Las puertas del infierno
- Автор: Пайнкофер Михаель
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
– Porque él fue el único que estuvo presente -replicó Sarah.
– Pero entonces ¿por qué no compartió la información con otros cronistas como era costumbre?
– ¿Tal vez porque no quiso? -arguyó Sarah-. Según el rabino Oppenheim, el propio Josefo emprendió la búsqueda del agua de la vida y, al parecer, la encontró.
– ¿Dónde? -preguntó la condesa.
– Supuestamente en Grecia. En cualquier caso, desde allí fue a parar a latitudes más occidentales. Y debemos recordar que Alejandro también buscó el agua de la vida para salvar de la muerte a su padre, Filipo, que estaba herido.
– ¿Y? -preguntó Hingis.
– La antigua Pella, que fue capital de Macedonia y donde Alejandro pasó su infancia y su juventud, está a tan solo unos ciento treinta kilómetros de los monasterios que el monje Atanasio visitó en misión secreta.
– ¿Casualidad? -intervino la condesa.
– Demasiadas casualidades para mi gusto -contestó Sarah-. Según la leyenda, el agua con que fue envenenado Heracles procedía del Aqueronte.
– ¿El Aqueronte?
– Según la mitología, el infierno griego estaba surcado por cinco ríos: Aqueronte, Leteo, Cocito y Flegetonte, que desembocaban en el quinto, el Estigia. A quienes morían, los dejaban a orillas del Aqueronte y los entregaban a Caronte, el barquero de los muertos, para que los cruzara a la otra orilla. A los mortales se les solía negar la entrada al Hades. Sin embargo, algunos héroes como Ulises, Orfeo o Perseo se arriesgaron y regresaron sanos y salvos.
– Con lo cual volvemos a las leyendas -concluyó Hingis-. El círculo de las argumentaciones se ha cerrado por desgracia sin que hayamos podido presentar un fundamento sólido basado en hechos demostrables. Solo tenemos suposiciones.
– Hasta ahora -admitió Sarah-. Pero ¿y si en esas leyendas también se esconde un fondo real?
– ¿Qué intenta decir, amiga mía?
El matiz de duda en la voz de Hingis no le pasó por alto a Sarah, ni tampoco la mirada escéptica de la condesa. Por consiguiente, se tomó un momento para contestar y ordenó de nuevo todos los argumentos.
– Bien -replicó finalmente-, si personajes mitológicos como los cíclopes o el Golem tienen un origen real, es de imaginar que historias como las de Orfeo o Perseo en el Hades también se remiten a acontecimientos históricos. A cosas que realmente acaecieron.
– ¿Habla en serio? -En el semblante de la condesa podía verse cierta expresión de divertimento.
– Lady Kincaid suele hablar muy en serio de estos asuntos -constató Hingis.
Dos años antes, el suizo seguramente habría estallado en carcajadas, pero haber conocido a Gardiner Kincaid le había enseñado que ninguna pregunta era demasiado audaz para que una mente despierta no pudiera plantearla, y que siempre valía la pena escuchar atentamente las explicaciones de su hija…
– Por supuesto que hablo en serio -se reafirmó Sarah-. ¿Y si realmente existieron todas esas salvaciones del reino de los muertos? ¿Y si en realidad solo se produjeron de una manera un poco diferente?
– ¿En qué sentido?
– Podría ser que todas esas personas que, según la leyenda, fueron rescatadas del Hades, en realidad no estuvieran muertas, sino que simplemente habían caído en una especie de estasis… O en un estado que los antiguos no sabían diferenciar del de un muerto.
– ¿Se refiere a una especie de muerte aparente?
– Coma, muerte aparente, llámelo como quiera. Lo que importa es que esa gente probablemente había entrado en ese estado y, sobre todo, que algo los liberó de él.
– Comprendo adonde quiere ir a parar -asintió Hingis-. El agua de la vida. Y usted supone que Kamal…
– Llamarlo suposición sería afirmar demasiado -admitió Sarah-. Tan solo es una esperanza a la que me aferró, un leve consuelo.
Hingis asintió y frunció el ceño mientras parecía cavilar.
– ¿Quiere que le dé una opinión sincera? -preguntó al cabo de unos instantes.
– ¿Le habría explicado algo de no ser así?
– De acuerdo. -El suizo se irguió y, por un momento, su semblante adoptó una vez más la expresión de sabelotodo por la que Sarah lo había aborrecido en otras épocas. Ahora sabía que Hingis solo la utilizaba para disimular su inseguridad-. Amiga mía, créame si le digo que me he acostumbrado a presenciar todo tipo de cosas extrañas en su compañía. Y que jamás habría llegado a acercarme a la tumba de Alejandro, ni siquiera me habría atrevido a soñarlo, y, no obstante, fue una realidad. Sin embargo, alimento serias dudas. Lo que ha ocurrido, y no me refiero tan solo a lo que le ha pasado al pobre Kamal, sino también a lo que sucedió anoche, ha sido demasiado para usted y por eso no es de extrañar que busque por todas partes indicios que pudieran salvar a su amado y retornarlo al mundo de los vivos.
– Comprendo -dijo Sarah con voz queda, y bajó la vista mientras se tachaba de necia. ¿Cómo había podido esperar que alguien compartiera siquiera en parte sus aventuradas teorías? Quizá Hingis tenía razón y el deseo de salvar a Kamal prevalecía sobre la razón…
– No obstante -añadió el suizo, arrancándola de sus pensamientos-, no conozco a nadie más que, bajo la presión que suponen todos esos acontecimientos, sea capaz de efectuar unas reflexiones tan brillantes.
– ¿Qué?
Sarah levantó la vista. La condesa de Czerny también parecía sorprendida.
– ¿Quién sabe? -dijo Hingis encogiéndose de hombros-. A lo mejor tiene razón. Puede que los personajes que conocemos de la mitología realmente corrieran una suerte similar a la del pobre Kamal. Quizá les suministraron un veneno que los mantuvo en un estado parecido a la muerte, hasta que una especie de antídoto los devolvió a la vida.
– Eso es exactamente lo que yo creo -corroboró Sarah-. Los médicos me han confirmado que probablemente exista también un antídoto para Kamal. Sin embargo, no supieron decirme qué ingredientes deberían componerlo ni dónde encontrarlo.
– En Grecia -dedujo la condesa.
– Es posible -confirmó Sarah.
– Pero ¿dónde exactamente? ¿Hay algún punto de partida?
– Uno -asintió Sarah-. La única indicación sobre el origen de los elixires misteriosos se encuentra en el mito de Heracles.
– El agua del Aqueronte -recordó Hingis.
– Así es. A diferencia del río Estigia, el Aqueronte existe de verdad; nace en el monte Tomaros y fluye hacia el oeste cruzando el Epiro para desembocar en el mar. -Sarah cogió un atlas histórico que había abierto sobre la mesa-. Si trazan mentalmente una línea entre Pella, la capital de Macedonia, situada al este, los monasterios de Meteora y esta laguna, por la que pasa el Aqueronte en su camino hacia el mar, comprobarán que los tres puntos se encuentran muy próximos a un eje.
– ¡Válgame Dios! -exclamó Hingis, que estaba mirando el mapa.
– Tiene usted razón -constató también la condesa.
– En esa laguna -continuó relatando Sarah-, en tiempos antiguos se encontraba el Necromanteion de Éfira.
– El Oráculo de los Muertos.
– Efectivamente.
– ¿En qué consistía? -preguntó la condesa y, ligeramente avergonzada, añadió-: La historia de la Grecia clásica nunca ha sido mi campo preferido. Siempre me han atraído más los misterios del antiguo Egipto…
– Según la mitología, Éfira era una ciudad situada en la orilla norte de la laguna Aquerusia -explicó Sarah diligentemente-. De hecho, allí se encuentran los restos de una colonia de la época clásica, aunque nunca han sido investigados.
– Comprendo -asintió la condesa.