Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Caballeros de la Vera Cruz
Caballeros de la Vera Cruz - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Caballeros de la Vera Cruz

Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:

Año 1187, Hattin (Tierra Santa): tras derrotar a la flor y nata del ejército cristiano, el sultán Saladino arrebata a los francos la Vera Cruz, el leño en que se crucificó a Cristo, que siempre había acompañado a los cristianos en sus combates. El caballero hospitalario Morgennes recupera la consciencia entre los caídos en el campo de batalla. Tras ser torturado por los sarracenos, acepta renegar de su fe y convertirse al islam.
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 127
Перейти на страницу:

– Economizad vuestras fuerzas, señor conde. Sé que queréis ver al hermano caballero Morgennes, y lo he mandado a buscar por vos.

Efectivamente, poco después dos guardias condujeron a Morgennes a su presencia y luego se retiraron sin decir palabra. Morgennes saludó a la condesa Eschiva, se acercó a Raimundo y le cogió la mano.

– Señor -le dijo-, buen señor, en qué estado os encontráis…

– La muerte no está lejos -dijo Raimundo de Trípoli-. He perdido todo vigor, y mi única alegría es ver a Eschiva y a mis hijas junto a mí.

Trípoli cerró los ojos.

La condesa fue a sentarse entonces al otro lado de la cama y cogió la mano de su marido.

– Morgennes -preguntó Raimundo-, ¿qué habéis hecho con Crucífera?

– Un sobrino de Saladino me la cogió -respondió Morgennes.

– Hay que encontrarla. Sin ella…

– Lo sé -dijo Morgennes-. Sin ella estoy perdido, pero ¿no lo estoy ya?

– Esa espada es nuestra mejor guía. Recordad, en El Cairo, qué bien sirvió. Vos erais joven entonces, el buen rey Amaury todavía vivía y se consumía queriendo conquistar Egipto… Pero vos estabais allí, ya fiel, y aceptasteis partir en busca de esa espada que Guillermo de Tiro había localizado…

Al evocar aquellos recuerdos, Morgennes volvió a ver imágenes de edificios en llamas y sintió incluso el soplo de un poderoso incendio rozando su cara, en el lugar de antiguas heridas.

– Beaujeu -siguió Trípoli-, se acabaron todos nuestros sueños. Nuestros territorios en Tierra Santa retroceden como el día ante la noche. Mi nombre no vale más que el de un Guido de Lusignan, ya que se me acusa de haber cometido traición y de haberme aliado con Saladino. Sin embargo, juro por Dios que si me entendí con él fue para hablar de paz, no para entregar el reino donde Nuestro Señor Jesucristo sufrió tanto. En cuanto al nombre del hermano Morgennes, ese héroe del que algún día deberá cantarse la leyenda, suena ahora para un buen número de cristianos como los nombres infames de Gerardo de Ridefort o de Reinaldo de Chátillon.

Trípoli se quedaba sin aliento. Respiró roncamente, y su mujer le apretó la mano un poco más fuerte. Beaujeu llamó al hermano enfermero.

– ¡Dejadlo tranquilo, no quiero nada con ese brujo que ni siquiera sabe distinguir a un leproso de un hombre sano! -exclamó Trípoli, agotado-. No quiero verlo.

Beaujeu anuló la orden, pero desplazó las cazoletas de incienso que enviaban el humo a la cara del viejo conde.

– Hermano comendador -dijo Trípoli-, quiero que se confíe una misión a Morgennes. Cuarenta días bastarán; luego, vos mismo juzgaréis.

– ¿Qué misión? -preguntó Beaujeu.

– Confiadle la tarea que Su Santidad os ha encargado. Morgennes encontrará la Vera Cruz, os doy mi palabra. No fallará. Por otra parte, nunca lo ha hecho. Pedidle que encuentre una espada, y la encuentra; que os traiga las lágrimas de Alá, y os las entrega. ¿No es cierto, Morgennes?

Morgennes se estremeció, emocionado.

– Pero no tenemos intención de… -empezó Alexis de Beaujeu.

– Chsss… -le cortó Trípoli-. ¿Qué creéis? ¿Que no sé nada de ese misterioso jinete que lleva turbante y maneja la ballesta que vino a veros la semana pasada? Vamos, sé que os entregó una bula firmada por Urbano III en la que os ordena que difiráis el envío de tropas a Jerusalén y encontréis la Vera Cruz, Modis Ómnibus…

– Exactamente -dijo Beaujeu-. Una caravana que transporta más de doscientos mil besantes de oro, es decir, el rescate de un rey, que nos prestan nuestros hermanos del hospicio de Sansón, en Constantinopla, se dirige en este mismo momento hacia nosotros. Una de nuestras patrullas, conducida por el antiguo escudero de Morgennes, el hermano Emmanuel, acaba de partir a su encuentro. Una vez que el oro se encuentre en nuestra posesión, rescataremos la Vera Cruz de manos de Saladino.

– ¿Quién os ha dicho que el oro le interesaba? -le espetó Trípoli.

– ¿Será Saladino diferente de los otros? -replicó Alexis de Beaujeu.

– No es oro lo que necesitáis, sino a un hombre. Y ese hombre es Morgennes.

– Pero el trato del Papa…

– ¡Es indigno de un Papa! Perdonadme, noble y buen sire comendador, pero hacer competir así al Temple y al Hospital es volver al concilio de Troyes de 1128, en el que se adoptó la regla de los templarios; es ensuciar la memoria de Calixto II, que encargó a la orden de los hospitalarios la defensa del Santo Sepulcro, y es hacer poco caso de Inocencio II y Eugenio III, que otorgaron, el uno, sus privilegios a los templarios, y el otro, el honor de llevar la cruz. Finalmente, es condenar a muerte a las dos órdenes y al reino franco de Jerusalén, cualquiera que sea el resultado de este innoble trato.

– Señor, noble y buen hermano comendador -intervino Morgennes-, ¿de qué trato habláis?

Trípoli le resumió todo el asunto y luego concluyó:

– Roma se cansa de Jerusalén. ¡Roma está harta de esta ciudad que le hace sombra, de esos reyezuelos, principitos, barones y condes que lloran y se lamentan porque Saladino los amenaza! Roma ya no soporta que el Hospital y el Temple sean tan poderosos. Esto ofende al clero. Quiere castigarlos y recordar a todos quién manda. ¡Y nunca consentirá que la política de Oriente se haga en Jerusalén antes que en Roma! ¡Para eso, mejor no hacerla en absoluto!

– Esta es, por desgracia, la triste verdad -señaló Alexis de Beaujeu-. Su Santidad Urbano III permitirá a aquella de las dos órdenes que recupere la Vera Cruz continuar existiendo. La otra será disuelta, y sus bienes se repartirán a medias entre la orden vencedora y Roma.

– ¡Y por eso precisamente afirmo -dijo Trípoli, jadeante- que las dos órdenes, Roma y el reino de Jerusalén están perdidos para siempre! ¡Para siempre! ¡Malditos por culpa de un papa que se preocupa más por el Sacro Imperio que por el Santo Sepulcro!

– Nuestro deber -intervino Morgennes- es recuperar la Vera Cruz, cualesquiera que sean las expectativas de Roma, y devolverla a Jerusalén.

– ¡Roma la quiere para ella! -se lamentó Beaujeu, desesperado.

– ¿Qué queréis decir, noble y buen hermano comendador? -preguntó Eschiva de Trípoli, a quien intrigaban esas historias político-religiosas.

– ¡Que Roma está celosa! Y que tiene miedo de Saladino. ¡La excusa invocada es que en Jerusalén la Vera Cruz puede caer en cualquier momento, mañana, dentro de un año o dentro de un siglo, en manos de los infieles! La verdad es que un fragmento de cruz ya no le basta y que quiere acapararla toda; ¡como Constantinopla antes que ella se la había apropiado, al mismo tiempo que un millar de reliquias!

– Dejadme partir en su busca -propuso Morgennes-. Noble y buen hermano, te conjuro a que lo hagas. Para mí significa la ocasión de redimirme, es incluso el objeto de mi sacrificio. Nadie tiene más deseos que yo de encontrarla, nadie tiene más necesidad, nadie es más capaz de hacerlo. No olvides que yo era uno de sus guardianes y que la conozco bien.

1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 127
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)