Las puertas del infierno
- Автор: Пайнкофер Михаель
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
– Se cuentan todo tipo de cosas milagrosas sobre el Necromanteion -agregó Hingis-. Algunas personas que visitaron el oráculo tuvieron visiones del más allá y de seres a los que habían perdido.
– ¿Cómo es posible?
– Bueno -prosiguió Sarah-, en algunos documentos antiguos se supone que allí estaba la entrada a los infiernos, lo cual significaría que el Oráculo era una especie de puerta entre este mundo y el más allá. En otros se supone que la entrada al Hades se encontraba más hacia el noreste, en los cursos de los ríos que fluyen más arriba. ¿Cuál es la versión acertada? No lo sé. Pero si pensamos que en todas esas leyendas se oculta un fondo de verdad, tengo que ir a Éfira lo antes posible.
– ¿A hacer qué?
– A seguir el río Aqueronte desde sus fuentes en el monte Tomaros hasta la laguna Aquerusia, y a buscar la entrada del Hades -declaró Sarah-. O, al menos, lo que los antiguos griegos creían que era, porque sospecho que allí está el agua de la vida.
– La entrada al Hades -repitió Hingis asombrado-. ¿Va a seguir las huellas de Ulises y Perseo?
– Exacto -confirmó Sarah.
– ¿Qué pretende decirnos, querida? -preguntó la condesa de Czerny en tono de duda-. ¿Espera realmente encontrar las sombras del otro mundo?
– Probablemente no -admitió Sarah-. Sin embargo, tiene que haber algo, una cueva, un río subterráneo, una anomalía geológica, que existe de verdad y que inspiró todos esos mitos. Tengo que ir allí si quiero salvar a Kamal. Estoy plenamente convencida de ello.
– Admiro su sagacidad y su determinación -aseguró la condesa-. Sobre todo porque yo sería incapaz.
– Es usted demasiado modesta.
– En absoluto. Sin embargo, debo advertirla de que tenga cuidado.
– ¿Por qué motivo?
– Es posible que lo que usted llama Epiro perteneciera antiguamente a la Hélade, pero con la conquista de Constantinopla por los turcos se convirtió en parte del Imperio otomano, y así ha seguido hasta nuestros días. El sur de Grecia y una parte importante de Tesalia han conseguido librarse del yugo turco a raíz de la guerra de independencia, pero Epiro y Macedonia continúan bajo Administración otomana. Y aunque sufre muchos achaques, el hombre enfermo de Europa no parece dispuesto a retirarse. Como consecuencia, la tierra fronteriza entre ambos territorios es una región extremadamente peligrosa, sacudida por constantes revueltas. La prensa de todo el mundo informa de ello.
– Conozco las circunstancias políticas de la zona, condesa, y aprecio su preocupación -aseguró Sarah-. No obstante, mi decisión es firme. Tengo que seguir este indicio.
– ¿Aunque le cueste la vida?
– Kamal o yo, ¿dónde está la diferencia? -replicó Sarah con otra pregunta-. Si no encuentro ningún remedio para él, su fin está sellado y el mío también. Ya perdí a una persona que me importaba mucho y que para mí significaba más que nada en el mundo, condesa. No permitiré que vuelva a suceder.
– Sarah, yo… -empezó a decir Hingis visiblemente azorado.
Sarah le pidió con un gesto que no continuara y le ahorró tener que buscar una explicación.
– Ya sé qué quiere decirme, Friedrich -afirmó-, y seguramente tiene usted razón. La empresa que pretendo acometer es arriesgada y, además, no está nada claro el desenlace.
No puedo esperar ni espero que usted participe. De todos modos, ya ha hecho mucho más por mí de lo que podía esperar.
– ¿Cómo? -preguntó atónita Ludmilla de Czerny-. ¿Pretende emprender el viaje sola?
– En compañía de algunos porteadores y de un guía local, ¿por qué no? -replicó Sarah.
– Porque eso no entra en consideración -contestó Hingis enérgicamente-. Aprecio su humildad, mi querida amiga, pero no puedo aceptar que me deje fuera de sus planes. Por supuesto que la acompañaré si usted me lo permite.
– Es usted muy noble, amigo mío, pero no se lo permito.
– ¿No? ¿Por qué no?
– Porque ya he perdido a demasiados buenos amigos. Si a usted le ocurriera algo en esta expedición, jamás me lo perdonaría.
– En tal caso -respondió el suizo sin pensarlo-, la aliviará saber que en esta ocasión pienso seguir de una pieza, y ya puede interpretarlo literalmente. Otra cosa sería que usted no me quisiera porque, a sus ojos, un tullido supone más un obstáculo que una ayuda…
– Pero… no -se apresuró a asegurar Sarah, que había notado cierto deje de enfado en las palabras de Hingis-, se trata de su seguridad. Tenerlo a mi lado sería un gran consuelo y una ayuda irremplazable.
– Entonces cuente conmigo -replicó simplemente Hingis, haciendo un amago de reverencia: para un caballero de su talla, con eso estaba todo dicho.
– También conmigo -afirmó la condesa sonriendo.
– ¿Qui… quiere usted acompañarme también en la expedición?
– ¿Por qué no, querida? Como ya le dije, toda mi vida he deseado darle la espalda a esta ciudad y explorar el ancho mundo. Mi audacia no alcanza para seguirlos hasta el destino de su viaje, pero si usted lo permite los acompañaré un trecho del camino. Tanto más cuanto que dispongo de medios y recursos que a usted podrían estarles vedados.
– Eso sería maravilloso -dijo Sarah-. Una vez más, no sé cómo agradecérselo, condesa.
– Por favor. -La condesa sonrió aún más ampliamente-. Las hermanas se ayudan, ¿no es cierto?
– Eso es verdad -asintió Sarah-. Aunque no sé…
Se interrumpió porque la puerta de la sala de lectura se había abierto de repente y había aparecido el profesor Bogary, acompañado por un muchacho en el que Sarah reconoció a uno de los criados de la condesa. El joven tenía el rostro encendido y su pecho subía y bajaba a causa de la agitada respiración… Y al ver la terrible expresión en su semblante, Sarah supo que había sucedido algo.
– Buenas noches, alteza -exclamó jadeando, mientras se inclinaba profundamente delante de su señora-. Disculpe la intromisión. Me envía el doctor Cranston…
– ¡Kamal! -Sarah se levantó alarmada de su asiento, puesto que tenía muy claro que la noticia solo podía concernir a su amado-. ¿Qué le ocurre?
– El doctor dice que vayan enseguida -comunicó entrecortadamente el mensajero-. Es muy urgente…
Capítulo 7
Diario de viaje de Sarah Kincaid, anotación posterior
Ha sucedido lo que temía: el estado de Kamal ha empeorado dramáticamente. Su pulso es irregular y apenas se percibe. Si no consigo ayudarlo pronto, temo lo peor…
Palacio de Czerny, Malá Strana, Praga,
mañana del 12 de octubre de 1884
No se apartó de su lado en toda la noche. Había escuchado atentamente y con espanto las palabras del doctor Cranston, pero no había entendido realmente lo que decía. Había hablado de un aumento de la temperatura corporal y de una disminución de los reflejos, que quizá provocaría que pronto fuera imposible continuar suministrando al paciente los líquidos y la alimentación que necesitaba tan imperiosamente para sobrevivir. Asimismo, las consecuencias de la alimentación artificial comenzaban a notarse. El paciente estaba débil y era propenso a coger infecciones de todo tipo…
– No puedes irte, ¿me oyes? Tienes que quedarte conmigo…
Sus labios formularon por enésima vez esas palabras, que se habían convertido en una especie de conjuro a lo largo de la noche. Cada vez que la desesperación y la pena amenazaban con vencerla, Sarah lo pronunciaba y, de ese modo, consiguió realmente mantener sus sentimientos a raya. Sus mejillas estaban pálidas y consumidas, y los ojos enrojecidos por las lágrimas.
Cogía continuamente un vaso de agua hervida que estaba sobre la mesilla de noche e intentaba verter unas gotas en la boca entreabierta de Kamal. Con suerte, eso lo mantendría con vida unos días, quizá incluso una o dos semanas, pero no lo curaría.