El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
Como él guardaba silencio, ella dijo:
– Necesito que me digas qué debo hacer.
– Desde luego.
– ¿Cuánto va a durar esta puñetera mierda?
¿Qué había dicho Peter? Entre tres semanas y una vida. Respondió que no estaba seguro. No deseaba entrar en detalles.
– Magnífico. Supongamos que voy a verte.
– ¿Aquí?
– ¿Dónde si no?
Al parecer Margy estaba confundida respecto del tratamiento o el diagnóstico.
– Suponía que todo lo necesario se podía hacer en Chicago.
– Yo también -replicó ella-, pero no va a ser así.
Stern no entendía a qué demonios venía esa actitud.
De pronto pensó en Helen y perdió el aliento. Se reclinó rígidamente en la silla. No podía haber un problema también con ella. Peter casi se lo había prometido. ¿Y si se había equivocado dos veces? Stern abrió los ojos.
Margy le preguntó si seguía allí.
– Lo siento.
Le pidió un instante y se acercó más al escritorio, aferrando el borde de cristal verde. Todo ese control que había ejercido, esa excesiva y huraña contención que se había impuesto, aun despreciándola en silencio, tenía un propósito. Ahora lo comprendía.
– Sabes que sólo tengo tres semanas -anunció Margy.
– ¿Tres semanas? -preguntó Stern.
– Hasta que me presente allí. Esta cosa dice 27 de junio.
Casi preguntó qué cosa, pero se contuvo. Un milagroso proceso de reconstrucción se activó de pronto. Oh, todavía estaba vivo. Ahora comprendía: Margy había recibido una citación del gran jurado. Stern se apoyó la mano en el pecho y sintió las palpitaciones del corazón.
Respondiendo a sus preguntas, ella le resumió los hechos del día anterior. Agentes del FBI de Chicago le habían entregado la citación, funcionarios locales que no estaban involucrados en la investigación y se limitaron a dejarle el papel diciendo que tendría que testificar el día 27 acerca de los documentos solicitados.
– Tienes muchísima razón -admitió Stern-, tienes que venir aquí. Por un momento pensé que no pedirían una presentación personal ante el gran jurado, pero ya que te han dicho lo contrario… -Ahora mentía a rienda suelta. En un instante reordenaría toda la conversación-. Conque el 27. -Buscó la agenda, pero la tenía Claudia. No se molestó en recobrarla-. Sí, está bien. Bueno, te veré entonces.
– ¿Eso es todo? -preguntó ella.
– No, no -la tranquilizó Stern-, claro que no. Debo reunirme contigo, examinar los documentos, determinar por qué te han molestado.
– Pero tú eres mi abogado. No será como lo de John. Como tú dijiste… eres el responsable.
– Debo confirmarlo con la ayudante del fiscal para asegurarme. Pero… -Detente, se dijo. Alto. Estaba parloteando, aún electrizado por el alivio-. Margy, pon la citación en la máquina de fax. Ahora.
Guardaron silencio por unos incómodos instantes. Luego Stern, mintiendo descaradamente, anunció que Claudia le pasaba otra llamada e hizo esperar a Margy hasta que tuvo la copia de la citación en el escritorio. Solicitaba documentos de la compañía y en rigor tenían que habérsela entregado a él, como abogado de la empresa. No había interpretado la advertencia de Klonsky como indicio de que fueran a llegar tan lejos. Pero la juez Winchell había permitido que algunos fiscales emplearan esta táctica en otros casos, cuando argumentaban que era preciso asegurarse de que los empleados cumplieran con la entrega de los documentos. Y como ya era habitual, observó Stern, el informante del gobierno había identificado con exactitud a la persona que mejor conocía los documentos de MD.
El contenido de la citación era previsible en la mayoría de los aspectos. Había una lista de aproximadamente doce fechas; el gobierno exigía todos los albaranes escritos en esos días en el despacho central de pedidos. Al solicitar los documentos de todas las transacciones de MD en cada fecha, el gobierno perseveraba en su esfuerzo por ocultar sus verdaderas intenciones, sin citar transacciones específicas. Pero entre ese fajo de documentos estarían los albaranes que John había escrito a pedido de Dixon para las órdenes que habían terminado en la cuenta de errores. Una vez más, el informante daba en el blanco.
En el segundo párrafo de la citación, el gran jurado solicitaba todos los cheques cancelados de MD durante los primeros cuatro meses del año que superaran los 250 dólares. Esto era otro paso del gobierno para comprobar que las ganancias de las operaciones ilícitas estaban en manos de Dixon. También era un signo alentador; al parecer, como había predicho Dixon, la citación presentada al banco no había dado resultados. Stern había pasado un par de noches examinando copias de los registros del banco y no había visto nada digno de mención salvo los ocasionales cheques personales de seis cifras para inversiones y adquisiciones, los cuales formaban parte del estilo de vida millonario de Dixon. Desde luego, no había ingresos grandes procedentes de fuentes poco claras.
– ¿Qué es este último dato? -le preguntó a Margy cuando volvió al teléfono. Su pulso había recobrado la normalidad. Leyó-: «Todos los documentos de apertura de cuentas, registros de compra y venta, confirmaciones y declaraciones mensuales para la cuenta 06894412, cuenta Wunderkind». ¿Sabes de qué se trata?
– Lo he estado mirando -dijo Margy.
– ¿Y?
– Es un tío muy listo. ¿Tienes las declaraciones de la cuenta de errores que te di?
Stern le pidió que aguardara mientras Claudia traía la carpeta.
– Mira el 24 de enero -dijo Margy-. ¿Ves donde la cuenta de errores tiene una compra y una venta de casi dos millones de kilos de avena?
La veía. Dixon -o cualquier persona, por seguir las presunciones formales- había hecho coincidir esos pedidos con un alza en los precios de la avena causada cuando Chicago Ovens compró más de dos millones de bushels ese día en Chicago.
– Las operaciones rindieron una ganancia de cuarenta y seis mil, ¿verdad?
Él apenas podía seguirla, y mucho menos comprender la aritmética. Se limitó a asentir.
– Ahora mira el día siguiente. ¿Ves una compra del 2 de abril, noventa contratos de plata, en la cuenta de errores?
– Sí.
Según las notas de la declaración de la cuenta de errores, esa operación, como las transacciones con avena el día anterior, se había efectuado con un número de cuenta que no figuraba en MD. Por lo tanto, todas las operaciones habían pasado a la cuenta de errores.
– ¿Sabes cuál es el valor en efectivo de la plata? ¿Te sorprende que ronde los cuarenta y siete mil?
Todo era una sorpresa a estas alturas, pero Stern, reconociendo su papel, se limitó a decir que no.
– Ahora mira la declaración de la cuenta de errores. ¿Ves de nuevo los dos contratos de plata?
– «Transferencia a la cuenta 06894412.»
Stern leyó la nota y miró de nuevo la citación. Era el número de la cuenta Wunderkind. Como de costumbre, no comprendió.
– ¿Ves? Él usó las ganancias que había obtenido con la avena el 24 para comprar plata el 25. El coste de la plata se deduce de la cuenta de errores, y una vez pagado él efectúa ingresos y coloca la plata en esta otra cuenta, Wunderkind. Invierte las ganancias en plata y las conserva en su manita caliente.
– ¿En otras ocasiones ocurre algo similar?
– Por lo que veo, en cada maldita oportunidad. Gana dinero con compras anticipadas, las arroja en una posición de error para absorber las ganancias y las traslada a la misma cuenta.
– ¿Wunderkind?
– En efecto.
Stern se lo explicó a sí mismo para estar seguro de que comprendía: era complicado sacar las ganancias de una compra anticipada de la cuenta de errores. Una vez que tenía las ganancias en la mano, compraba nuevos contratos, cometiendo algún error que hiciera ingresar la nueva transacción en la cuenta de errores; cuando la cuenta de errores pagaba la nueva posición, se transfería a la cuenta de Wunderkind, fuera esto lo que fuese. Por eso Dixon le había dirigido esa mirada taimada en el campo de golf.