El Monje Desaparecido
- Автор: Тримейн Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Monje Desaparecido». Краткое содержание книги:
Se trata sin duda de una investigación muy delicada, pues un error en la identificación de los culpables puede ser desastrosa, y además nadie consigue hallar la más mínima pista. Hasta que llegan a la abadía sor Fidelma y su inseparable Eadulf.
Paso a paso, con cautela, Fidelma va descubriendo una de las más siniestras conspiraciones con la que jamás se ha enfrentado, en la que intervienen hombres que parecen no detenerse ante nada, ni siquiera ante el asesinato más despiadado, para alcanzar sus objetivos. Sin duda, la novela más terrorífica y emocionante (de momento) de una serie espléndida.
Fidelma esperó un momento para impregnarse de la atmósfera de la enorme sala que albergaba la biblioteca de Imleach. Estar en una biblioteca siempre le causaba un efecto agradable; tenía la sensación de estar en contacto con el pasado y el futuro al mismo tiempo, pues era allí donde el conocimiento del pasado se estaba transmitiendo a los escribas del futuro. Cada vez que entraba en una biblioteca sentía una fascinación infantil, pero la de Imleach estaba considerada como una de las más importantes del reino.
Localizó a Solam enseguida, porque se encontraba apartado de los escribas, sentado a una mesa de lectura en un rincón. Se acercó a su mesa sin hacer ruido.
– Veo que ya habéis descansado y que ya os habéis sobrepuesto a la mala experiencia, Solam -le susurró no sin cierta ironía, sentándose delante de él.
El dálaigh levantó la vista con un gesto de aparente ira por la interrupción.
– Si no me han herido ha sido por pura suerte, hermana -alegó en voz baja para no molestar a los demás-. Sigo pensando en presentar una queja al brehon principal de los cinco reinos. No creáis que podéis disuadirme de ello -aclaró avanzando la barbilla en un gesto desafiante.
– Jamás se me pasaría por la mente hacerlo -le contestó en un tono grave-. Sin embargo, como reputado dálaigh que sois… -dijo a medias palabras-. Sé que tendréis en cuenta el nerviosismo de la gente después de lo ocurrido anoche.
Solam no se inmutó.
– Eso no atenúa la gravedad del hecho: esa gente intentó matarme incluso después de haberme identificado.
– Pero no os mataron -subrayó Fidelma-. Aun así, jamás pensaría en disuadiros de presentar una queja.
Solam aspiró por la nariz con desdén.
– Así lo haré.
– Claro que sólo se os compensará la queja si ésta puede justificarse; es decir, si el pueblo no tenía motivos legítimos para asustaros. Si no tenían motivos para creer que habían sido atacados por los Uí Fidgente, entonces, claro, no tendrían argumentos contra vos. Aunque si creían que el ataque fue obra de…
Hizo un aspaviento con la mano para desestimar la cuestión y sonrió.
– No necesito que me aleccionéis en leyes -le espetó Solam, alzando tanto la voz que unos cuantos escribas levantaron la vista, y la voz estentórea del bibliotecario, que estaba sentado a la mesa principal, les ordenó entre dientes que callaran.
– ¿Conocéis bien al hermano Bardán? -prosiguió Fidelma inocentemente.
El hombrecillo la miró con desdén y le preguntó:
– ¿Os parece correcto que dos abogados contrarios discutan de asuntos que afectan a la vista de Cashel?
Fidelma notó que se le despertaba el mal genio, pero se contuvo.
– No sabía que estuviéramos discutiendo al respecto -replicó, tratando de atenuar el tono gélido de su voz-. Aunque por lo que decís, se os ha informado de todos los detalles del caso, así que no importa si hablamos en términos generales.
– Como dálaigh, me corresponde interrogar a quien yo quiera. Mi príncipe, Donennach, me envió un mensajero con la orden de que acudiera a Cashel, y con él llevaba una copia del protocolo que redactó Donndubháin, el tanist de Cashel. Acto seguido, partí de inmediato.
Fidelma insinuó con una rápida sonrisa:
– Supongo que el mensajero de Cashel os dijo que yo había venido a Imleach, y por eso estáis aquí, ¿cierto?
Solam se ruborizó.
– He venido aquí… -empezó a decir, y entonces se dio cuenta de adónde lo había conducido su oponente.
– El camino que va de Luimneach a Cashel queda al norte de la abadía, de lo cual deduzco que os pareció prudente pasar antes por aquí. ¿Tengo razón?
El hombrecillo entornó los ojos.
– Sois una dama muy astuta -afirmó con frialdad-. Vuestra reputación os precede.
– Cuan gratificante -exclamó Fidelma, y luego hizo una pausa para que el silencio pesara sobre la pregunta.
– Como dálaigh -explicó Solam-, mi obligación era averiguar si habíais sido capaz de reconocer el crucifijo. Debo creer que sí. El crucifijo de Ailbe fundó esta abadía; un crucifijo que ha desaparecido de la capilla donde se ha custodiado a lo largo de más de un siglo.
Fidelma disimuló su asombro al descubrir lo poco que había tardado Solam en reunir toda la información. Éste estaba reclinado contra la silla, componiendo un gesto ufano.
– No sabía que el hermano Bardán fuera tan locuaz -dijo en un susurro.
Solam no mostró amago de negar que había obtenido la información del boticario.
– Sin duda es más servicial que muchos otros del lugar.
– Hacéis justicia a vuestra reputación, Solam -dijo Fidelma.
– Descubriréis que ahora tengo pruebas de que esta conspiración de asesinato no fue idea de los Uí Fidgente, como alegáis.
– Estáis mal informado, Solam -le contradijo Fidelma-. Yo jamás he alegado nada. Ya que habláis del deber de un dálaigh, también es mi responsabilidad reunir hechos y presentarlos ante los brehons. Otros han hecho alegaciones; yo no. No dejaré de buscar la verdad hasta convencerme de haberla encontrado.
– Creo que encontraréis la verdad más cerca de Cashel de lo que creéis -insinuó el abogado de los Uí Fidgente.
De pronto se inclinó sobre la mesa, mirándola de frente sin pestañear. En un mismo tono, en poco más que un susurro, le dijo:
– Yo creo que vuestro hermano está conspirando para destruir a los Uí Fidgente. Creo que pretende completar la victoria que obtuvo en Cnoc Áine el año pasado, cuando nuestro rey, Eóganán, fue asesinado. ¿Qué mejor justificación para aniquilarnos que alegar que nuestro príncipe, Donennach, está implicado en una conspiración para asesinarlo por venganza? Si consigue que el pueblo se lo crea, conseguirá el apoyo necesario para destruir a los Uí Fidgente. Sacaré la verdad a la luz… ¡que Colgú, vuestro hermano, es quien está detrás de esta conspiración!
Solam se echó hacia atrás, desafiante, y cruzó los brazos.
Fidelma guardó silencio unos instantes y a continuación se permitió un asomo de sonrisa en la comisura de los labios. Movió la cabeza con tristeza.
– Tenéis una excelente técnica judicial, Solam. Por desgracia, más os vale reservarla para la sala del tribunal. Y no lo olvidéis: los brehons se basan en hechos, no en arranques emotivos.
Solam se puso en pie de un salto. Estaba rojo de furia. Fidelma había hecho una acertada valoración de su carácter vehemente. Consideró para sí que la expresiva irritabilidad del dálaigh podía ser para ella un buen recurso en su defensa ante los brehons. Por un momento pensó que la ira de Solam iba a estallar en forma de furia verbal. Pero el menudo dálaigh tragó hiel.
– El tiempo dirá -murmuró Solam con rabia antes de salir indignado de la biblioteca, y haciendo tal ruido, que un par de escribas levantaron la cabeza de los libros.
El bibliotecario jefe se levantó de su sitio y se acercó a Fidelma con mirada ofendida.
– El Uí Fidgente no ha devuelto el libro a su lugar -comentó al ver el libro que Solam había estado consultando-. Supongo que ya ha terminado, ¿no?
Fidelma hizo una mueca al bibliotecario y se excusó:
– Supongo que sí.
El monje se inclinó para recoger el volumen, pequeño y encuadernado en piel. De forma inesperada, Fidelma extendió una mano y detuvo al hombre.
– Un momento…
Giró el libro para leer el título. Era un ejemplar de la Vida de Ailbe. Lo entregó al bibliotecario, reflexionando.