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Diosa Por Derecho

Электронная книга - «Diosa Por Derecho». Краткое содержание книги:

Aunque Morrigan fue concebida en medio de una mentira, y estuvo atrapada en un árbol durante toda su gestación, su nacimiento fue verdaderamente mágico. Después de aquel comienzo, pasó
los siguientes dieciocho años de su vida como cualquier chica normal de Oklahoma. Cuando descubrió la verdad de su origen, la rabia y la pena se apoderaron de ella y la llevaron de vuelta al mundo de Partholon. Pero allí, en vez de ser respetada como hija de la encarnación de una diosa, Morrigan se sintió como una intrusa rechazada. En su desesperación por formar parte de Partholon, se enfrentará a fuerzas que no podía comprender ni controlar por entero. Y pronto empezaría a sufrir el acecho de una extraña oscuridad…
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– Es asombroso.

Él, con la respiración todavía entrecortada, se había dado la vuelta, y había descubierto que Morrigan continuaba mirándolo.

– Tú eres asombroso -continuó Morrigan.

Entonces, dejó el odre de vino que estaba a punto de guardar y se acercó a él. Kegan notó que la opresión que tenía en el pecho comenzaba a relajarse cuando ella le acarició la cara y se dejó abrazar.

– Vas a tener que darme un poco de tiempo -le dijo-. Para mí, hay muchas cosas que han cambiado con demasiada rapidez. No sé si puedo asimilar algo más.

Kegan se oyó diciendo unas palabras que, sólo un par de días antes, habrían hecho que despreciara a quien las hubiera pronunciado.

– Yo puedo ayudarte. No tienes por qué estar sola. No tienes por qué depender sólo de ti misma.

Morrigan arqueó una ceja.

– ¿No debería depender de Adsagsona?

– Tal vez tengas que pensar en la posibilidad de que fue tu diosa la que me trajo a ti, y que es su voluntad que estemos juntos.

Kegan se inclinó y la besó, y con aquel beso no sólo reclamó su boca, sino también su alma. Morrigan respondió, y él sintió una alegría inmensa. Sería suya. Tenía que ser suya.

Cuando terminaron de besarse, él se sintió aliviado, porque Morrigan estaba sin aliento. Entonces, al verla bien, advirtió que en sus ojos había una mirada extraña, casi como si estuviera intentando no llorar.

– Kegan, tengo que decirte una cosa.

Él sintió una punzada dolorosa de preocupación en el pecho, pero intentó sonreír.

– ¿De qué se trata, mi fuego?

– Sabes que me parezco mucho a Myrna, ¿verdad?

Kegan asintió.

– Sí, pero ya te he explicado que en realidad no me importaba mucho.

– Lo sé. No se trata de eso. En Oklahoma había alguien que se parecía tanto a ti como yo me parezco a Myrna.

Él tuvo la sensación de que le habían dado un puñetazo en el estómago.

– No lo entiendo.

– Yo tampoco lo entiendo muy bien.

– Pero… tú me dijiste que en tu mundo no hay centauros.

– No los hay. Kyle se parece a ti en tu forma humana. Es exactamente igual que tú.

Él comprendió la verdad.

– Querías a ese hombre.

Ella se ruborizó.

– No, no lo quería. No lo conocía tan bien como para eso.

– Pero estabas conectada a él.

– Probablemente, tanto como tú estabas conectado a Myrna.

Kegan soltó un resoplido.

Morrigan arqueó las cejas.

– Oh, así que había más de lo que has admitido entre Myrna y tú.

– No estamos hablando de lady Myrna. Estamos hablando de Kyle.

– Mira, creo que los dos estamos más que un poco celosos.

Kegan gruñó, como si estuviera dispuesto a admitirlo.

– Pero las relaciones con Myrna y Kyle no son lo que me inquieta. Lo que me asusta es el hecho de que murieran los dos el mismo día.

Kegan se quedó helado.

– ¿Kyle está muerto?

– Murió el mismo día que Myrna -repitió Morrigan, y él notó que estaba temblando-. Ese también fue el día en que Adsagsona me trajo desde Oklahoma al Reino de los Sidethas.

Kegan se sentía completamente aturdido. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Entonces, como si de veras estuviera en mitad de un sueño, oyó una voz desesperada.

– ¡Morrigan! ¡Kegan!

Morrigan salió del abrazo de Kegan.

– ¿Birkita?

La anciana Sacerdotisa se acercaba apresuradamente a la pequeña colina. Corriendo llegó hasta ellos, con la respiración entrecortada, temblando tanto que Morrigan tuvo que sujetarla para que no se cayera.

– Birkita, ¿qué ocurre? -preguntó Morrigan.

– Kai…

– ¡Kai! ¿Qué ha pasado? -preguntó Kegan.

– Ha tenido un accidente -dijo Birkita-. Debes venir corriendo, Kegan. Creo que se está muriendo.

Capítulo 19

– ¿Estás seguro de que puedes llevarnos a las dos? -preguntó Morrigan mientras Kegan colocaba a Birkita a su espalda, detrás de ella.

– Por supuesto. Ni siquiera las dos a la vez sois demasiado pesadas para mí. Agarraos fuerte. Voy a cabalgar con rapidez.

Kegan le apretó la mano antes de bajar de la loma, y después comenzó a correr a tal velocidad que Morrigan no pudo hacerle más preguntas a Birkita. Birkita había dicho muy pocas cosas; en realidad, no había podido informarlos de nada, porque no había tenido tiempo de recuperar el aliento antes de que se pusieran en marcha. Kegan las había subido a su lomo en cuanto había percibido la gravedad de la situación. Morrigan se aferró a su torso e intentó, sin éxito, no sentirse como si la persiguiera una nube negra de muerte.

Kegan se detuvo junto a la entrada de las Cuevas. Allí los esperaba Perth, lo cual, para Morrigan, no fue una buena señal.

– Explícame lo que ha ocurrido -le dijo Kegan mientras bajaba a Birkita de su espalda. Cuando Perth abrió la boca para contárselo, Kegan dijo-: Habla mientras nos conduces hasta él.

Morrigan observó al centauro con atención mientras pasaba el brazo alrededor de la cintura de Birkita para darle apoyo a la anciana mientras seguían a Perth. Había visto a Kegan en actitud de flirteo, bromista, romántico y sexy. Aquélla era la primera vez que veía otra faceta suya, una faceta que se hacía cargo del mando con facilidad, con un liderazgo calmado en un momento de crisis.

Perth comenzó a explicar el accidente que había sufrido Kai mientras recorrían los túneles rápidamente.

– Han encontrado al Maestro de la Piedra en la sala del ónice. Debía de trepar para extraer una pieza de la piedra, y cayó. Está casi inconsciente, pero no permite que nadie lo mueva hasta que haya hablado con vos.

– La sala de ónice. Está cerca de donde yo lo he visto hoy -dijo Morrigan.

– ¿Has estado con Kai hoy? -preguntó Kegan.

– Sí, cuando estaba explorando las Cuevas. Estaba en la sala del mármol, con la piedra que tú tienes que tallar para la escultura de la tumba de Myrna.

– Entonces, encontró la piedra.

– Sí, y estaba bien cuando yo lo dejé.

Kegan la miró con extrañeza.

– Por supuesto que sí -dijo. Después se volvió de nuevo hacia Perth-. ¿Qué heridas tiene?

– Se ha golpeado la cabeza y tiene la pierna rota. Pero una de las piedras de ónice lo ha destripado.

– ¿Sobrevivirá? -preguntó Kegan.

– Creo que su insistencia en que nadie lo mueva hasta que tú estés allí responde esa pregunta.

Morrigan vio que a Kegan se le tensaba la mandíbula.

– ¡Más deprisa! -ordenó, y Perth y él echaron a correr.

Birkita no podía seguir su ritmo, así que Morrigan se quedó atrás para acompañar a la Sacerdotisa. Tenía un nudo frío en el estómago, pero intentó expresar con palabras el miedo sin nombre que la atenazaba.

– Birkita, ¿a qué se refería Perth cuando ha dicho que el hecho de que Kai llamara a Kegan respondía a la pregunta de si iba a sobrevivir o no?

Birkita habló entre jadeos.

– Kegan puede ayudar a Kai a pasar al Otro Mundo.

Morrigan quería hacerle más preguntas a Birkita, pero ya habían llegado a la entrada de la sala de ónice. Birkita precedió a Morrigan hacia el interior, que estaba atestado de gente. Todo el mundo se había arremolinado alrededor de la pared que tenía las piedras más grandes y más afiladas de todas. Morrigan tomó de la mano a Birkita y las dos juntas se aproximaron al grupo.

Morrigan estaba respirando profundamente para mantener la calma, cuando el olor la asaltó. Era el olor espeso y metálico de la sangre fresca, mezclado con otro repugnante, como de diarrea. Morrigan, entre náuseas, comenzó a respirar por la boca, mientras intentaba atisbar a Kai por encima de las cabezas de la gente. Se dio cuenta de que había unos picos de ónice que estaban húmedos, y sintió el sabor de la bilis. Si no hubiera estado agarrada a la mano de Birkita, habría salido corriendo de la sala.

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