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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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Mientras Giuseppe me sujetaba los brazos, Juan continuaba moviéndose, gemía, maldecía, me insultaba con nombres profanos que ningún hombre se atrevería a usar ni siquiera con la más infame de las putas, mientras que sus embestidas clavaban los guijarros en mi piel. El acto pareció prolongarse una mortificante eternidad. Mientras sucedía, me obligué a alejarme del horror de lo que estaba ocurriendo, a distanciarme de la furia rayana en la locura: «No estoy aquí -me dije a mí misma-. No estoy aquí, y esto no está ocurriendo de verdad». Luché para no gritar e intenté evocar los recuerdos de la infancia, de mí misma, segura y feliz, mientras jugaba con mi hermano Alfonso.

La indignidad a la que Juan me sometía lo excitaba sobremanera; no pasó mucho tiempo antes de que soltase un grito y alzase el tronco con la mirada perdida.

Con un profundo suspiro, se apartó de mí con intencionada brusquedad; su caliente fluido se derramó por mis piernas.

– Ya está, puta. Ahora puedes decir que has conocido a un hombre. -Apartó una de mis manos de la sujeción de Giuseppe, y miró mi dedo meñique, donde llevaba un anillo de oro que me había dado mi madre.

– Un recuerdo -dijo con una sonrisa-. Eso es lo que necesito de mi nueva amante; así recordaré siempre este momento. -Me lo robó, y luego se levantó, victorioso-. Ahora, doña Sancha, si tienes una pizca de sentido común en esa cabeza de mujer, abandonarás a César y vendrás a suplicarme más.

En respuesta, le escupí. Para mi desdicha, Giuseppe todavía me sujetaba, así que mi escupitajo no llegó a su destino. Juan se rió mientras se acomodaba las calzas, y luego le dijo a su sirviente:

– Tómala si quieres. A mí no me importa. Todos los coños son iguales.

Se alejó, orgulloso como un pavo real.

En cuanto al sirviente, volví la cabeza hacia atrás, todo lo que pude para mirarle a los ojos, y susurré:

– Si me tocas te juro que morirás.

– Perdonadme, madonna -replicó para mi asombro-. Para salvar mi propia vida, tuve que ayudar en este acto, pero no os haré ningún daño, y rezaré cada día a Dios para que me perdone, aunque no lo espero de vos.

Luego se marchó.

Me tumbé de lado y de inmediato recogí mi estilete; durante el brutal acto, no me había permitido olvidar dónde estaba. Temblorosa, lo guardé en mi corpiño cubierto de polvo. La ira, la vergüenza y el dolor eran tales que apenas podía ponerme en pie; de algún modo, conseguí levantarme y recuperar el control de forma que mi rostro no fuera una máscara de terror; luego, obligué a mis temblorosas piernas a que me llevasen.

Regresé a mis habitaciones y despedí a todas mis damas; a todas excepto a doña Esmeralda. Le permití que me bañase, aplicase un ungüento en los peores morados y luego me vistiese con un camisón limpio.

Después comencé a temblar con tanta violencia, que temí que se me partiría el cuerpo en dos; a continuación, llegó un torrente de jadeos, como una tormenta. Pero no podía llorar porque un hombre me hubiese herido; no podía llorar aunque al final se lo conté todo. Mientras lo hacía, Esmeralda me abrazó muy fuerte, como una madre haría con un niño.

Primavera-Verano de 1497

***

Capítulo 18

Aquella tarde, envié un críptico mensaje a través de Esmeralda que solo César comprendería: la dama de negro estaba enferma. No estaba de humor para contar a nadie los acontecimientos del día, así que pasé la noche sola, acompañada únicamente por la buena de Esmeralda, con quien compartí la cama y cuya silenciosa presencia me dio un gran consuelo. Por respeto a mi sufrimiento, Esmeralda solo habló una vez; con mucha suavidad, pero con una firmeza no menos escalofriante: «No temas, Sancha mía. Dios es testigo del crimen cometido contra ti, y en su momento, Él se tomará venganza».

A la mañana siguiente, aún no estaba segura si debía relatarle a mi amante el crimen de su hermano. Me preocupaba que César se dejase llevar por su temperamento y reaccionase con violencia; a pesar de que soñaba con asesinar a Juan yo misma. Pero el duque de Gandía era el favorito de Alejandro, y yo temía, después de saber que el padre de César lo había amenazado, que Su Santidad vengaría cualquier daño hecho a Juan.

Durante dos días, fingí estar enferma -rechacé a Jofre con la misma excusa-; luego, César envió un mensaje a través de Esmeralda, donde me suplicaba que fuese a verlo a nuestro lugar de costumbre si ya estaba recuperada.

Respondí que me encontraría con él, porque lo echaba de menos, pero ya había inventado una excusa para justificar por qué aquella noche no podríamos mantener relaciones sexuales. Los morados en mi espalda -las huellas de cada maldito guijarro del sendero donde Juan me había violado- se habían borrado en parte, como también las marcas en mis muslos y muñecas, pero eran lo bastante visibles para provocar preguntas.

Así que, vestida de negro, fui a la hora convenida al lugar y me encontré, por primera vez, a solas. César no me estaba esperando, como siempre había hecho. César no apareció.

Mi primera reacción, por ser de sangre real y de naturaleza impaciente, fue de cólera. ¿Cómo se atrevía a insultarme de ese modo?

Mi segunda reacción fue de temor. ¿Qué pasaría si se había enterado del crimen de Juan y había resultado herido o muerto en un intento de hacer justicia?

Esperé en la oscuridad, con la ilusión de que César se presentara con una explicación que borrara mis dudas, pero no acudió, y regresé a mis aposentos preocupada.

Al día siguiente, César estaba muy ocupado con los asuntos vaticanos y no apareció a la hora de cenar. Le envié una carta donde le preguntaba si había habido algún malentendido, pero pasó un día, y luego otro más, y no recibí respuesta.

Mi desconcierto fue en aumento. Incluso si César se había enterado del crimen cometido por Juan contra mí, eso no podía ser causa de su súbito silencio. Es más. Tendría que haber aparecido corriendo para consolarme, para jurar venganza.

Mi oportunidad llegó por fin en una de las muchas fiestas que organizaba Lucrecia. La gran logia del palacio de Santa María fue el lugar escogido, lo bastante grande para acoger a un gran número de bailarines. Su Santidad ocupó su trono y disfrutó señalando quién debía bailar con quién.

Llegó el momento en que decidió que César y yo bailásemos juntos. Por fortuna, la música era fuerte, y no éramos los únicos bailarines en la pista. Ello me dio la oportunidad de dirigirme a él con absoluta sinceridad.

Lucrecia había deseado que fuese un baile de máscaras; yo llevaba una máscara de plumas teñidas de azul, mientras que la de César era de cuero dorado. Con o sin el disfraz, su expresión habría sido de todos modos inescrutable.

Me sujetó la mano con aire distante, y limitó nuestro contacto al estrictamente necesario para interpretar la danza. Enmarcados por el cuero resplandeciente, sus ojos oscuros se veían inexpresivos.

– No has contestado a mis mensajes -dije, mientras comenzábamos a dar los pasos. Me resultaba difícil reprimir la angustia de mi voz; me sentía herida y traicionada por partida doble-. ¿Por qué no me has respondido?

– No lo entiendo -respondió él, con una frialdad que me heló la sangre-. Sancha, me haces una pregunta cuya respuesta ya conoces.

– Solo sé -afirmé, con la voz temblorosa por el dolor- que no quieres verme. Que me has avergonzado al hacerme esperar cuando no tenías la intención de acudir. ¿Cuál es la causa de esta súbita crueldad?

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