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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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Se miró los muslos, pero yo veía su perfil en la penumbra; su expresión se endureció, y comenzó a temblar un músculo en su barbilla mientras hablaba.

– No se puede razonar con mi padre, madonna. Lo he intentado. Lo he intentado… -Su voz se quebró en la última palabra. Luego se rehízo y me miró con un súbito desconsuelo-. ¡Dime que no te han visto! -Me sujetó las manos, los ojos muy abiertos por la preocupación.

– No.

– Gracias a Dios. -Se relajó con un suspiro de profundo alivio, que duró muy poco-. ¿Has hablado de esto con alguien? ¿Ni siquiera con doña Esmeralda?

– Con nadie excepto tú.

Se relajó de nuevo.

– Bien. Bien. -Pasó un dedo con mucha ternura a lo largo de mi sien y siguió por la curva de mi mandíbula-. Lo siento. Siento mucho que hayas sido testigo de semejante cosa…

– ¿No puedes forzar a tu padre para que deje de hacerlo? -pregunté-. Decirle que tú se lo comunicarás al Colegio Cardenalicio, que harás público este conocimiento.

Su expresión mostró el tumulto interior. Por fin, dijo:

– Lo único que puedo decir es que debes jurar mantener el secreto.

– Puedes apostar tu vida en ello -repliqué.

Él sonrió sin humor.

– Eso es lo que estoy a punto de hacer. -Después de un largo momento de reflexión, prosiguió-: Mi padre… es un buen hombre. Quiere a sus hijos más que a su vida. Ya has visto lo generoso que es con sus afectos. -Hizo una pausa-. Su amor es sincero, y muy fuerte… pero de la misma manera, lo es su odio. Es muy peligroso cuando se le provoca. Incluso… cuando son sus hijos quienes lo provocan. -Mientras me tensaba a su lado, él apoyó una mano en mi brazo para consolarme-. Sí, él recordaba, vagamente, el encuentro contigo. Pero no debes tener miedo. Le pareció divertido, lo vio como parte de un juego amoroso. Prefiere que sus mujeres sean más dóciles, no tan temperamentales, como dijo él. En otras palabras, eres un problema para él porque tampoco lo admiras lo suficiente para satisfacer su orgullo. Dudo que vuelva a molestarte de nuevo. -Su expresión se volvió sombría-. Pero cuando se trata de política, de ganar o perder, puede ser letal. Si bien han circulado rumores, denunciar públicamente su relación con Lucrecia pondría en peligro su posición política. ¿Entiendes lo que digo, Sancha?

– ¿Amenazó tu vida cuando te enfrentaste a él por lo de tu hermana? -Un odio incontenible me dominó. ¿Qué tipo de hombre utilizaría a su hija de semejante manera y luego hablaría de asesinar a su propio hijo? Me levanté de un salto-. ¡Lamento no haberlo matado con mi estilete!

– Contén tu lengua -me advirtió César, y tiró de mí para ponerme delante de él; apoyó sus dedos en mis labios-. Tal es el precio de vivir con un hombre tan ambicioso. No sé cómo convencerte mejor de la necesidad de guardar silencio, excepto decirte que otros murieron por menos. Este es un secreto que deberás guardar el resto de tu vida, y la mía. -De nuevo su mirada se clavó en mí-. Sientes tus emociones de una manera muy profunda, Sancha, y reaccionas deprisa, con pasión. Debes aprender a controlar ese impulso si quieres sobrevivir aquí.

– Escuché un rumor -dije, en voz baja-. Sobre la muerte del hermano de Rodrigo, que hubiese sido elegido Papa…

– No es un rumor -respondió, la voz tranquila, sin desviar la mirada.

– ¿Cómo puedes soportarlo? -susurré-. Mi propio padre era un tirano, pero él nunca se habría atrevido a asesinar a un miembro de su propia familia. Nunca habría puesto sus manos sobre mí, ni habría amenazado a Alfonso con la muerte si mi hermano intentaba intervenir.

César se encogió de hombros; la dureza apareció en sus ojos.

– Tal es el precio de ser un Borgia.

No estaba de humor para amar a César aquella noche; él lo comprendió, y nos separamos con una severa renuencia. No pude evitar preguntarme cómo habría reaccionado mi hermano ante tan escandalosa decadencia; pero no podía transmitirle esa información, porque le habría inquietado en extremo saber la verdad de mi vida en Roma.

Después, en mi cama, soñé con la carta que la bruja había sacado para mí: el corazón atravesado por dos espadas: el bien y el mal. Rodrigo Borgia estaba ante mí, sonriente, y se abría el pecho de su túnica de satén blanco para mostrarme el rojo corazón que latía allí, atravesado por dos espadas para formar una «x» de plata.

Una de las espadas era mucho mayor que la otra; me acerqué y la saqué. Estaba ensangrentada, pero debajo de la mancha roja leí con claridad la palabra escrita en la hoja: maldad.

Otoño de 1496-Comienzos de primavera de 1497

***

Capítulo 17

Mis encuentros con César prosiguieron sin interrupción durante los meses siguientes. Salvo por aquella preocupante noche en el jardín cuando hablé de Lucrecia y Alejandro, César se comportó como siempre; hablaba cada vez más de que ya no podía soportar la vida de cardenal. Soñaba con casarse conmigo, dijo, y con un hogar lleno de nuestros hijos. Yo lo escuchaba con un insoportable anhelo, y, al mismo tiempo, una enorme culpa. Mi marido al parecer no sabía nada de mi aventura con su hermano, y su feliz inocencia fustigaba mi corazón traidor.

Solo podía suponer que la pelea de César con su hermano Juan había desalentado a este último, porque Juan no volvió a molestarme durante los calurosos meses de agosto y septiembre.

Entonces, cuando el calor cedió con la llegada de octubre, recibí una carta de mi hermano; sus páginas estaban cargadas de pesar.

Mi querida hermana:

Con la más indescriptible pena debo anunciarte la muerte de nuestro hermanastro, su majestad el rey Fernando II. Murió de una grave infección en los intestinos, y su esposa, la reina Juana, está postrada por el dolor, como lo estamos todos. Ahora descansa en una tumba provisional en Santa Clara, mientras comienza la construcción de su cripta.

Es difícil para mí escribir para transmitirte tan dolorosas noticias. Incluso así, tanto madre como yo tenemos la ilusión de que podamos verte de nuevo en los próximos meses, en la coronación de su majestad, nuestro amado tío Federico.

No pude leer más; dejé caer las páginas al suelo. El destino parecía caprichoso y brutal al permitir que el joven Ferrandino hubiera luchado durante tanto tiempo y con tanto valor para reclamar su trono, para después robárselo al cabo de poco tiempo. Para colmo, él y Juana no habían tenido herederos, así que la Corona se había visto forzada a retroceder una generación, a Federico.

Ahora tenía una excusa para volver a Nápoles, mi hogar. En otras circunstancias, habría aprovechado la oportunidad, pero no podía soportar la idea de regresar de luto por la muerte de Ferrandino; tampoco deseaba abandonar a César, ni siquiera por un instante. Así que permanecí en Roma, y envié mis condolencias a la familia desde lejos.

El mismo mes que me enteré de la muerte de Ferrandino, Juan Borgia fue enviado a la guerra. Con su espada recamada de joyas y el título de capitán general de la Iglesia, salió de Roma al frente del ejército papal en medio de una gran fanfarria.

Muy pronto se colmó de éxitos; para gran amargura y enfado de César. («Dios se burla de mí, al permitir que mi ignorante hermano gane por accidente, y no por capacidad.») En rápida sucesión, el ejército papal se apoderó de diez castillos rebeldes, donde ondeaba el pabellón francés. El Papa estaba ebrio de felicidad; durante las cenas, leía los despachos de Juan; todos ellos rebosaban de orgullosos detalles. Lucrecia sonreía tímidamente, y asentía para animar a su padre cuando él estaba más entusiasmado; los labios de César se tensaban y se afinaban, hasta prácticamente desaparecer.

Entonces Dios castigó a Juan, en la forma de una robusta y temeraria noble llamada Bartolomea Orsini. Ella comandaba a un poderoso ejército que defendía su imponente fortaleza a un día de viaje al noroeste de Roma, en Bracciano, que daba al gran lago del que la ciudad tomaba su nombre. El ejército papal tenía particular interés en derrotar a los Orsini: su traicionera alianza con los franceses y su secuestro de Julia habían permitido a Carlos invadir Roma, y habían obligado a Alejandro a ordenar la retirada de Ferrandino a Nápoles. Era la hora, había decidido Su Santidad, de dar a los francófilos Orsini una lección. Había otras rebeldes familias nobles que tenían tierras dentro de los Estados Papales, y los Orsini debían servir de lección para todos ellos, sabrían lo que les sucedería a aquellos que no se sometían al Papa como su gobernante sagrado y secular.

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