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Las puertas del infierno

Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:

Otoño de 1884. Una celda lúgubre. Dentro se encuentra un hombre inerte. ¿Estará muerto? Bajo su lengua hay una moneda, es el óbolo de Caronte, el precio que hay que pagar al barquero del reino de los muertos.
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
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– ¡No diga eso! -protestó-. ¡Ni siquiera lo piense!

– ¿Por qué no?

– Porque con ello lo pone todo en peligro y tal vez pierda todo aquello por lo que tanto ha luchado en la vida.

– Pero eso es lo que quiere, ¿no? Que me someta a la voluntad de la organización…

– No, lady Kincaid, se equivoca usted…

Friedrich Hingis se preguntaba asombrado de dónde sacaba Sarah Kincaid las agallas para actuar con tanto aplomo ante aquel siniestro esbirro. Recibió la respuesta cuando percibió una sombra que, agazapada, se deslizaba al otro lado del laboratorio de mesa en mesa, y en la que reconoció aliviado al doctor Cranston. Al parecer, Sarah también había descubierto al amigo, porque estaba haciendo todo lo posible para atraer hacia ella la atención del guardián, a diferencia de Hingis, que desvió la vista del cíclope durante un instante demasiado largo.

– ¿Qué diantre…?

Alarmado, el gigante se dio la vuelta y vio a Cranston correr hacia él con los puños cerrados. Dispuesto a defenderse, levantó sus garras para derribar de un golpe fulminante al médico, a quien casi sacaba un metro de altura.

Entonces el Colt Frontier alzó su estruendosa voz.

Sarah había reaccionado muy deprisa, apuntando y apretando el gatillo. El pesado revólver trepidó en sus manos y envió una bala que perforó el hombro derecho del gigante.

Brotó un hilo de sangre y el coloso se estremeció. Un instante después, Cranston lo había alcanzado.

– Tally-ho! -gritó el médico, seguramente para darse coraje; luego, se lanzó con todo el ímpetu de la carrera sobre el gigante herido y cayó al suelo con él.

Sarah se abstuvo de abrir fuego de nuevo porque no podía distinguir qué parte de aquel ovillo de carne y huesos que rodaba pertenecía a quién, y el peligro de darle a Cranston por error era demasiado grande.

Sin embargo, el médico no se proponía enzarzarse en una pelea cuerpo a cuerpo con el gigante, puesto que el cíclope continuaba siendo un temible rival a pesar de la herida que tenía en el hombro. Justo después de derribarlo, Cranston rodó para alejarse del alcance del coloso que, enfurecido, no dejaba de dar golpes por doquier; se levantó y cogió la lámpara de petróleo, que seguía estando donde Sarah la había dejado en el suelo. Dio una vuelta sobre sí mismo, como un lanzador de disco de la Antigüedad clásica, y lanzó la lámpara contra su rival.

El ojo que el cíclope tenía en la frente se abrió con espanto cuando la lámpara se estrelló justo delante de él y quedó hecha añicos con un ruido de cristales rotos. El petróleo salpicó por todas partes y, un instante después, no solo estaban en llamas el suelo mojado de petróleo y la capa del gigante, sino también sus botas y sus piernas.

Los gritos del coloso se transformaron en chillidos agudos. Daba golpes como un poseso sobre el fuego que ascendía por su cuerpo. Sin embargo, lo único que consiguió fue avivar las llamas, que devoraban con un ansia salvaje la tela de su capa y ya casi le lamían la nuca. Intentó en vano quitarse la capa de encima y saltó como una antorcha viviente por toda la gruta.

Entretanto, Cranston no había perdido el tiempo. Sin dignarse mirar a su rival en llamas, se había acercado a toda prisa a la reja y había accionado el cabrestante que se encontraba a un lado, fijado a la pared de roca. Se oyó el ruido de un mecanismo oculto y por fin se alzó la reja.

– ¡Salgan! -gritó el médico innecesariamente, puesto que Sarah y Hingis ya estaban preparados para huir.

Cuando el espacio entre la reja y el suelo fue lo bastante amplio, se deslizaron por debajo y se liberaron.

La primera reacción de Sarah fue ayudar al coloso, que se tambaleaba ardiendo en llamas entre gritos. Pero Cranston y Hingis la detuvieron.

– ¡Vámonos de aquí! -la urgieron, y Sarah obedeció, hasta que su mirada se posó en el codicubus, que estaba en el suelo.

El cíclope había dicho que tal vez aquello la ayudaría a contestar algunas de sus preguntas. Resuelta, se soltó de sus compañeros, recorrió a toda prisa los pocos pasos que la separaban del artefacto sin dueño y lo cogió.

– ¡Sarah Kincaid! -se oyó decir en aquel momento al coloso agonizante con una voz terriblemente chillona-, ¡Sarah Kincaid!

Sarah se quedó de piedra y miró aterrada al coloso, que se desplomó entre gritos horripilantes. De nuevo se dispuso a ayudarlo, pero sus compañeros la agarraron y se la llevaron a rastras fuera del laboratorio, de vuelta al alcantarillado a través de la galería larga y estrecha.

Los gritos del titán resonaban detrás de ellos.

Ninguno vio que el cíclope, presa del pánico, se revolcaba en el suelo y extinguía las llamas; ninguno vio que quedaba tendido sobre las ascuas de su propia ropa y rodeado del hedor de cabellos chamuscados y piel quemada; ninguno vio que su poderoso pecho subía y bajaba al ritmo de los jadeos.

Y ninguno vio que una mano derecha, ennegrecida por el fuego y el tizne, se aferraba al suelo de piedra y una figura gigantesca y desfigurada por las quemaduras se incorporaba tambaleándose pesadamente…

Capítulo 6

Diario de viaje de Sarah Kincaid

Esta mañana muy temprano he ido a misa a la iglesia de San Nicolás, con la esperanza de encontrar un poco de consuelo y paz interior, sin éxito.

No me apetece reconocerlo, pero los sucesos de la pasada noche me han impresionado profundamente. No solo porque nos apresaron y solo pudimos huir por los pelos de nuestro captor; no solo porque me embargan mil temores y todavía oigo constantemente los gritos del coloso agonizando, sino también porque no dejo de preguntarme si puedo confiar en la información que me proporcionó.

En algunos momentos me inclino a dar crédito a sus palabras, pero luego vuelven a asaltarme las dudas. Me pregunto qué entraña aquella enigmática historia de los misterios divinos y los secretos del cosmos. ¿Es esa la solución al enigma? ¿La pieza del rompecabezas que hace que todo encaje?

Hay cosas que parecen cobrar sentido, aunque de un modo extraño. Alejandría, la biblioteca desaparecida, La Sombra de Thot, el fuego de Ra… Visto en perspectiva, parece que realmente estén relacionados. ¿He participado sin saberlo en descifrar los tres mayores misterios de la historia de la humanidad? ¿En explorar la esencia del cosmos? Y, aunque la idea me espanta, ¿recorrió mi padre también ese camino? ¿Lo he seguido inconscientemente por esa senda y era eso lo que quiso decirme al final?

Son los mismos nombres, que siempre regresan. Los mismos personajes históricos, cuyo destino parece estar inseparablemente unido al del único ojo.

Alejandro.

Arsínoe.

Ptolomeo.

¿Qué relación existe entre ellos? ¿Qué los unía e hizo que sus destinos fueran tan semejantes? ¿Qué verdad se esconde tras todos esos mitos de los que me habló el cíclope? ¿Dónde se sitúa el origen de esos seres extraños que fueron dotados de un solo ojo por la creación? ¿Cómo han podido pasar desapercibidos durante siglos? ¿Y qué entraña en sí el codicubus? ¿Qué indicios contendrá?

Por mucho que me atormenten tantas preguntas, me alivia seguir con vida. No quiero ni imaginar qué habría ocurrido si el doctor Cranston no llega a encontrarnos. Después de que Friedrich Hingis y el doctor se separaran mientras seguían al cíclope, el doctor continuó buscando por su cuenta y fue a parar por casualidad al viejo cementerio, donde dio con las huellas de unas botas de mujer que saltaba a la vista que iba sola. Puesto que eso le pareció muy raro, siguió el rastro, que lo condujo a la cabaña del guarda del cementerio y, finalmente, hasta nosotros.

Naturalmente, Friedrich y yo nos deshacemos en elogios hacia nuestro compañero y casi me avergüenzo de haberlo considerado tan negativamente al principio. Tengo por seguro que, sin la ayuda de Cranston, nuestra misión habría encontrado un final prematuro e inesperado, y con ello se habría esfumado toda esperanza para Kamal. Sin embargo, contamos con una segunda oportunidad y, más aún que antes, ardo en deseos de solucionar el misterio que parece rodearnos…

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