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Diosa Por Derecho

Электронная книга - «Diosa Por Derecho». Краткое содержание книги:

Aunque Morrigan fue concebida en medio de una mentira, y estuvo atrapada en un árbol durante toda su gestación, su nacimiento fue verdaderamente mágico. Después de aquel comienzo, pasó
los siguientes dieciocho años de su vida como cualquier chica normal de Oklahoma. Cuando descubrió la verdad de su origen, la rabia y la pena se apoderaron de ella y la llevaron de vuelta al mundo de Partholon. Pero allí, en vez de ser respetada como hija de la encarnación de una diosa, Morrigan se sintió como una intrusa rechazada. En su desesperación por formar parte de Partholon, se enfrentará a fuerzas que no podía comprender ni controlar por entero. Y pronto empezaría a sufrir el acecho de una extraña oscuridad…
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– Seguramente te he resultado pesada -dijo Morrigan, que se sentía nerviosa.

Él sonrió.

– Me has resultado perfecta.

– Bueno, ¿te doy las gracias o te hago unas caricias?

Su sonrisa aumentó.

– Creo que me gustarían ambas cosas.

– Veamos cómo te comportas en el viaje de vuelta. No quiero recompensarte tan rápidamente.

Kegan se rió.

– Ya veo que vas a ser uno de esos jinetes difíciles.

– Oh, así que sólo soy una de tantas. ¿A cuántas mujeres has llevado?

Él todavía estaba sonriendo, pero sus ojos tenían una mirada seria.

– He llevado a muchas mujeres, pero todas se han convertido en sombras del pasado, sin ningún interés, en comparación contigo, Portadora de la Luz.

– ¿Incluso Myrna? -preguntó Morrigan, sin poder contenerse.

– Incluso ella -dijo Kegan, y señaló hacia las Salinas-. Será mejor que bajemos al nivel del lago, celosa, o te perderás la puesta de sol.

Morrigan iba a decir que ella no estaba celosa, pero reprimió la mentira. En vez de hablar, hizo acopio de dignidad y caminó hasta el borde de la colina.

– ¡Vaya! Resulta más increíble desde aquí cerca.

– Entonces, vamos a acercarnos más -dijo Kegan, y después de dejar la cesta en el suelo, la tomó de la mano. Ambos descendieron por el terraplén hasta que llegaron al nivel de las Salinas.

Morrigan olfateó el aire.

– Huele como el mar, menos los peces.

– Es demasiado salino para tener peces. ¿Ves que incluso las plantas dejan de crecer a bastantes metros de la orilla?

Ella asintió, pero no estaba prestando demasiada atención. Su atención estaba centrada en las piedras de cristal que sobresalían de la superficie del agua. El sol estaba empezando a tocar el cielo del oeste, a su izquierda, y el color azul del cielo se estaba volviendo de los colores apasionados del atardecer: fucsia, azafrán y oro. Cuando el sol tocaba las enormes piedras, las encendía con los colores de la tarde.

– Quiero ir allí -dijo ella, que estaba a punto de saltar de emoción.

– Vuestros deseos, mi señora, son mis órdenes.

En aquella ocasión, cuando Kegan abrió los brazos, Morrigan se acercó sin titubear a él, y se colocó con más elegancia sobre su lomo ahora que ya no estaba concentrada en su azoramiento.

– ¡Allí! -dijo, señalando hacia una piedra de cristal que tenía la parte superior plana y era lo suficientemente ancha como para ponerse de pie sobre ella-. Llévame hasta aquélla.

El centauro entró al lago rompiendo la superficie del agua, y con facilidad, se dirigió hacia la piedra, que estaba a varios metros de la orilla. Morrigan se dio cuenta de que era mucho menos profundo de lo que parecía. Algunas veces, el agua apenas cubría los cascos de Kegan.

– Supongo que podría haber venido andando. Tenías razón, no es nada profundo.

Él sonrió.

– Y se te habrían estropeado esas sandalias tan bonitas. Además, a mí me gusta tener una excusa para llevarte a la espalda.

Ella le empujó el hombro y frunció el ceño, en broma.

– Ponme en esa piedra de ahí.

– Como tú digas.

Y, sin permitir que se le mojaran ni siquiera las puntas de los dedos del pie, Kegan la levantó de su lomo y la colocó sobre la piedra.

En cuanto Morrigan tocó la parte superior del cristal, lo sintió. El poder. Latía desde la piedra. Ella se agachó y posó las manos contra la superficie, y susurró:

– ¿Me conocéis?

«Te conocemos, Portadora de la Luz».

Al igual que en la cueva, la respuesta provenía de los cristales y atravesaba su piel y sus nervios, los músculos y la sangre de sus manos, y se abría paso, como una corriente, hacia su cuerpo.

– ¿Te reconocen los cristales? -le preguntó Kegan.

– ¡Sí! Me conocen. Es un poco distinto a lo que ocurre en el interior de la cueva. Aquí parece el eco de un sonido, no es tan intenso como allí. Pero me llaman Portadora de la Luz.

– Entonces, tal vez deberías pedirles que se iluminen -dijo Kegan. Después, dio varios pasos hacia atrás, como si quisiera dejarle espacio-. El momento es perfecto. El sol se está poniendo ahora.

Morrigan se puso en pie y se volvió. El sol estaba cayendo lentamente hacia el horizonte del oeste, lanzando más colores como llamas en el cielo. Desde la parte de las Salinas que ya quedaba a la sombra estaba empezando a surgir un poco de niebla, blanca y diáfana. De repente, aquel cielo brillante y la belleza de la niebla y el agua le recordaron a Oklahoma, y a muchos atardeceres gloriosos que había visto con sus abuelos. Morrigan tuvo una aguda sensación de nostalgia.

«Aquél era el lugar donde naciste, pero nunca fue tu mundo», le dijo la voz insistente de su cabeza, que sonaba más claramente y con más fuerza de lo que nunca hubiera sonado en Partholon.

«Que ames el lugar en el que has nacido no significa que denigres tu nuevo hogar…».

Morrigan dio un respingo al oír aquella otra voz, que el viento le llevaba como un susurro. Era raro que llevara tanto tiempo sin oírla. Entonces, agitó la cabeza y respiró profundamente. No. No quería escuchar ninguna voz. Ella no necesitaba aferrarse a susurros para encontrar su camino. Era una Portadora de la Luz, la Suma Sacerdotisa y la Elegida de la Diosa.

Morrigan alzó los brazos.

– ¡Espíritus del cristal, me llamáis Portadora de la Luz, así que os pido que me deis luz!

«¡Portadora de la Luz!».

El título resonó de una manera sobrenatural a su alrededor, a medida que las piedras de cristal respondían a su llamada y resplandecían. Y, mientras las piedras emitían una luz dorada que parecía vencer a los rayos del sol de poniente, Morrigan sintió que el poder la invadía. Era como si la luz estuviera atravesándole el cuerpo y llenándola de calor, sensaciones y alegría. Estiró los brazos para mirar cómo le brillaba la piel. Era como si fuera de cristal y se hubiera vuelto de carne y fuego. Y entonces, por capricho, puso la palma de la mano hacia arriba y dijo:

– ¡Enciéndete!

De su mano surgió una llama fuerte, segura, que hizo que Morrigan riera de placer y se volviera hacia Kegan:

– ¡Mira lo que soy capaz de hacer!

– Nunca había visto nada parecido. Nunca había visto nada como tú -dijo Kegan.

La estaba devorando con la mirada, y todo el calor, la alegría y la emoción que Morrigan sentía se convirtieron en pasión pura. El centauro leyó bien el cambio que se produjo en ella y comenzó a acercársele.

– Eres luz y llamas, tan bella, que es difícil no mirarte. Podrías iluminar cualquier oscuridad, Morrigan.

Se quedó frente a ella. Morrigan extinguió la llama de su palma con un movimiento de la muñeca, y se inclinó hacia él para abrazarlo. El deseo ardía con tanta fuerza en su cuerpo que tuvo que calmar la respiración antes de hablar.

– Quiero que me beses y que me hagas el amor mientras estoy ardiendo así.

Con un gemido, Kegan se inclinó para atrapar su boca, pero fue Morrigan quien se convirtió en perseguidora. Lo acogió con una pasión que ardía como los cristales que los rodeaban. Kegan la tomó en brazos, y cuando Morrigan advirtió que iba a llevarla así hasta la orilla, le pidió:

– No, por favor. Ponme de nuevo a tu espalda.

Sin decir una palabra, él cambió su posición y colocó a Morrigan sobre su espalda para que pudiera cabalgar a horcajadas. Ella lo rodeó con los brazos y ciñó su cuerpo vibrante contra el de Kegan, el pecho, los muslos, el centro de sí misma, mientras exploraba la columna fuerte de su cuello con los labios y los dientes.

– Tu cuerpo es tan cálido que parece que estás ardiendo -gimió Kegan.

– ¿Es demasiado? ¿Te hago daño? -le preguntó ella sin aliento.

– ¡No, no! No pares.

Kegan salió del agua y recorrió la corta distancia hasta la loma donde habían dejado la cesta. Levantó a Morrigan de su espalda sin separarse de ella, y devoró su boca. Cuando se apartó, ella hizo un sonido de frustración e intentó abrazarlo de nuevo.

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