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Diosa Por Derecho

Электронная книга - «Diosa Por Derecho». Краткое содержание книги:

Aunque Morrigan fue concebida en medio de una mentira, y estuvo atrapada en un árbol durante toda su gestación, su nacimiento fue verdaderamente mágico. Después de aquel comienzo, pasó
los siguientes dieciocho años de su vida como cualquier chica normal de Oklahoma. Cuando descubrió la verdad de su origen, la rabia y la pena se apoderaron de ella y la llevaron de vuelta al mundo de Partholon. Pero allí, en vez de ser respetada como hija de la encarnación de una diosa, Morrigan se sintió como una intrusa rechazada. En su desesperación por formar parte de Partholon, se enfrentará a fuerzas que no podía comprender ni controlar por entero. Y pronto empezaría a sufrir el acecho de una extraña oscuridad…
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– Espera, debo experimentar el Cambio.

Lo que él le estaba diciendo consiguió aplacar el deseo de la mente de Morrigan, y ella asintió temblorosamente.

– De acuerdo. ¿Qué quieres que haga?

– Debes permanecer muy callada, aunque te asuste lo que veas.

– Pero…

– ¿Confías en mí?

Morrigan no titubeó.

– Sí.

Kegan le dio un beso breve y fuerte, y después, se alejó varios pasos de ella. Con el fondo del atardecer, Morrigan vio la silueta de Kegan dibujada por la niebla y las piedras doradas y brillantes, mientras él inclinaba la cabeza y comenzaba a cantar. Hablaba en voz baja, y en un lenguaje que ella no entendía, pero sí sentía el poder de aquellas palabras rozándole la piel. Sin dejar de entonar aquel cántico, Kegan comenzó a elevar los brazos, y a Morrigan le pareció que su piel comenzaba a vibrar de una manera extraña, con unos movimientos demasiado rápidos como para que sus ojos pudieran detectarlos, y entonces, la vibración se hizo brillante, tan brillante que Morrigan sólo podía mirarlo a la cara. Tuvo que taparse la boca con la mano para que no se le escapara un grito al advertir su expresión de agonía. Y entonces, el cuerpo de Kegan estalló en luz.

Morrigan pestañeó para intentar disipar los puntos blancos de sus ojos. Quería llamar a Kegan, pero todavía estaba demasiado asustada como para hacer algo.

– Ahora puedes hablar -dijo Kegan, entre bocanadas de aire.

A Morrigan se le aclaró la visión, y entonces vio a Kegan, que estaba desnudo, salvo por el chaleco de cuero que llevaba, y arrodillado. Tenía la cabeza inclinada y estaba apoyado en uno de los brazos, y temblaba violentamente. Morrigan se acercó rápidamente a él, se arrodilló a su lado y comenzó a apartarle el pelo húmedo de la cara.

– ¡Oh, Kegan! ¿Estás bien? ¡Me has dado un susto de muerte!

Él la miró con una sonrisa.

– Cuesta un poco acostumbrarse al Cambio.

– ¡Y que lo digas! Ha sido horrible. Te ha hecho daño.

– Sí. Duele -dijo él.

Su sonrisa aumentó, y su respiración fue recuperando el ritmo normal. Se puso en pie, temblando sólo un poco, y la tomó en sus brazos.

– Deberías haberme dicho que dolía tanto -le dijo Morrigan, mientras posaba las manos suavemente en su pecho, casi con miedo de tocarlo.

– No estaba pensando en el dolor cuando decidí cambiar.

Morrigan cabeceó.

– Bueno, pues yo lo pensaré la próxima vez.

– Y a mí me alegra que haya una próxima vez.

Kegan se inclinó para besarla brevemente, y después, la tomó de la mano y caminó lentamente, con ella, hasta el lugar en el que habían dejado la cesta. Sin pudor alguno, se quitó el chaleco y abrió la cesta, de la que sacó una manta. Mientras la extendía por el suelo, Morrigan se llenó los ojos de él. Le gustó absolutamente todo lo que vio, pero estaba empezando a ponerse nerviosa. Muy nerviosa.

– ¿Paso la inspección?

– Sí -dijo ella rápidamente, al darse cuenta de que él había estado allí plantado, desnudo, observando cómo ella lo observaba.

– Bien. Me alegro de que te agrade cómo soy en mi figura humana.

– También me gustas en tu forma de centauro -respondió ella, muy en serio. Era muy guapo, de cualquier forma.

– Bien -repitió él, sonriendo lentamente-. ¿Puedo pedirte un favor?

Morrigan asintió.

Kegan señaló a las Salinas, y Morrigan siguió su mano con la mirada. Los cristales seguían brillando, pero no con la misma fuerza que antes. El cielo se estaba apagando, y la niebla le confería a todo un aspecto irreal.

– Haz que se iluminen de nuevo.

Morrigan miró desde las Salinas a Kegan.

– ¿Quieres que vuelva hasta allí?

– No, quiero que te quedes aquí conmigo.

– Pero no puedo hacer eso desde aquí.

– Yo creo que sí.

Caminó hasta donde la loma comenzaba a descender, y le tendió la mano.

Morrigan se acercó a él, y dejó que la girara para que estuviera mirando hacia los cristales, que resplandecían suavemente. El se quedó tras ella, con las manos posadas en sus hombros. Se inclinó, y su respiración cálida le hizo cosquillas en la oreja, consiguiendo que temblara de pasión.

– Diles que vuelvan a encenderse. Te oirán.

– No sé. Está muy lejos.

– Sí, están lejos, pero tú sigues estando conectada a los espíritus. Siente el suelo bajo tus pies. En algún lugar, por debajo de nosotros, están las Cuevas de los Sidethas, y en allí están tus cristales. Ellos te conectarán con los cristales de la Llanura de Sal. Concéntrate, Portadora de la Luz. Llámalos. Los espíritus te responderán.

«Usa tu poder…».

Aquellas palabras le llenaron la mente. Morrigan se concentró en el suelo, igual que se había concentrado antes, cuando estaba sobre la piedra de cristal. En aquella ocasión sintió más lejos, alcanzó más distancia… ¡Sí! Pronto tuvo una respuesta en forma de oleada de sensaciones que se elevaba de la tierra. «¡Portadora de la Luz! Te oímos». Era débil, pero era la voz jubilosa de los espíritus de los cristales de las Cuevas. Sonriendo, Morrigan elevó los brazos y gritó.

– ¡Iluminad las Salinas por mí!

Jadeó al sentir el poder de la luz que fluía a través de ella, y las piedras de cristal del lago se iluminaron otra vez, con aquella luz parecida a la del sol.

– Sabía que podías hacerlo. Eres mi fuego, mi brillo -dijo Kegan, con la voz entrecortada de deseo.

Morrigan apartó la vista de las piedras brillantes y se giró en sus brazos. No tuvo que mirarse la piel para saber que estaba brillando. La luz que tenía en su interior latía con su sangre, la calentaba y la llenaba de pasión. Al cuerno la virginidad. El nerviosismo de Morrigan se deshizo con el calor de su necesidad. Besó a Kegan largamente, con fuerza, de manera exigente. Entonces se separó de él y se acercó a la manta. Kegan la siguió. Morrigan lo supo sin mirarlo. Sentía su cuerpo masculino como si fuera una extensión del suyo propio. Sin darse la vuelta, Morrigan se quitó el vestido y lo dejó caer en una pila de tela, a sus pies. Cuando se volvió a mirar a Kegan, estaba completamente desnuda.

Se abrazaron sin titubeos. Morrigan no sintió timidez. Lo que le faltaba de experiencia lo suplió con pasión. Quería saborear, tocar, experimentarlo todo con Kegan. Era como si su piel brillante estuviera absorbiendo el deseo de él. Cuanto más lo acariciaba, más se excitaba. Kegan no era un amante sin experiencia. Se tomó su tiempo con ella, aunque Morrigan lo estaba llevando al límite. La saboreó y la preparó hasta que por fin se colocó sobre ella y entró en su cuerpo de una sola acometida.

Morrigan gritó de dolor, al notar la súbita intrusión de la carne dura, y Kegan echó la cabeza hacia atrás bruscamente.

– ¿Soy el primero? -preguntó en un jadeo.

Ella asintió.

– ¡Ah! -susurró él. Apoyó la frente en la de Kegan y musitó-: Tendrías que habérmelo dicho. Habría tenido más cuidado. Habría…

Ella detuvo sus palabras con los labios. Lo besó, y dejó que la deliciosa calidez de su interior, que sólo se había apagado brevemente, volviera a inflamarse. Su cuerpo ya se estaba acostumbrando a él. Morrigan se movía con inquietud, deseando más.

Kegan respondió, apartándose un poco, lo justo para poder mirarla a los ojos. Y cuando sus cuerpos se unieron y después se liberaron, ella gimió su nombre, y él volvió a besarla, susurrando contra sus labios.

– Mi amor…

Capítulo 18

Morrigan estaba entre sus brazos, mientras Kegan observaba cómo se iba apagando el brillo de su piel. Estaba completamente fascinado por ella. Lo que había comenzado como curiosidad, como una simple atracción física, como interés por su poder, se había convertido en algo tan distinto a lo que normalmente sentía por una amante, que lo había desarmado.

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