguió la simpatía de la gente con su postura tranquila e inteligente. Así lo demuestra su continua relación con gente del campo opuesto. Era un adversario, no un enemigo.

Cuando Horky cumplió setenta y cinco años, fui a felicitarle. Y le escribí una felicitación en verso. Bueno, no era exactamente una felicitación.

En uno de sus viajes por el mundo, de joven, Horky estuvo en Lourdes, donde hay un manantial milagroso. Estuvo allí siete días, lo observó todo a fondo y publicó a la vuelta un librito basado en su visita: Siete días en Lourdes. Lo escribió con rabia, con una brutalidad juvenil. Profanó la visión de la pequeña Bernardette Soubirous y también la de la que se le apareció. El librito alborotó a los católicos checos:

Por aquí pasó un poeta pecaminoso, así lo dice el librito.

Luego me dirigía con un ruego a la Virgen de Lourdes, cuya cueva sagrada atacó Horky con tanta intransigencia:

A ti seguro te importó poco y la vida siguió. Y como una burla, tu bella figura de San Havel como si mirara dentro de su casa.

De niño llevé tu imagen a esa iglesia, mirando las velas. Fue entonces cuando me enamoré en las trenzas negras de una chica.

Por eso vuelvo siempre a tu templo en el umbral de la vejez. Tu mirada sigue siendo tan bonita como lo era hace años.

Después, con una dosis de ironía, le pedía a la Virgen que perdonase al viejo poeta y que le concediese al menos otros veinte años de vida. Tenía muchos proyectos y muchas ideas; pero, en vez de la pluma, tenía que coger una bolsa de compras y buscar, como fue el destino de todos nosotros en aquellos días, algo de comer para su numerosa familia:

Para la leche y la carne hace cola, buscar víveres es su tarea. Adiós, Virgen, y te agradezco tu afán de cumplir mi ruego.

Unos días más tarde, Horky me visitó en mi casa. Solía venir a mi barrio para pasear por el jardín del convento de Santa Margarita.

Horky se lamentaba de que la gente se olvidase de aquel bello jardín donde había paseado ya el poeta Zeyer. El gran invernáculo barroco se estaba derrumbando, el antiguo octógono estaba todo empapado del agua inferior y tuvieron que cerrar el pozo Vojtéska porque las lavanderas del barrio venían a lavar allí la ropa. Los verdes túneles de los árboles se estaban secando y, finalmente, el precioso reloj de sol del césped estaba lleno de malas hierbas.

– Si fuera más joven -decía Horky-, tal vez encontrara una cierta belleza en este proceso de la muerte de un jardín. Pero cuando se es mayor, eso te oprime y te pone melancólico.

Había recibido de mis amigos una caja de puros de mucho valor y se la ofrecí a Horky, Le gustaba fumar puros.

Cuando encendió uno de ellos y el humo perfumado nos envolvió en su olor único y especial, se dirigió a mí sonriendo.

– Le estoy hablando de un viejo jardín, ¡pero de hecho le quiero decir otra cosa! Usted me hizo recordar mi viejo pecado. ¿Sabe lo que hice? Fui a ver la imagen. No es que rezara, no, pero mentalmente le pedí disculpas a la Virgen por mi poca cortesía. Ya sabe, la vida le enseña a cualquiera. No hacen falta palabras fuertes ni cuando se tiene razón. Y finalmente soy un feminista obstinado. Al final de mi vida me arrepentí un poco.

Y expulsó por la boca un elegante círculo de humo plateado.

42. Cuatro paradas en la tumba de un poeta

I

A principios de marzo acostumbro visitar el cementerio de Vysehrad. Tengo allí a unos cuantos amigos y a veces me parece que estoy allí también, completamente solo. Este año era un día frío de principios de primavera y el cementerio estaba casi vacío. Ante todo me dirigí al poeta Hrubín. Su tumba es la más reciente. Murió exactamente el 1 de marzo.

Desde lejos pude ver ante su bajo sepulcro a una chica desconocida. Tenía en la mano un ramillete de campanillas de nieve y un librito de oraciones. Me detuve al lado de la cercana tumba del poeta Macha esperando que la muchacha se marchase. La tumba es estrecha y delante de ella sólo puede estar un visitante. Y además, quería estar solo.

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