La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
—Mi bastón nos alumbrará —ofreció Raistlin, que lo portaba ensartado en las correas de la silla.
Empezó a elevar su cuerpo pero un virulento ataque le obligó a detenerse, aferrado a la silla y sin aliento. Cuando cedieron los espasmos, Caramon reanudó su discurso.
—Atiende, Raist —le susurró en actitud conciliadora—. No me inquieta menos que a ti la suerte de Crysania mas, en mi opinión, exageras. Seamos sensatos. Has reaccionado como si la dama se hubiera introducido en una guarida de goblins. ¡Y tú criticas mi atolondramiento! En cuanto vislumbren la aureola luminosa de tu cayado, los moradores de esa jungla se sentirán atraídos hacia ella como la polilla hacia el fanal. Los caballos están extenuados, y tú apenas puedes respirar. ¿Qué pasará en el caso de que tengamos que enfrentarnos a un enemigo, a algún ente vivo o muerto que nos aceche desde las sombras? Acampemos aquí y partamos al despuntar el nuevo día, una vez hayamos repuesto fuerzas.
El hechicero se quedó inmóvil y, con las manos enlazadas en el pomo de su montura, miró a su gemelo. Intentó discutir, pero se lo impidió un virulento acceso de tos que le hizo desistir de su empeño. Resignado, soltó la silla y se apoyó en el terso flanco del corcel.
—Tienes razón, hermano —asintió en un murmullo entrecortado.
Asustado por su inusitada docilidad, más aún que por su quebranto, el hombretón hizo ademán de auxiliarlo. Antes de que Raistlin se percatara, no obstante, contuvo su ímpetu, consciente de que tal despliegue sólo obtendría un humillante rechazo. Como si nada hubiera sucedido, desanudó de las cinchas la cama de campaña mientras parloteaba con aire casual sobre cuestiones prácticas, intrascendentes.
—Extenderé tu lecho para que te acuestes. Me arriesgaré a encender una pequeña fogata y, de ese modo, podrás calentar esa pócima que tanto te alivia. Luego sacaré la carne y las verduras que me ha dado Garic, unas provisiones exiguas pero que, guisadas adecuadamente, nos proporcionarán alimento. Haré un estofado, como en los viejos tiempos.
»¡Por los dioses! —exclamó sonriente—. Pese a ignorar de dónde surgiría el próximo acero destinado a traspasarnos, comíamos bien en nuestras correrías. ¿Te acuerdas? Nada nos quitaba el apetito, y tú solías arrojar a la marmita una hierba especiada. ¿Qué era? —Fijó la vista en lontananza, en su afán de desentelar las brumas del olvido—. Vamos, ayúdame, se trataba de uno de tus ingredientes mágicos. Tengo el nombre en la punta de la lengua. Se asemejaba a nuestro apellido. ¿Majerina, merjoría? ¡Ja! —se carcajeó—. Acabo de rememorar aquella ocasión en que tu maestro nos sorprendió cocinando con los componentes arcanos como aditamento. Casi se desmayó».
Suspiró, y se aplicó a la ardua tarea de aflojar los nudos.
—He probado platos exquisitos desde entonces —prosiguió al rato—, en las situaciones más dispares que cabe imaginar. Me he regalado en palacios, bosques elfos y mugrientas posadas, mas nunca hallé nada equiparable a nuestro estofado. Me gustaría hacerlo de nuevo, aunque no sé si me saldrá igual de sabroso…
Le interrumpió un quedo crujir de tela y, sabedor de que Raistlin había vuelto la encapuchada cabeza y le examinaba con suma atención, tragó saliva y se concentró en su tarea. Había expuesto ante el mago su lado vulnerable, así que no le quedaba otra alternativa que soportar su censura, su burla escarnecida.
Los ropajes crujieron de nuevo, y el guerrero notó que depositaban en su mano una liviana bolsa.
—Mejorana —le aleccionó Raistlin—. La hierba se llama mejorana.
5
Muerte en el valle
Hasta que no llegó a los aledaños de la aldea, Crysania no se percató de que algo extraño sucedía.
Caramon lo habría advertido sólo con otear el panorama desde lo alto de la colina. Habría reparado en la ausencia en las chimeneas del humo revelador de que se preparaban las cenas en los hogares. Y también le habría sorprendido el silencio antinatural. No se oían los gritos de las madres llamando a sus hijos, ni las estrepitosas recuas de bueyes que tiraban de los arados camino del reposo, ni los alegres saludos de los vecinos al recogerse en sus moradas tras una larga jornada de faenar en los campos. Tampoco le habría pasado inadvertida al general la quietud en la normalmente animada fragua, ni habría dejado de preguntarse el motivo de que en las ventanas no brillase el reflejo de los candiles. Y, al alzar la vista, habría distinguido alarmado la enorme cantidad de carroñeros que revoloteaban en círculos sobre el pueblo.
Todo esto habría llamado la atención del guerrero, de Tanis el Semielfo o de Raistlin, quienes, de tener que seguir adelante, lo habrían hecho con la mano en torno a la empuñadura de la espada o un hechizo defensivo en los labios.
No obstante, la sacerdotisa penetró despreocupada en el lugar y transcurrieron unos minutos antes de que experimentara un primer asomo de inquietud. Nació este sentimiento cuando, al mirar a su alrededor, no vio a nadie. Escudriñó su entorno, y al hallarlo vacío, levantó los ojos hacia el cielo. Fue entonces cuando descubrió a las aves, cuyos chillones graznidos frente a su intrusión interrumpieron el hilo de sus meditaciones. Los pájaros se alejaron en la creciente penumbra para, con un perezoso aleteo, posarse en los árboles o fundirse en las sombras del ocaso.
Sin conceder excesiva importancia a este hecho, Crysania desmontó delante de un edificio que una enseña proclamaba como albergue y, después de atar su caballo a un poste, se acercó a la puerta principal. Si en realidad se trataba de una posada era pequeña, pero bien construida y con un ambiente acogedor gracias a las cortinas con volantes que, en medio de la desolación, le conferían un aspecto contrario al pretendido. En efecto, a la dama el establecimiento se le antojó siniestro a causa de la paz sobrenatural que lo envolvía. No ardían luces en el interior, y la noche comenzaba a engullar el arracimado caserío. Estremecida, abrió el acceso.
—¡Hola! —saludó vacilante; pero sólo contestaron a su llamada los discordantes gritos de las aves—. ¿Hay alguien aquí? Busco un aposento…
Murió su voz, consciente de que la sala estaba desierta. Quizá la población en peso había abandonado la aldea para unirse al ejército de Fistandantilus. Ella misma había sido testigo del poder de convocatoria de Caramon y sus seguidores. Mas, de ser tal el caso, sólo habrían quedado los muebles, ya que todos cuantos se enrolaban llevaban consigo sus pertenencias. En aquel comedor, en cambio, incluso había una mesa servida.
Al adaptarse sus ojos a la tenue luminosidad, atisbo copas llenas de vino y botellas abiertas sobre el sencillo mantel. Un examen más minucioso le reveló que no había comida y que los platos se encontraban fragmentados en el suelo junto a unos huesos roídos. Dos perros y un gato que merodeaban alrededor de éstos, hambrientos en apariencia, le dieron una idea de lo ocurrido.
Una escalera conducía al piso superior. Pensó en subir a inspeccionar, pero le faltó valor y decidió dar antes una vuelta por el lugar. Alguien debía de quedar, alguien que pudiera explicarle qué estaba sucediendo.
Recogió un fanal, prendió la mecha con la yesca de su hatillo y volvió a salir a la calle, sumida ahora en una absoluta negrura. ¿Dónde podían estar los habitantes? Aquella soledad no era fruto de un ataque, de haber sido así las secuelas de la lucha se harían patentes en signos tales como cantos desportillados en el mobiliario, restos quebrados de armas, charcos de sangre e, inevitablemente, cadáveres.
Aumentó el desasosiego de la sacerdotisa al detenerse frente a la venta. Su equino relinchó en cuanto traspasó el umbral. La asustada mujer hubo de refrenar su impulso de saltar sobre el lomo del corcel y huir a toda velocidad. El animal estaba cansado, no podía continuar viaje sin dormir ni alimentarse. Este último pensamiento indujo a Crysania a desanudar el ronzal y conducirlo hasta las cuadras, que se hallaban situadas en la fachada trasera del local. Estaban vacías, algo que nada tenía de insólito si se considera que los caballos eran un lujo en los tiempos que corrían. Al menos, en las dependencias había abundante forraje y agua que aliviarían las necesidades del corcel y que, además, demostraban que se recibían huéspedes con cierta frecuencia. Colocando el fanal en un estante, la dama soltó las cinchas y, una vez hubo desensillado a su cabalgadura, procedió a cepillar su pelaje.