El Monje Desaparecido
- Автор: Тримейн Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Monje Desaparecido». Краткое содержание книги:
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.
Tras ella y sin pronunciar palabra, Eadulf cruzó el patio y pasó bajo las arcadas de la galería hasta la huerta.
– ¡Ah!
Fidelma fue derecha a una puertecilla de madera que había al fondo. Sin vacilar un instante, descorrió los cerrojos que había y la abrió.
– ¿Adónde conduce esta puerta? -preguntó Eadulf, rompiendo así el silencio, pues la curiosidad le pudo.
Sin decir nada, Fidelma se hizo a un lado.
Eadulf vio que tras la puerta no había más que un bonito campo, al fondo del cual se destacaba una hilera de tejos. La puerta daba al exterior de la abadía por la parte contraria al pueblo. Acto seguido, Fidelma cerró la puerta y echó los cerrojos. De pronto se inclinó hacia delante con un leve grito ahogado. Con un dedo tocó algo que había en el pilar de la puerta.
Eadulf lo miró con cuidado sobre el hombro de ella.
– Parece sangre seca -sugirió-. ¿Qué puede significar?
– Significa -respondió Fidelma, irguiéndose- que tendremos que pasar la noche en vela para vigilar las actividades de nuestro amigo, el hermano Bardán. Creo que empiezo a ver algunas pautas coincidentes.
– ¿Algo que podáis compartir conmigo? -preguntó Eadulf, molesto por la misteriosa actitud de su amiga.
– Ya habrá ocasión para ello -le respondió Fidelma-. Antes, quizá nos siente bien descansar antes de la cena, ya que puede esperarnos una larga noche.
Al salir del huerto, Fidelma miró a su alrededor como si buscara algo. Entonces señaló una pequeña hornacina.
– Ése es un buen lugar desde el que vigilar. Por la noche permaneceremos en la penumbra y además hay un asiento para poder observar el patio cómodamente.
– Pero, ¿qué vamos a vigilar?
– Al hermano Bardán, por supuesto.
La campana llamaba a la última misa del día. Eadulf se apresuraba por el pasillo para llegar a tiempo a la capilla. Fidelma había decidido iniciar la guardia voluntaria, insistiendo en que Eadulf se uniera a la comunidad para que su ausencia no llamara la atención. Si alguien le preguntaba dónde estaba, debía decir que se encontraba agotada y que por ello se había recogido temprano. Lo cierto es que a Eadulf le complació poder asistir a la misa, porque empezaba a sentirse culpable por faltar a tantas observancias desde su llegada a la abadía.
Se unió a la fila de hermanos que entraba por la sillería de la capilla. Encontró un buen lugar en un banco frente al altar mayor; se puso de rodillas con las manos extendidas ante sí para iniciar su oración. Abrió la boca, pero las palabras no le salieron. Tragó saliva.
Acababa de advertir al hermano Bardán en una hornacina algo apartada, en el lado de la capilla. El monje parecía estar hablando de algo serio, moviendo una mano como si de este modo diera énfasis a sus palabras. Se movió un poco hacia un lado, dejando ver a la persona con quien tan animadamente conversaba. Eadulf había tragado saliva al reconocer al interlocutor.
Era el primo de Fidelma, Finguine, el príncipe de Cnoc Áine. No había nada de sospechoso en que Bardán conversara con el príncipe de Cnoc Áine; lo extraño era el modo en que lo hacía. Ambos sonreían, como si fueran cómplices de una broma.
El hermano Bardán debió de advertir que la misa iba a comenzar, ya que le dijo algo a Finguine y se apresuró por la nave lateral de la capilla con las manos delante, plegadas, y la cabeza gacha, contra el pecho, en actitud reconcentrada y meditativa.
Finguine vaciló un momento, miró a su alrededor como si quisiera asegurarse de que nadie lo observaba, y salió de la capilla por una puerta lateral.
El abad Ségdae empezó la misa.
Poco le faltó a Eadulf para soltar un reniego. Al instante hizo una genuflexión como penitencia. Si hubiera visto al hermano Bardán y a Finguine antes de sentarse… Ahora no podía abandonar la capilla antes de concluir el oficio. Habría dado cualquier cosa por saber de qué habían estado hablando.
Los rituales de la ceremonia discurrieron con una lentitud interminable. Finalmente, en cuanto pudo salir de la capilla, acudió de inmediato al patio del claustro, donde Fidelma aguardaba sentada en la penumbra de la hornacina. Echando una rápida mirada a los lados para comprobar que no había nadie por allí, se agachó para entrar en el nicho. No tardó nada en contarle lo que había visto.
Ella lo escuchó con sosiego.
– Es la segunda vez que hemos visto al hermano Bardán y a Finguine conversando. Primero en casa de Nion, y ahora aquí. Eso y el embuste del hermano Bardán sobre Mochta dan que pensar.
– Entonces, ¿qué vamos a hacer? -preguntó Eadulf.
Fidelma miró hacia arriba y le sonrió en la oscuridad.
– Seguiremos con nuestro plan. Nos quedaremos aquí para ver si mi sospecha es justificada. Creo que el hermano Bardán hará una visita al huerto antes de que acabe la noche.
– Es ridículo -se lamentó Eadulf, si bien no por primera vez-. El hermano ya no vendrá. Es demasiado tarde.
Todavía estaban sentados en la hornacina del patio. Refrescaba y ya hacía rato que Eadulf había desistido de contar las horas que la campana había dado: la medianoche y el silencio reinaban en la abadía. Habrían pasado horas. No faltaría mucho para que la campana tocara a laudes. Pronto nacería un nuevo día.
– Callad. Debéis tener paciencia -le exhortó Fidelma.
– Es que estoy cansado, tengo frío, quiero irme a la cama, quiero dormir y…
Fidelma le hizo callar de golpe al darle un codazo en las costillas.
Alguien se acercaba. Vieron una sombra pasar por el claustro antes de cruzar el patio a la luz de la luna. Portaba una lámpara, pero apagada. Fidelma vio, para su complacencia, el gran sacullus y la cuerda colgados a la espalda de la figura. Ésta tenía la cabeza avanzada, como si tuviera que fijarse en el suelo para ver los posibles obstáculos en la negrura.
Como ya esperaban, la figura se dirigió hacia la arcada que separaba la parte del claustro del huerto y pasó por debajo. Fidelma se levantó sin perder tiempo, casi arrastrando a Eadulf con ella. Con sigilo, cruzaron los pasillos del claustro hacia la entrada del huerto. Llegaron justo en el momento en que la figura se detenía ante la puerta que daba al exterior de la abadía. Pudieron oír cómo descorría los cerrojos con discreción, y luego el leve chirrido de las bisagras al abrirse y cerrarse la puerta.
Fidelma susurró enseguida:
– ¡Deprisa! No debemos perderle de vista.
Eadulf la siguió, musitando una queja ronca. No estaba preparado para aventurarse por los inseguros aledaños de la abadía y tampoco llevaba el bordón, del que se había encariñado desde el encuentro con el lobo. Sin embargo, no se le había ocurrido llevarlo para aquella vigilia nocturna.
– ¿Estáis segura de que es el hermano Bardán? ¿Hemos de seguirle más allá de la abadía? ¿Y los lobos?
Fidelma no se molestó en responderle, y se lanzó de inmediato a cruzar el huerto con una rapidez que asombró a Eadulf, pues se vio obligado a aligerar el paso para poder alcanzarla. Dado que la puerta tenía todos los cerrojos descorridos, no les costó nada pasar al campo que había al otro lado.
La luna todavía estaba en lo alto, redonda y casi llena, por lo que fuera de la penumbra de la abadía no era noche cerrada, sino que había algo de luz. El cielo aparecía sereno y el azul oscuro de la bóveda celeste era un manto de luces titilantes. Tras las cumbres de las montañas del este, la claridad anunciaba la aurora. Fidelma tiró de Eadulf bajo la penumbra del muro de la abadía y señaló con el dedo.
Ahora se veía con toda claridad la figura del hermano Bardán, que avanzaba campo traviesa a cierta distancia de allí. Mantenía la cabeza adelantada e iba a paso rápido. En vano Fidelma buscó algún lugar donde esconderse. El hermano Bardán se alejaba por un campo cubierto de brezo, sin árboles ni edificio alguno.
Con un suspiro, Fidelma hizo una seña indicando a Eadulf que la siguiera, y echó a andar, presurosa, tras la figura, a la que estaban perdiendo de vista. Si el hermano Bardán se hubiera dado la vuelta seguramente los habría visto, y no tenían ninguna buena razón que justificara su persecución en pos del boticario.